La pedofilia: Trastorno con impacto social

A partir del polémico caso del fonoaudiólogo Ernesto Alvarado Rosas, acusado de abusar sexualmente de 16 menores de una escuela de lenguaje de La Florida, volvemos nuestro interés, como sociedad, al tema del abuso sexual y la pedofilia.

Las estadísticas indican que una de cada cuatro niñas y, uno de cada ocho niños son agredidos sexualmente antes de cumplir los dieciséis años. En casi el 90% de los casos el abusador es hombre. Uno de cada cuatro abusadores infantiles son adolescentes y, más del 80% de ellos son conocidos de la víctima y, por tanto, tienen un fácil acceso a ella. De esto se desprende el hecho que la mayoría de los abusos sexuales se cometan en la casa de la víctima o en lugares que ésta frecuenta.

Seto (2008), en una publicación reciente, fruto de sus investigaciones, concluye que existen factores etiológicos concretos que llevarían a un sujeto a cometer un abuso sexual a un menor; como padecimiento de pedofilia, limitaciones en la competencia e interacción social, actitudes e ideas distorsionadas sobre la capacidad sexual de los menores, desregulación emocional (como pueden ser la ansiedad o los trastornos de ánimo), pobre apego con figuras cuidadoras primarias, abuso sexual durante la infancia y exposición temprana a ambientes cargados de sexo.

La Pedofilia

Foto: AP

La pedofilia está definida como la búsqueda del placer sexual, por medio de las relaciones sexuales con niños.

La pedofilia es un trastorno que con frecuencia presentan los abusadores de menores. Este se define como la búsqueda del placer sexual, por medio de las relaciones sexuales con niños. El manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM IV) indica que para la calificación de pedofilia como trastorno sexual es necesario que la conducta se prolongue durante un periodo de al menos seis meses, incluyendo fantasías, impulsos o comportamientos sexuales con niños o prepúberes, menores de 16 años, siendo el pedófilo, al menos 5 años mayor que el niño o los niños con los que fantasea, tiene impulsos o comportamientos sexuales.

Cabe señalar que, dentro de este diagnóstico no se incluye a individuos que se encuentran en las últimas etapas de la adolescencia que se relacionan con personas de 12 o 13 años.

Los pedófilos presentan además dificultades para establecer relaciones de intimidad con pares, tienen muy poca empatía, presentan distorsiones cognitivas, afectivas y conductuales, mucha impulsividad,  experiencias crónicas de ansiedad y tensión, y en algunos casos hay comorbilidad con otras condiciones psiquiátricas.

La pedofilia puede darse de diferentes formas. En cuanto al objeto, puede ser exclusivamente pedofílico, esto es, sólo deseo sexual por niños, o mixto. En cuanto a su orientación, puede darse de manera homosexual, heterosexual o bisexual.

En cuanto a sus formas de presentación, se distingue la variante “sentimental homoerótica” y la “agresiva heterosexual”. En la primera, existe poco o ningún interés por las mujeres, toda la capacidad sexual se concentra en los niños, concretándose a través de caricias que le provocan el orgasmo. Los agresivos heterosexuales, por otra parte, aspiran a satisfacer sus impulsos con niñas, utilizando métodos que van desde la seducción a la violencia, terminando, en contados casos, en homicidio sádico-criminal.

Los pedófilos confunden sus emociones y perciben de un modo tan particular las relaciones que establecen con los niños, que pueden llegar a interpretar en ellos, motivaciones que no corresponden a su edad y simplemente no existen. Incluso tienden a malinterpretar el temor, el dolor o el sufrimiento de los niños por el abuso sexual, a tal punto, de creer que son manifestaciones de placer.

Es importante consignar que los pedófilos no obedecen a un perfil psicológico determinado, no son de personalidades extremas ni llamativas y pueden ser muy funcionales en algunos ámbitos, incluso pueden ser valorados socialmente, por lo que puede resultar difícil detectarlos.  Son personas inmaduras emocionalmente, con una baja capacidad de contactarse con el otro y muy centradas en sus propias necesidades.

Entre los comportamientos o formas de presentación de la pederastia, se encuentran aquellas acciones abusivas que no suponen contacto verbal como las proposiciones verbales, la exhibición de los genitales, observar a los niños vestirse o desvestirse, cuando está en el baño, etc. O, ya entrando en un plano de mayor contacto, tocar, besar, forzar a ver imágenes, a escuchar conversaciones sexuales, presenciar actividades sexuales, hacerlos posar para fotografías o películas y someterlos a sexo oral, vaginal o anal.

En cuanto al tratamiento de la pedofilia, se han realizado investigaciones para determinar cuán efectivo éste puede ser, sin embargo, al respecto aun existe mucho debate y no se han obtenido pruebas concluyentes.

Cabe destacar finalmente, que en un abuso sexual a un menor es el ofensor el que inicia la actividad sexual y el responsable absoluto por el abuso, sin importar lo que el niño diga o haga. Esta aclaración tiene su razón de ser en el hecho que muchos pederastas, en sus declaraciones culpan a los niños de haberlos incitado con movimientos o acciones. Esto sucede porque, desde su “particular” lógica, ellos interpretan las formas inocentes o juguetonas de acercarse de los niños a los adultos como una incitación al sexo. Esto es parte del complejo cuadro psiquiátrico que se acaba de describir.

En próximos artículos hablaremos acerca de la prevención del abuso sexual infantil.

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