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Under, gloria y tragedia de Soda Stereo: Recorrido por la historia de la mayor banda hispana

Crecieron de abajo, vencieron los prejuicios y triunfaron en todo el continente: Ni la muerte pudo con la leyenda de Soda Stereo y su increíble historia.

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Hubo un tiempo en que la juventud creyó en un colectivo; al mundo lo cambiarían todos juntos o no lo cambiaría nadie. Eso fue la cultura rock. La respuesta a aquel sueño se asemejó en diversos países: las dictaduras persiguieron artistas, montaron campos de concentración, perfeccionaron torturas. La de Argentina ideó un original juego: arrojarían jóvenes maniatados al Río de la Plata desde aviones, mientras apostaban si el pobre diablo caía de traste o de trompa. La sádica estrategia funcionó. Para los años 80 la juventud ya no soñaba ningún colectivo: nacía The Me Generation, la Generación Yo.

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Soda Stereo surgió de esas cenizas. Entre tanto terreno esteril brotó una flor que halló en el arte el único medio para crecer. La new age abrazaba la fe en la mejora individual y tres chicos de Buenos Aires cantaron en el nuevo idioma a un mundo que dejaba atrás las viejas utopías.

Por qué no puedo ser del jet-set, te hacen falta vitaminas eran consignas de una juventud que ya no quería confrontar, deseaba verse bien, vivir en paz, simplemente eso. La clave de aquella banda que debutó en un local de comidas rápidas la tenía su compositor, que no tomaba partido: Apágalo, enciéndelo ¡No puedo vivir así!, aullaba Gustavo Cerati. ¿Estaba a favor o en contra de esa cultura? Como fuera, no podía escapar de ella.

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Soda Stereo atravesó el under porteño hasta estallar en un increíble boom con su primer disco. De Buenos Aires a Santiago, de Lima a Bogotá, la banda era un imán para juventudes en cautiverio, en países donde la democracia todavía estaba a la fila. El grupo se acostumbró a tocar apuntado por armas largas, soldados celosos porque nadie se saliera de su rol en la sociedad.

Pero a Cerati aún le molestaba algo. Sobre Soda pesaba el prejuicio de ser una banda pasatista, bailable. Dentro del circuito argentino, la prensa se encaprichaba en ver al grupo como un producto comercial, mientras dejaba los elogios serios a sus archirrivales, Los Redonditos de Ricota. Gustavo tuvo la solución. No mutaría a Soda a una esencia falsa, pero si los Redondos representaban el choque social, su viaje tomaría el camino del riesgo estético constante.

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A partir de “Nada personal” (1985), con la venia de Zeta Bosio y Charly Alberti, Cerati tomó un camino serpenteante que jamás abandonaría. El salto, el movimiento, el riesgo artístico y sonoro llevaron al trío de aquellos primeros años alla Police hacia el dark de “Signos” (1986). Tras su explosión a nivel continental con sucesivos discos, la banda giró el timón hacia la tradición argentina. “Canción Animal” (1990) reemplazó las influencias foráneas por las locales; Spinetta y el espíritu guitarrero y setentoso marcaron la cumbre popular de Soda, ya en plena democracia, que juntó 250.000 personas en la Av. 9 de julio, en Buenos Aires.

Pero el espíritu nómade de Gustavo impediría al grupo regocijarse en los laureles y la masividad. Soda desembocó en el sonido sónico de “Dynamo” (1992), la cima inhóspita a la que, por primera vez, no acompañaron las masas. La banda evolucionaba más que el público, karma que en toda época debieron enfrentar los grandes artistas. “Dynamo” significó el prestigio a cambio de una merma en la popularidad, la ecuación inversa de los comienzos del grupo.

La locura de las giras y las búsquedas personales hicieron mella en la relación de los integrantes de la banda. Para 1997, tras dos discos más (uno de ellos, el reconocido unplugged enchufado), Gustavo, Zeta y Charly ya no podían ocupar más el mismo barco; necesitaban aire. No se odiaban, pero requerían un impasse.

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La pausa duró una década. Tras el imparable recorrido solista de Cerati (fiel a su costumbre, mutando de sonido en sonido álbum tras álbum, por su viejo compromiso asumido), Soda volvió a reunirse para la gira “Me verás volver”, record de convocatoria para una banda en castellano. El éxito era completo y los tres integrantes habían recuperado el placer de estar juntos, pero Gustavo tenía en mente un nuevo viraje sonoro donde Soda no entraba. “Fuerza natural” sería su disco más acústico, su Led Zeppellin III. Para después de la gira, quién sabe, Soda podría retomar su propia senda.

No pudo ser. La tragedia rajó sus garras sobre Gustavo. Su vida se apagó en un lento degradé. Pero Cerati tenía su carta oculta para burlar la muerte. Como todo artista, la tragedia pudo con él, pero no con su obra. Soda Stereo es, años después de su muerte, la mayor banda de música en habla hispana. Se rió de los prejuicios iniciales. Y su nombre convoca multitudes en los proyectos nuevos de Zeta y Charly. La muerte deberá mejorar sus estrategias; con el arte, de momento, pierde, pierde y pierde.

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