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La salvaje historia de Paola Antonucci, la novia de Gustavo Cerati que inspiró Canción animal

Una jovencísima artista de pelos colorados es la musa y razón de "Canción Animal", uno de los mayores discos de habla hispana.

Guía de: Rock

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A Cecilia Amenábar la conocemos todos. Y a Déborah de Corral. Y a Chloé Bello, la compañera de Gustavo Cerati cuando la muerte tocó a su puerta. Pero antes de ella hubo otra mujer. La historia de Soda no sería lo que es sin ella.

Por esas cosas del rock el nombre de Gustavo quedó a salvo del reviente del rock star. Cerati fue uno de los prolijos que llevaba una vida tranquila; a lo sumo, el fiel cigarrillo como compañero. De esa construcción social a la realidad hay un salto: en épocas de Canción Animal Gustavo fumaba LSD junto a Paola Antonucci.

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Tras el voraz éxito latino del álbum “Doble vida” y años de sodamanía y chicas colándose en los hoteles, Cerati decidió separarse de su mujer, Belén Edwards. Descolocado por la fama, el músico tomó una decisión pesada: a los 30 años regresó a su hogar natal, refugio familiar en el barrio de Villa Ortúzar. Allí todo estaba como en su adolescencia, la cama de una plaza, el póster firmado por Sting en la puerta, la Enciclopedia Animal de los años escolares, los vinilos de Pescado rabioso y Led Zeppellin.

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Sucedió entonces lo que se repetiría en la vida del grupo: Gustavo posó los ojos en una novia de Charly Alberti, Paola Antonucci. Ella tenía 19 años y llevaba una vida extrema. Estudiante de bellas artes, la joven resaltaba por su cabello púrpura y su devoción por los chocolates. Pensaba viajar a Italia a estudiar arte cuando el líder de la banda comenzó a regalarle bombones, indagando por el flanco débil de la muchacha bohemia. Charly, el soda más joven, parecía estar aun en el jolgorio de las giras y Paola trocó de cama; cambió las fiestas de Charly por el colchón angosto de la casa y los desayunos en familia en casa de Gus.

En el invierno de 1989, cuando su mente pudo asentarse tras el desenfreno de las giras mexicanas, Gustavo alquiló el mítico departamento de la Av. Figueroa Alcorta (“Avenida Alcorta, cicatriz…”). Tenía los pisos de cerámica blancos y, por las noches, él y Paola tomaban alucinógenos y escribían y pintaban en el suelo. Ella colgaba sus cuadros de las paredes y Gus regresó a los riffs (frase musical que se repite en una canción) probados en la casa de los padres: la influencia de los ídolos de la adolescencia ganó terreno a los sonidos modernos de Soda; por primera vez en años, Cerati tocaba cercano a Spinetta y a Jimmy Page. Los temas salían en fila; Gustavo los grabó en una portaestudio.

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La pareja viajó a Londres y allí vio a un músico callejero que tocaba vestido como un Jack El Destripador rockero; Gustavo tomó a Pao por la cintura y le susurró: “No te gires; soy Vektor, tu violador”. La chica le respondió: “Y yo Lorna, tu pornostar”. Paola sabía del gusto de Gus por Traci Lords y así se entregó en alma y, sobre todo en cuerpo, a los deseos de su novio. Entre los dos nació una relación pasional que los encontraba amándose con furia a todas horas.

Soda volvió a reunirse en aquel invierno tras casi medio años sin verse. Pero las cosas ya no volverían a ser como antes. Mientras trabajaba incómodamente en las canciones ya bocetadas hasta el detalle por Cerati, la banda inició una nueva gira por México. Fue un viaje tenso, en micro, con Charly mirando con odio a Paola; ésta intentando hablar con él y Gustavo ardiendo en celos. Apenas el batero parecía perdonar la traición de su ex.

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El grupo regresó a Argentina y grabó las canciones compuestas casi en modo solista por Gustavo, pensadas en Pao: “Entre caníbales”, “Cae el sol”. Para la portada, Paola recordó una imagen de la enciclopedia de los padres de su novio: dos leones copulaban salvájemente; aquella era la imagen que resumía su noviazgo. Para el tema del disco pidieron al músico Daniel Melero (en la historia de Soda, Daniel necesitaría un artículo para él solo) que escribiese una canción que representara a la pareja de amantes; así surgió “Canción animal”.

El disco fue un shock. Soda se hundió nuevamente en giras y, así como había nacido de improvisto, la relación entre Gustavo y Paola se diluyó en cuestión de días. Todo cambió en cuestión de meses. Gustavo perdió a su padre y se erigió como el líder indiscutido del grupo, hecho que alteró de modo irreversible su triángulo equilátero. Soda se convertía en leyenda. Paola regresaba al anonimato.

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