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Road Story, un viaje que no termina

Carreteras, sol, pérdidas, búsquedas, encuentros y desencuentros es lo que nos espera en esta novela gráfica, adaptada del cuento de Fuguet.

Dejemos claro algo. Yo nunca he leído nada de Fuguet. Díganme prejuicioso, pero nadie me ha dicho “Fafo, tenís que leer a este gallo”, cosa que influye demasiado en lo que leo y que no sea comics, claro. Bueno, un angelito puso en mis manos “Road Story”, que es una adaptación al cómic de un cuento aparecido en el libro de cuentos llamado “Cortos”, de Alberto Fuguet. La adaptación estuvo a cargo del muy buen dibujante Gonzalo Martínez y, para mí, es él quien se lleva gran parte de las flores de este proyecto.

Road Story

Foto: El Mercurio

Ellos mismos (Fuguet y Martínez) han dicho que esto se lo tomaron como una película sin filmar. Y creo que está bien logrado. Que la narrativa conseguida a través de las viñetas es muy cinematográfica y si algún día quisieran filmarla, está el storyboard hecho, y muy bien hecho: buenos dibujos, buen manejo “de cámara”, bien iluminado, en fin. Visualmente es un agrado.

La historia de un viaje que no termina

A la gran mayoría de nosotros, ante un problema de esos de nos comen el alma, nos han dado ganas de salir corriendo y huir de todo. Bueno, al protagonista de esta historia le pasa eso mismo. La historia es sobre Simón, un tipo de unos 30 años al que su mujer engaña con su mejor amigo. Entonces decide pescar la plata de la empresa de sus viejos y darse un viaje por el sur de Estados Unidos, para tratar de escapar, de perderse y también de encontrarse.

Es un viaje caluroso, en el que la soledad de Simón se acentúa por los desérticos paisajes, por los constantes recuerdos de la vida que dejó atrás en Santiago y por esa apatía con la que enfrenta cada sorpresa que el viaje le depara. De hecho, aunque cambia de look y de nombre durante el viaje, Simón sigue con la mirada perdida, como si siguiera ante él el recuerdo vívido de todo lo que dejó atrás y que si no hubieran sido esas las circunstancias, no hubiera cambiado por nada.

Uno logra empatizar con Simón, con su dolor y con la reacción de irse. Hay un muy buen personaje que aparece pasada la mitad de la novela, Adriana, una guapa boliviana criada en Estados Unidos. Una chica problema que viene a revolverle el gallinero a este pobre hombre, que lo único que quiere es perderse en el calor de la ruta.

Este no es un comentario literario, para nada, pero a mí me faltó un mejor final. Un cierre que redondeara mejor la historia. Lo voy a decir con mejores palabras: me dejó con gusto a poco. Bueno, tal vez ese era el objetivo del autor, dejarnos pensando y tratar de motivarnos a empezar un viaje por la carretera de nuestras mentes. Yo por lo menos, espero que el mío llegue a algún destino.

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