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Cinco años sin Amy Winehouse: La muerte que no deja de doler

Amy Winehouse refundó para siempre el soul, dejó dos álbumes maravillosos y partió pronto, aquejada por demonios insoportables. Vida y obra de la artista más influyente del Siglo XXI.

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Cinco años sin Amy Winehouse

Una gota. Sangre. Brota de una herida que no puede cicatrizar. No tiene color ni sabor. Es sangre sonora: sólo la ven, oyen, los amantes de la música. Cinco años y no deja de brotar.

Amy Winehouse murió el 23 de julio de 2011. Intentaba dejar el vodka. Sin ayuda. Así hacía las cosas ella. Así había dejado la cocaína. Confiaba en su poder. Pero hay cosas para las cuales no alcanza la fuerza de voluntad. La chica que refundó de sinceridad la música en un Siglo XXI de artistas moldeados a imagen, semejanza y análisis de mercado, sucumbió ante un ataque de locura; el maldito síndrome de abstinencia, el cold turkey de Lennon. Llevaba semanas sin probar un trago pero aquella noche no pudo más. Revolvió cuanto pudo hasta que halló vodka. Y tragó tragó tragó. Su cuerpo dijo basta. No era tan fuerte.

En realidad, Amy tenía otro tipo de fortaleza. Sus convicciones eran tozudas; su amor por la música, ciego. Había llegado al éxito con una idea de la que no se apartaría ni un milímetro: decirle la verdad a la gente, cantar su verdad; verdad de una muchacha criada en una barriada de Southgate, norte de Londres, hija de madre farmacéutica y padre taxista. Cuando él llegaba tras una jornada extenuante, siempre tenía un rato para escuchar los poemas de su nena.

Amy pasó por escuelas de teatro y la Brit School (donde también estudió Adele). Ahí conoció el mundo, la amistad, el sexo, los estudios de grabación, el alcohol y la droga. Publicó su primer disco “Frank”, en 2003. La crítica se rindió ante su voz. Cuando tres años después editó “Back to Black”, fue el planeta el que cayó a sus pies. Era una obra maestra. Como tantas veces, una genialidad tenía génesis en una crisis: Amy había conocido en 2004 a Blake Fielder-Civic, un asistente de producción con quien inició un largo matrimonio; una de esas travesías pasionales y tóxicas, a todo o nada, donde la entrega es absoluta y el precio a pagar, altísimo. Fielder-Civic la dejó en 2005 por una antigua novia y eso rompió a Amy. La rompió.

La artista se hundió en un espiral de autodestrucción del que brotó aquella flor: el maravilloso disco de dolor y entrega. Podía con la música, pero no con su corazón. Lo de siempre: el público se enamora de canciones sin saber cuánto cuestan a su autor.

Tras mil y una idas y vueltas, Amy se divorció de su esposo. En 2010 se enamoró del director Reg Traviss. Feliz después de mucho tiempo, abandonó las drogas. El próximo paso era el vodka. Pero el idiota de Fielder-Civic no paraba de llamar desde la cárcel, donde había terminado por traficante. Amy volvió a desmoronarse. El 18 junio de 2011 salió al escenario del Parque Kalemegdan, Belgrado, completamente desbordada por las presiones sentimentales y el alienamiento propio de quien no entiende nada. Borracha como nunca, el público la basureó. Disfrutaban lo genuino y frágil de las canciones como un montaje, una banda sonora para vidas a las apuradas. No pensaban que Amy no impostaba. Que cuando cantaba cuanto cantaba, cantaba en serio. Sin poses. Sin estrategias. Sin mentiras. Tenía 27 años, sueños y convicciones. ¿No es eso lo que debe hacer un joven de 27 años? ¿Tener convicciones? Winehouse no podía ni quería convertirse en una cínica, a su edad, una de esas personas muertas en vida que reducen todo a balances y facturación. Así le fue.

*   *   *

Escribo frente a mi monitor en silencio. De pronto comprendo que por primera vez en mucho tiempo, no la advierto. Me levanto eufórico, pongo música. Apenas suena Amy mi boca se curva en una sonrisa, pero al instante ahí está. De nuevo. Comienza a sangrar. Sangra. La herida sigue sangrando. Cinco años después. Y todavía. La muerte que no deja de doler.

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