23 años del adiós al último gran ídolo del automovilismo: Ayrton Senna, una celebridad

Parece increíble pero no lo es: Ya pasaron 23 años desde que el brasileño Ayrton Senna se matara en Imola, un nefasto 1 de mayo.

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Ayrton-Senna

Eran otros tiempos. Seré que me estoy poniendo viejo y ya me invade la melancolía. Pero no. No es el caso. Les aseguro que eran otros tiempos.

El automovilismo era una pasión popular. Y en Brasil, la gran potencia de este lado pobre del mundo, Ayrton era sinónimo de alegría popular, una verdadera celebridad. Cuando él dibujaba en pista sus fantásticas proezas y ganaba las carreras inganables, los chicos de las favelas toleraban mejor su tradicional hambre. Lo que quieran: un consuelo flaco, un consuelo tonto. Pero era así.

Yo era de la contra, de Prost. El francés representaba el análisis, el cálculo metodológico, la mirada a conciencia para desantrañar el misterio, todo eso que años después me lleva a leer y releer mil veces un texto en busca del párrafo perfecto. Y Como la F1 era, ya lo dije, una pasión, a Senna lo odiaba (bueno, ok, ¿cuántas veces he de decirlo? eran otros tiempos, la F1 despertaba pasiones). Ayrton representaba lo contrario: el lanzado, el que no medía límites ni riesgos, el que apretaba el acelerados y los dientes y que fuera lo que Dios quisiera. En automovilismo eso tiene un nombre, el velocista. Hubo varios. Se me vienen dos a la mente, Gilles y Ayrton. Los fans entienden. Del primero había leído todo. Del segundo me tocó vivirlo.

En aquel tiempo yo seguía todas las carreras. La terrible disputa del 89 en McLaren aún estaba latente, el final polémico, la chicana, todo eso. La del 90 no fue mejor, con la traicionera vendetta del brasileño en aquella primera curva en Susuka, un asco. La F1 eran ellos: los archienemigos. Senna y Prost.

Como buenos niños que eramos, solíamos juntarnos con un amigo para ver las carreras. El típico caso: él, de Senna. Y en 1993 algo se quebró. Prost se retiraba cuatricampeón y Ayrton tomaba su coche espectacular. Y aunque el terreno quedó liberado para el ex de Xuxa, un desinterés creciente nació en ambos. Ya saben. Tiene que estar los dos condimentos en toda pasión, lo querido y lo odiado, que al final de cuentas tanto se parecen.

Mi amigo no madrugó aquella mañana del 1 de mayo de 1994. Pero sí lo hice yo. El nuevo año venía mal. Habían quitado las suspensiones activas y los coches estaban desbalanceados. Alesi se la había puesto en el invierno europeo. Wendingler se la pegaría en Monaco, semanas después. Los autos eran un desastre. Senna llegó a Imola, San Marino, con la furia de saber que, ahora que ya no estaba Prost y con su auto antes perfecto, su coche era ahora una máquina saltarina. Un nuevo joven asomaba (todavía no sabíamos que era otro grande) y amenazaba el que sería un paseo de Senna a su cuarto título. El fin de semana arrancó tan mal como venía todo: Barrichello levantó vuelo en las prácticas libres. Y el sábado la muerte, ausente hacía diez años en un Gran Premio, se cobró la vida de Roland Rantzenberger.

Las crónicas del después contaron que el mazazo golpeó fuerte a Ayrton. Que se hallaba raro antes del GP. No sé cuanto de eso fue verdad y cuánto imaginación de los escribas. A las pocas vueltas de lanzado el gran premio, el Williams llegó a la temida Tamburello y jamás dobló. Me quedé atónito frente a la pantalla. Lo recuerdo todo: la danza macabra del coche regresando a pista, el cuello del piloto recostado hacia atrás, la filmación desde el helicóptero, la mancha de sangre que quedó en la pista por la traqueotomía urgente, la insólita reanudación de la carrera.

Pido disculpas a los lectores si identifican algún error. Tanto de estilo o gramática como de información. No corregí este texto como suelo hacerlo. No consulté viejas notas para escribirlo. No lo hice por pereza ni por descuido profesional. Lo hice así porque entiendo que así se escriben los textos que surgen del corazón. Ya ven: en medio de mi detallismo obsesivo, ahora me he vuelto un poco Senna. Pero aún conservo mi costado Prost: de tanta rigurosidad que tuve, mi memoria es fuerte. Desafío a cualquiera a que me marque si algún dato histórico es errado. Creo que eso es la pasión: sentimiento y estudio, latidos desatados y control. Alteración y diseño, todo junto.

La F1 continuó y un tal Schumacher batió las marcas. Por supuesto, se imaginarán el final de la historia: mi amigo el fan de Senna no volvió a ver Fórmula Uno. Pero a que no saben. Yo tampoco. Ya lo dije: eran otros tiempos. Importaban los hombres más que la tecnología. Y sin Senna y Prost, ¿para qué mirar más?

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Senna en Imola, antes de largar el trágico GP

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