Las Vegas, travesía intensa por la ciudad del pecado

“La ciudad del pecado” abre sus puertas al derroche, la fiesta y todo tipo de excesos. Esto es “Vegas”, un lugar donde más vale tener mucho dinero para gastar.

La temperatura del auto marca 44 grados Celsius en el exterior. El aire acondicionado debe permanecer a ratos apagado para que el motor no se recaliente y el techo del Toyota en que viajamos parece que arderá sobre nuestras cabezas. En el interior, mi amigo Daniel y yo observamos en silencio la inmensidad del desierto del Mojavee con sus montañas que nos separan de un fin de semana en la capital del juego.

Las Vegas

Foto: Daniel Yuri

El desierto del Mojavee con sus 45 grados de calor en verano.

Tras cinco horas de recorrer tierras desoladas desde la salida de Los Angeles, el edificio dorado del Mandalay Bay Hotel aparece alzado como un espejismo en la carretera dándonos la bienvenida a Las Vegas, aquel oasis que promete apagar la sed de los viajeros; sed de dinero, libertad y diversión.

Apenas salimos de la carretera que divide la ciudad entramos en el Strip, esa avenida de casi siete kilómetros de largo donde de extremo a extremo se ubican 18 de los 25 hoteles más famosos del mundo. Ahí está el Caesars Palace y su mundo romano; el Paris con su propia Torre Eiffel y un Arco del Triunfo; el Mirage y su volcán en medio de una gran laguna que atrae a cientos de turistas a diario; y el MGM, hogar de cuanta pelea de boxeo uno pueda recordar.

Para alojar optamos por el Luxor, conocido por su forma de pirámide, de cuya punta emana una luz hacia el espacio en las noches, y por la enorme esfinge que, contrastada con las montañas rosadas que se ven a lo lejos, hace que por un instante uno sienta estar más en Egipto que en Norteamérica.

Las Vegas

Foto: Felipe Ramos

La primera vista de Las Vegas. A la izquierda se ven los hoteles del Strip.

El lobby del hotel es gigante, hay diversas recepciones, tiendas y enormes escaleras mecánicas. Es sábado y el check-in es rápido. Al parecer somos los únicos registrándonos en ese momento, cosa que puede parecer extraña para un lugar donde llegan miles de turistas a diario. No sería hasta el día siguiente que entendería –al ver una fila que duraba dos horas de espera para registrarse en el hotel- que dada la variabilidad de precios es que la mayoría se queda en la ciudad de domingo a viernes. Son en estos días donde una pieza para dos personas con dos camas “queen” puede valer no más de 50 dólares (25.000 pesos chilenos aproximadamente), mientras la misma habitación las noches del viernes y sábado sale 250 (125 mil pesos) de la moneda estadounidense.

El Luxor es un hotel familiar, con precios convenientes y sin lujos a simple vista. Si se desea algo mejor están el Caesars Palace, el Encore, el Palms (que queda fuera del Strip) y especialmente el  magnífico Bellagio.

Las Vegas

Foto: AP

¡Bienvenido a Las Vegas! El famoso cartel que da la bienvenida a la ciudad.

Cada hotel es un universo aparte, no sólo por las temáticas que representan, sino por sus restaurantes, piscinas y máquinas de juego, las cuales dan una buena forma de tomar alcohol por bajos precios, ya que si juegan, unas lindas meseras les servirán el trago que quieran. Los salones de juego son impresionantes, mesas de dados, de póker, blackjack y ruletas, bingos con premios millonarios y el ruido de cientos de tragamonedas dan vida a un espacio que no para las 24 horas del día.

Otra atracción de los hoteles son los shows que exhiben. En el caso del Luxor su mayor plus es tener al mago de la televisión,  Criss Angel, con su espectáculo “Mindfreak”. Si quieren ver algo del Cirque du Solei, en Las Vegas hay cerca de 10 shows  mostrándose en distintos lugares.

Luego de descansar un par de horas salimos en búsqueda de un bar donde pudiéramos ver el gran evento que está pasando ese fin de semana en la ciudad: el Título Mundial de peleas de MMA (Mix Martial Arts). Eran las siete de la tarde y una brisa caliente quemaba los ojos. Mi amigo Daniel (un viñamarino con más de 10 años de estadía en EE.UU.) es, al igual que gran parte de los estadounidenses, un gran fan de este nuevo tipo de boxeo conocido como “peleas todo vale”, o como yo digo, “una buena forma de molerse la cara a trompadas”. La entrada para ver el evento en vivo en el Mandalay Bay salía 250 dólares, pero nosotros encontramos un bar en el Strip que por 20 dólares nos dejó presenciar los dos últimos combates con una cerveza aguada en la mano.

Las Vegas

Foto: Felipe Ramos

El Strip de noche cuando las luces transforman la ciudad.

Al salir del bar saltamos al tiro a comer. Un buen plato en la cadena australiana Outback —especialista en carnes— sale alrededor de 25 dólares (12.500 pesos chilenos), y como estamos hablando de un bistec de medio kilo es que no ponen problemas en dividir el plato entre dos personas. Al salir del restaurante pude ver por fin de qué se trata la ciudad. Así como la sabana africana logra su mayor esplendor al amanecer, Las Vegas adquiere sentido de noche, cuando los casi siete kilómetros del Strip se iluminan. Como dicen, “Sin City” es la única ciudad con luces tan fuertes que se puede ver desde la Luna.

Una vez que desaparece el sol, miles de personas se arrojan a la gran avenida como vampiros en búsqueda de sangre. Sin dudas que el calor del día hace que la mayoría de las personas permanezcan encerradas o se muevan entre pasarelas y el tren aéreo que une a los hoteles, pero de noche todos están en las calles.

Además, es la única ciudad de EE.UU. donde se puede beber alcohol en la vía pública; así que los shows callejeros, los espectáculos gratuitos, como el volcán del Mirage, agregado a su par de vodkas en la sangre, hacen que toda la ciudad se sienta como una gran discoteca.

Al día siguiente, tras una mañana de resaca y una tarde en la piscina del hotel —una atracción por derecho propio— fuimos con Francisco Aste, otro amigo de Viña y actual  residente de “Vegas”, al antiguo centro de la ciudad. Ubicado a las afueras del Strip, el Downtown es donde solían estar los hoteles cuando Frank Sinatra y Elvis Presley dominaban los escenarios de hoteles como el Flamingo.

Del glamour de aquellos años poco queda. Desde que la diversión y las atracciones se mudaron en 1989 hacia el Strip, la ciudad cambió y hoy a simple vista todo está centrado en entretener a las grandes masas de familias y jóvenes ávidos por tener su propio “wild on”.

De regreso en “la avenida más famosa del mundo” pudimos ver los juegos de agua de la gran laguna del Bellagio. El día terminaba y otra noche nos daba la bienvenida. Pero bueno, eso es materia de una próxima columna.

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