Inclusión Educativa: Tareas pendientes y el cambio del yo

¿Qué pasa conmigo cuando me enfrento a la persona "distinta"? Fácilmente caemos en una postura que conlleva miedos y falta de información. Sin duda, hay mucho por hacer.

Guía de: Síndrome de Down

El tema de la Inclusión Educativa lleva ya más de treinta años en el tapete. Más bien hemos hablado de educación especial y de integración. Innumerables métodos y técnicas de apoyo a los niños con Necesidades Educativas Especiales (NEE) han surgido buscando apoyar su desarrollo, con el objetivo de hacer para ellos una sociedad más justa y digna para vivir.

Sin embargo, siento que hemos olvidado hablar de nosotros. ¿Qué pasa conmigo cuando me enfrento a la persona “distinta”? Creo que fácilmente caemos en una postura que conlleva miedos y falta de información, la que lamentablemente en primera instancia nos invita a andar por caminos paralelos o incluso contrarios a la inclusión.

Y es que la inclusión a mi modo de ver es un tema que va más allá de la necesidad educativa especial. Es un tema social que nos invita a reflexionar acerca del aporte de la diferencia del otro. Detenerse y pensar acerca de nuestra capacidad de acoger al que piensa disímil, al que reacciona distinto, al que es desigual. Claramente somos todos únicos e irrepetibles.

Obviamente hay unos más parecidos a otros, sin embargo, somos todos diferentes. Pero el misterio nos surge cuando nos enfrentamos al que no se parece a mí.

Rápidamente nos surge un mecanismo muy poco empático, el que sugiere proteger mi “yo”, discriminando al “tú distinto”.

¿Cuándo realmente tengo la capacidad de encontrarme con el otro? Más fácilmente cuando surge la necesidad, más fácilmente cuando hay vínculos emocionales, más fácilmente cuando existe la posibilidad del contacto con el otro.

Es decir, cuando hay alguien “especialmente diferente” en mi círculo familiar, cuando he sido compañero, profesor o alumno de alguien “especialmente diferente”, o bien dentro de los círculos sociales que frecuento. Es decir, más fácilmente cuando he vivido en ambientes de inclusión.

Sin embargo en los tiempos que vivimos seguimos buscando la “normalización del distinto”, e incluso en algunos países se ha legalizado el aborto del distinto.

Si bien estoy muy de acuerdo en apoyar a las personas con discapacidad para que logren desenvolverse en forma lo más autónoma posible dentro de nuestra sociedad común, cuestiono fuertemente cuál es la responsabilidad que nosotros tenemos y que, cómodamente, no vemos, ni queremos ver.

En primera instancia pareciera más conveniente hacer que el otro cambie, se “normalice”, o bien sacarlo del círculo al que pertenezco para evitar esta sensación de incomodidad.

Esto último surge con mayor facilidad debido a que las personas en cuestión generalmente no cuentan con herramientas para defender sus derechos.

Es así como año a año, miles de niños, jóvenes y adultos con dificultades de aprendizaje (llámense síndrome de Down, déficit atencional, dificultades auditivas , visuales, etc.), son expuestos a horarios muy extensos y poco efectivos olvidando, entre otras cosas, el derecho y la importancia que tienen los momentos de descanso para todas las personas.

Igualmente en los Colegios comunes surgen frecuentemente decisiones de derivar a dichos niños a Colegios Especiales con argumentos como: “Este niño está sufriendo aquí”, “estaría mejor allá” (¿Implícitamente lejos de mí?).

Es entonces cuando al que más requiere que le enseñen, menos se le posibilita el aprendizaje. ¿Por qué este desenlace? ¿No nos aclara esto que en realidad buscamos la normalización? ¿No fue Jesús que nos decía que todos somos hermanos? Y que por ende ¿las comunidades debieran ser como familias, incluyendo las comunidades educativas?.

¿O es que dijo: Tú, que eres distinto, no estarás bien conmigo así que vete a la comunidad de al lado? ¿Cómo es entonces que hay tantas familias que luchan porque sus hijos sean incluidos social y académicamente y fracasan en tantas comunidades donde no encuentran el compromiso?

Es por eso que creo que el tema de la Inclusión Educativa es un tema de compromisos.

El adulto reconoce y actúa frente a la necesidad de apoyo al niño para que desarrolle al máximo sus capacidades. Sin embargo, se compromete a valorar a esa persona dentro de su comunidad, más allá de su condición o capacidad física o intelectual.

Una vez que asumo la responsabilidad de mi cambio personal, mi desafío personal, la inclusión comienza a ser un gran beneficio para todos.

Sin duda puede conllevar años de estudio, trabajo y lo más importante conciencia del valor real de toda persona con la que me encuentro. ¿Y cuándo estaremos preparados?

Probablemente no sea cuando tenga un gran y nuevo proyecto educativo para presentarle al niño distintamente capacitado, sino cuando yo esté dispuesta (o) a cambiar y dispuesta (o) a comprometerme con el otro, por el simple hecho de querer acercarme a otra persona.

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