La triste historia de judoca refugiado en Brasil: Fue héroe olímpico y ahora vive en una favela

El judoca Popole Misenga compitió como refugiado en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 y ahora vive atrapado entre balas y narcotráfico.

Guía de: Artes Marciales

Los Juegos Olímpicos, la mayor fiesta del deporte mundial, nos tienen acostumbrados a vivir momentos emotivos e históricos, verdaderas lecciones de vida y esfuerzo que quedan retratadas para siempre en alguna gesta o épica deportiva.

Es el caso del judoca congoleño Popole Misenga, quien formó parte del primer equipo de refugiados de la historia olímpica y se ganó el cariño de los fanáticos locales y del mundo entero por su historia de vida y por su valentía.

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Lamentablemente hoy, tras más de un año después de transcurridos los Juegos, está atrapado entre la miseria, la violencia y los narcos de una de las favelas más peligrosas de la ciudad carioca.

Popole Misenga se transformó en refugiado de la República Democrática del Congo, cuando escapó de la concentración de su equipo el 2013 cuando disputaba el Campeonato Mundial de la especialidad en Río.

Debido a los constantes problemas vividos por la pobreza y la guerra que azota a su país, a los 10 años Misenga huyó a través de la selva durante días sin comida ni agua y desde ahí viene viviendo las penurias de una vida llena de tristes historias

Pese a que aprendió rápidamente el judo en un campo de refugiados de la ONU y a que ganó torneos regionales y nacionales, sus entrenadores lo encerraban en una celda sin comida cuando perdía.

Fue en ese instante cuando llegó a Rio en 2013 para disputar el campeonato mundial de la categoría donde, sin pensarlo dos veces, escapó de nuevo para solicitar el estatus de refugiado y una beca del Instituto Reaçao, un establecimiento caritativo de judo de alto nivel.

Con la condición de refugiado fue aceptado por el Comité Olímpico Internacional (COI) para integrar el equipo de refugiados en la cita olímpica brasileña y ahí conoció la fama que tantas veces se le había negado.

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Pasó la primera ronda de los Juegos, pero luego le tocó enfrentarse al número uno del mundo, el surcoreano Gwak Dong-Han, instancia que le valió el reconocimiento mundial.

Si bien no pudo derrotar al monarca (perdió por un ippon en el último minuto) fue tanta la pelea que le dio al campeón que se ganó el cariño del público local que lo vitoreó por su esfuerzo, pese a que terminó con un hombro lesionado y con la evidente frustración por perder el combate.

“Mi brazo estaba casi quebrado. Luego escuché a la gente gritando ‘¡Popole, Popole, Popole! y pensé: ‘No, si esta gente me está alentando no puedo rendirme”, y así fue que todo el mundo deportivo se encariñó con él.

Un final triste

Claro que cuando se apagaron las luces de la fama todo volvió a la normalidad o peor. Sin oportunidades reales, vive en la peligrosa favela Bras de Pina, en medio de la pobreza, la delincuencia y la lucha constante en las bandas de narcotraficantes que quieren controlar el territorio.

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En la favela vive en la extrema pobreza junto a su compañera brasileña Fabiana, sus hijos Elías (7) y María Eliza (1), y los tres niños de una relación anterior de Fabiana de seis, ocho y trece años, lo que le hace muy difícil volver a entrenar y prepararse para otro ciclo olímpico.

Misenga vive aún de la pensión que le entrega el Comité Olímpico Internacional al equipo de refugiados, pero piensa que la va a perder, ya que no puede entrenar y prepararse como debería para asumir los nuevos desafíos deportivos. Tampoco tiene auspiciadores.

“El otro día no pude ir a entrenar porque vi que todos se escondían”, dice. “Quería salir, pero tenía miedo de que los delincuentes me confundieran con un policía por la mochila y que los policías me confundieran con un delincuente”, cuenta muy preocupado.

Y aunque el judo es el deporte de su vida, Misenga ve una esperanza en el artes marciales mixtas, donde sueña con convertirse en un luchador profesional.

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“Me encantaría que venga alguien de Estados Unidos y me diga: ‘Popole, vas a entrar en la MMA’, aunque por ahora mi mayor desafío es proveer de seguridad a mis hijos, a toda mi familia, porque un día me volveré viejo y no siempre seré fuerte”, señala angustiado.

Por ahora el sueño olímpico de Popole está en duda, pero él sabe que de algún lado sacará las energías para no rendirse, tal como sucedió en los Juegos Olímpicos, y en la vida real, donde ni la guerra ni los golpes recibidos han podido doblegarlo.

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