Confesiones de una profesora: Esta dramática e inspiradora carta le está rompiendo el corazón a Internet

Una docente escribió su experiencia de vida y miles la han compartido, emocionados hasta las lágrimas.

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El sitio 'Confesiones de un/a profe' contiene historias de todo tipo de la actividad pedagógica. Foto La Tercera.

El sitio ‘Confesiones de un/a profe’ contiene historias de todo tipo de la actividad pedagógica. Foto La Tercera.

Más de 31 mil me gusta, 1800 comentarios y 8051 veces se ha compartido en Facebook una publicación que relata una valiosa experiencia laboral que terminó cambiando la vida de una profesora, la cual fue difundida en el grupo ‘Confesiones de un/a profe’, que congrega a más de 122 mil personas en la red social creada por Mark Zuckerberg y que consiste en narraciones anónimas de todo tipo acerca de la actividad pedagógica.

El conmovedor relato se centra en una docente mientras estaba en período de práctica y en el cual realizó clases a niños de segundo básico que padecían cáncer terminal, en el cual forjó un indisoluble lazo de amistad con una niña, experiencia que terminó por entregarle un nuevo prisma acerca de la vida. La historia también dice mucho acerca de la importante labor que desarrollan diariamente miles de profesores en el mundo y su acompañamiento diario a los niños.

Te dejamos un extracto del emocionante relato a continuación:

“Cuando aún era una practicante me creía la reina del mundo y por lo mismo, tomé el desafío más grande de mi vida: ‘un colegio de bajos recursos’ con niños que según yo, con suerte tenían para comer. Pero me encontré con otra cosa. Padres ausentes, privados de libertad, bajas oportunidades, etcétera, pero lo distinto, es que la mayoría de ellos padecían algún tipo de enfermedad, sobre todo cáncer.

Y así llegué a un segundo básico como practicante, con 14 niños de todas edades. Terminé casi siendo la profe jefe, ya que la profesora tuvo que retirarse.

En el inicio de mi práctica, una pequeña mucho más grande que el resto, se me acercó a preguntarme de donde venía, qué haría yo y lo más lindo: ‘si podía ser su amiga’. Accedí de inmediato y aunque me asusté porque pensé que la tendría todo el tiempo conmigo encima, la verdad es que descubrí que ella solo quería que le respondiera que sí. Pasaban los días y ella siempre me traía un dibujo o alguna carita sonriente. Ella todos los días, me pedía tocar mi cara y siempre tenía algo lindo que decirme.

Un día, mi pequeña amiga dejó de venir a la escuela. Ella era un apoyo fundamental en mis juegos, yo le guardaba la manzana más linda de las colaciones y ella me cortaba la flor más linda del jardín. Llamé a su mamá y no me contestó. La asistente me dijo que sabía dónde vivía y fuimos a su casa. Llegamos y ahí estaba mi amiga con oxígeno portátil. La mamá me dijo de entrada ‘No le queda mucho’ y ahí supe que la niña, más encima tenía un nivel de ceguera importante. La vi de lejos, y me levantó la manito sonriente, pero estaba débil.

La semana siguiente, mi amiga volvió, pero no era la misma. Yo le ayudaba a pararse y aprovechaba todos los espacios para tocar su manito y ponerla en mi cara. Ella nunca dejó de sonreír. Lo peor, es que a mí me quedaban solo dos semanas en la práctica.

Estaba en una de mis clases y en eso alguien toca la puerta, era la mamá de mi amiga. Salí corriendo. Llegué a esa pequeña salita de hospital donde estaba, sus manitos estaban frías, me miró y sonrió, la mamá alcanzó a tocarle la frente y yo coloqué su manito en mi mejilla. Y ahí mi niña se fue. Y yo sentí que la mitad de mi corazón se fue con ella.

Me fui a la escuelita a buscar mis cosas. Sobre la mesa, estaba la hojita de dibujo que yo le dejaba todos los días y colgada, estaba su mochilita que había dejado días atrás porque tuvieron que ir a buscarla de urgencia. Tomé su mochila y quería guardarle la hojita en blanco dentro y me encontré con un montón de flores secas dentro de la mochila con un papelito súper mal escrito que decía, ‘Para la tía. Gracias por ser mi amiga’. Me tiré al suelo y me puse a llorar como loca. Había nacido una nueva yo y el dolor no me dejaba en paz. Hablé con mi profe y no fui más a la práctica, además, rechacé quedarme allí. Mi niña, mi pequeña amiga, se había ido y ella era la última del grupo de niños con cáncer terminal. Confié ciegamente en que los hice felices y ahí, mi pega ya estaba terminada.

Pasaron los años y solo tres años no más pude hacer clases, ahora me dedico a otra cosa y con casi 32 años y una bebé en los brazos, todos los días de mi vida le agradezco a mi pequeña amiga lo mucho que me ayudó y la mejor persona que hizo de mi”.

Si quieres leer íntegramente la conmovedora publicación, la cual ha sido ampliamente viralizada en redes sociales, puedes hacer click acá.

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