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Simplemente Frusciante, el mejor guitarrista de los últimos 30 años

El protagonista de este artículo osciló en un abismo –que curiosamente no reconoce como tal– y enfrentó sus propios delirios.

Si enero fue de pertenencia de Bowie –aniversario 66 y su retorno de la mano de Where are we now? –, febrero no quiso ser menos ni desteñirse para conmemorar los 70 años del desaparecido beatle George Harrison. Por lo tanto, procederé a designarle los primeros días del mes en curso a John Frusciante por su cumpleaños número 43. A estas alturas, es innecesario recordarlo como el ex de los Red Hot Chili Peppers. En realidad, sería un error mayúsculo. Nada lo desacreditaría de la historia del rock y sería otro equívoco advertirlo como una extensión de la figura de Anthony Kiedis. Es siempre más óptimo y ad hoc atribuirle créditos al fallecido Hillel Slovak como influencia para el considerado “mejor guitarrista de los últimos 30 años”.

Nacido el 5 de marzo de 1970, las circunstancias posibilitaron que de seguidor incondicional y amigo del grupo californiano pasara a sus filas. Eso sí, un evento clave y trágico si se menciona la muerte de Slovak, el entonces guitarrista, por abuso de heroína. De todas formas, la lección no fue aprendida por el que alguna vez admitió su anhelo de ser estrella, consumir drogas y rodearse de mujeres, antes de intentar audicionar para la banda de Frank Zappa, opción que finalmente desechó.

John Frusciante

Foto: Agencias

Dos álbumes con los Chili Peppers –Mother’s Milk, Blood Sugar Sex Magik–, el reconocimiento tanto mundial como de la crítica especializada y comenzaron los problemas. La incomodidad por la fama exacerbada y las drogas se ubicaron en el mapa personal –ni que se tratara de un remake de Cobain– . Aferrarse por un perfil de anti-star y el alejamiento de la banda fue la determinación que no lo salvó. Por el contrario, lo hundió todavía más en la depresión y la heroína, entre 1992 y 1997. Cinco años que no podrían esbozarse copiosamente en Stuff, el registro documental realizado por Johnny Depp y Gibby Haynes, que expone una geografía deplorable del músico. (No quiero pensar que la sobredosis y posterior muerte de River Phoenix  – el mismo de Stand by me y My own private Idaho– al exterior del club Viper Room, propiedad de Depp, fue el antecedente que indujo al proyecto).

Pero las tribulaciones no cesarían: el incendio de su residencia y la pérdida de sus preciadas guitarras lo flagelan –asimismo, su cuerpo resulta lesionado–, aunque esta vez para recapacitar y, aconsejado por cercanos, acepta desintoxicarse. Explorar la espiritualidad y meditar fueron los recursos para un nuevo despegue, según ha declarado en más de una oportunidad. Su fase con los Chili Peppers se recompone: Kiedis junto a Flea lo reincorporan, iniciándose un segundo período con la edición de Californication, de 1999. Así continuarían conquistado al mercado y a los cautivos –en el buen sentido– fans con By the way y, posteriormente, con una recepción más tibia de Stadium Arcadium –“su último capítulo” en conjunto–. (Alain Johannes ha dicho que Kiedis está lejos de ser “un gran tipo”. La inclusión de Frusciante podría interpretarse como una estrategia para repotenciar a la marca de California que iba en declive. Que cada uno le otorgue la lectura que desee).

Recapitulando, durante una mitad de la década del noventa vivió un infierno que podrá haber despojado paulatinamente de sus reminiscencias, pero no de su cuerpo. Los abscesos de sus brazos –ya tatuados– son muestras fehacientes de aquel deterioro de la piel y de los que se atreve a hablar con cierta soltura en un dvd del grupo, tras aceptar aparecer con el torso desnudo en el videoclip Californication, dirigido por Jonathan Dayton y Valerie Faris.

Gran carrera

Ni el apartamiento de los californianos implicó que durante la tormenta se evitara cimentar una prolífica carrera de solista. Gradual, a partir de 1994, aunque ya fecunda al editar seis trabajos casi al hilo entre comienzos de 2004 y 2005. He ahí la presencia de hiperactividad creativa, pero que confunde al cuestionarse cómo pudo fijar, si a duras penas transitaba entre la inconsistencia física y emocional. Progresión que fue sustentada por el amplio abanico de sonidos y géneros que lo influyen: Hendrix, Led Zepellin, Joe Strummer, Kraftwerk, The Smiths, The Cure, Fugazi, Syd Barrett –la nómina suma y sigue–, y que definen también el porqué no se sosiega con las texturas de guitarra alternadas placa tras placa. ¿Será el motivo central que lo ha llevado a instalarse en las no siempre despreciables listas de lo mejor de la historia musical? Apostemos esta vez por un sí. Más de diez álbumes editados y las infaltables colaboraciones –contando el soundtrack de The Brown Bunny, de Vincent Gallo– lo avalan.

Es una tradición exaltar en esta esfera –movida por el morbo ciertamente– “la maldición de los 27”, la supremacía del alcohol y las drogas, las miserias del rockstar, o de hablar de la incapacidad de aprender a saborear de los éxitos en la medida precisa. Todos los años, ya es parte del ritual, se seguirán escribiendo más páginas sobre los pasajes caóticos de los grandes del hemisferio creativo. De todas formas, el protagonista de este artículo que osciló en un abismo –que curiosamente no reconoce como tal– y enfrentó sus propios delirios, acaba de cumplir los 43.

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