La increíble historia del Indio Solari, el músico más convocante del mundo
- Nicolás Chiesa, ex Guía de Rock
- |
- Ver más de rock
A sus amigos, los mataron. Él los llamó «heroicos». Para sí, se guardó un calificativo menor, «cínico». Eran tiempos oscuros y los demás tomaron el camino de la lucha armada, pero Carlos “Indio” Solari optó por otro: el arte.
No lo hizo por capricho o cobardía. Tenía un bagaje intelectual que le decía “por ahí no”, una mezcla de existencialismo con Capote, psicodelia con Mailer, un cóctel extraño. Pero más aún, una certeza le latía en su interior: las cosas hechas a largo plazo son las que cambian las cosas; no veía posible acceder al poder, pero sí contaminar la cultura.
En los 70s, Solari se inició en un colectivo que tenía como objetivo disfrutar el momento. Tiempos volátiles; quizá mañana alguno de esos amigos ya hubiese sido asesinado. Ese vodevil de música y delirio se llamó Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Como tantos músicos de su época, Solari se dedicó a repeler totalitarismos y avances sobre las libertades individuales. Pero al Indio, hombre urbano, de clase trabajadora, también le interesaban las variantes pragmáticas, la socioeconomía, los medios de comunicación.
En democracia, la inquietud profesional lo desafió; el Indio escogió de aquel colectivo embriagado a Skay Beilinson y su compañera Poli, y junto a ellos se decidió a armar una banda-banda. Grabarían y publicarían discos, sin olvidar su certeza sobre qué era lo que cambiaba las cosas. Los Redonditos optaron por el camino incierto y largo: rechazaron productoras, prensa, tentaciones y todos los recursos que hacían a las bandas famosas. Ni el dinero los tentó: triunfaría su arte o se dedicarían a otra cosa. Transar, no. Los Redonditos enseñarían una mirada alternativa al discurso único que todo lo manchaba de grasa de las capitales. Así se rodearon de intelectuales, bohemios y trasnochados. Así publicaron Gulp!, su primer disco, editado, como todos sus trabajos de allí en más, de modo independiente.
Con el correr de los álbumes sucedió lo impensado. El hablar elegante y la lírica compleja del Indio (mezcla de simbolismo profundo con crónica diaria), sumadas a los estiletazos eléctricos de Skay, convocaron al público inesperado: las clases obreras y trabajadoras cayeron bajo el embrujo de Los Redonditos. Algo esperaba en el horizonte. Y otra vez tenía que ver con Argentina.
El cambio económico que se vislumbraba en Argentina terminó de decidirse en la presidencia de Carlos Menem: el país optó por un camino de fundamentalismo librecambista y se hundió en cuestión de meses en un océano de megaestafas y privatizaciones. En los 90s surgió un nuevo actor social que se sumó a obreros y trabajadores: los marginales, propios de un país saqueado. Menem representaba la antinomia de los valores de Solari, que tenía claro cómo venía el asunto: “No sé si se dieron cuenta, pero estamos solos. Cuídense”, dijo sobre el escenario durante un show en La Plata. Aquella noche de 1990, el bosque platense se transformó en una carnicería nocturna, con cientos de heridos y detenidos. Un año después la muerte perfeccionaba su técnica: Walter Bulacio moría asesinado por la policía, tras ser detenido en un show en Obras.
Con el desempleo disparado y la inseguridad imparable, las preocupaciones del gran público cambiaron. La juventud, que tiempo atrás bailaba con la música de Soda Stereo, encontró representatividad en Los Redondos. Mientras se reducía el fervor popular por las bandas clásicas, el Indio y Skay comenzaron a arrastrar multitudes; Menem no cesaba la entrega de empresas nacionales a capitales foráneos, y los Redonditos editaron el genial Luzbelito. Estaba Luzbel, pero el álbum se llamó Luzbelito, el hijo bobo.
El constante choque del público con la policía y el enfrentamiento interno entre bandas barriales hacían terminar cada show en desastre. Los Redo´ lo probaron todo: shows en microestadios, shows en estadios gigantes, mucho control policial, nulo control policial, muchas fechas para desconcentrar la convocatoria, pocos shows para reunirla en una sola noche, conciertos en la capital, conciertos en localidades alejadas de Buenos Aires. Nada funcionó. Tras violentísimos shows en Mar del Plata y en River Plate y en Córdoba, la banda optó por separarse.
Había otros motivos. Deberían esperar años para salir a la luz. Pero también el momento era el oportuno para ponerle punto final a la aventura. Aquella banda de intelectuales había comenzado su cruzada profesional con el regreso de la democracia; con la feroz crisis del 2001 un ciclo parecía completarse.
En 2003 ocurrió algo que marcaría al Indio. Tras una vida sintiéndose un paria, un gobierno más cercano a sus principios accedió al poder en Argentina. El país comenzó un renacer económico que tuvo incidencia directa en la violencia de los shows del Indio, ahora como solista. Los grandes disturbios se redujeron y, de todas las enseñanzas incorporadas, el músico optó por la siguiente ecuación para desarrollar conciertos con la mayor paz posible: show alejado de Buenos Aires, en una única fecha, en un predio gigantesco, sin presencia policial. Con esta fórmula, los fans redonditos recorrieron el país y generaron un nuevo fenómeno: conciertos para cientos de miles de personas. Cosas del destino: el hombre que había rechazado todas las estrategias para ganar dinero, se convirtió en millonario. Sus pares jamás se lo perdonarían.
Una trampa esperaba por el Indio: el maldito parkinson. Para completar la racha, un empresario del riñón menemista accedió a la presidencia y no demoró en pasarle facturas al artista. Con el anuncio público de la enfermedad y el temor por el final de la carrera del músico, un nuevo show apareció en el horizonte, un concierto en una ciudad que los había prohibido en los 90s, por temor a los incidentes.
El show reunió lo insólito. A trescientos kilómetros de la capital argentina, medio millón de personas se acercó para presenciar el concierto; el éxodo de un pueblo, una corriente migratoria en un solo día. La ciudad de Olavarría colapsó. La noche fue épica y la experiencia, única. Pero como tantas veces en la historia del músico, la fiesta no pudo ser completa: dos personas murieron durante el recital.
En estos momentos se investiga lo acontecido durante la larga noche. ¿Será el punto final para la carrera artística del Indio Solari? Detrás queda una obra colosal, única en el mundo: trece discos sin compilados ni reversiones ni trucos de mercado que agrandan ganancias. Sólo obra, creación constante. Sólo música que formó generaciones.
Tal vez el final esté cerca. A vivir que son dos días, aseguro el Indio décadas atrás. Todo es efímero. Tic-tac, efímero. Pero el viaje duró un poco más de lo esperado. Y a las multitudes redondas, ¿quién les quita lo bailado?
Más sobre Rock
-
Soda Stereo agenda la fecha para su regreso a Chile
La histórica banda argentina vuelve con el show Ecos.
-
Hija de Juanes comienza a destacar en redes y las pasarelas: Mira sus mejores fotos
Paloma Aristizábal ya ha trabajado como modelo mientas estudia en EE.UU.
-
Megadeth anuncia el fin de sus cuatro décadas de rock
La banda lanzará un disco más y hará una gira de despedida.
-
Ozzy Osbourne: Este fue su último video publicado antes de su muerte
La grabación fue realizada por su hija Kelly.





