La araucaria: La conífera más notable de los bosques de Chile

Crece casi exclusivamente en zonas cordilleranas a más de 800 metros de altitud.

Guía de: Educación Para Niños

La Araucaria , pehuén o piñonero tiene una altura de hasta 50 metros y sus hojas son perennes, de color verde oscuro. Las flores son de color castaño oscuro y su maduración se produce en diciembre.

Es una especie de desarrollo lento (1 mm de diámetro / año) y de larga vida, alcanzando aproximadamente los 1000 años. Es por ello una de las coníferas andinas más longevas.

Este árbol produce una madera de excelente calidad y de gran resistencia. Es compacta, liviana, fácil de trabajar y de un color blanco amarillento. Se le usa especialmente en pisos, toneles, construcción y estructuras navales.

Las semillas (piñones) se utilizan en la alimentación humana por su alto contenido de almidón. Se calcula que 100 gramos de piñones contienen 221 calorías, además de ser una buena fuente de proteínas, lípidos e hidratos de carbono.

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Este árbol es propio de los bosques subantárticos. En Chile habita en la VIII y IX región, preferentemente en la cordillera de Nahuelbuta  y Cordillera de las Andes. Crece sobre suelos arcillosos o volcánicos en grupos o comunidades llamadas pinares.

Dentro del país ha sido explotada en forma irracional.  Su estado de conservación en Chile se clasifica como Vulnerable.  Está prohibida su tala y afectación por haber sido declarado “Monumento Natural” de Chile desde 1976.

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Actualmente de una superficie total de 253.715 ha cubiertas por bosques de araucaria en Chile, un 48.4% de ellas se encuentran protegidas en Parques Nacionales.

LEYENDA DEL PEHUÉN O ARAUCARIA

Adaptación del texto que aparece en “Cuentos, mitos y leyendas patagónicas” de Nahuel Montes

Hace mucho tiempo el pueblo pehuenche vivía cerca de los bosques de pehuenes o araucarias. Ellos se reunían bajo los pehuenes para rezar, hacer ofrendas y colgar regalos en sus ramas, pero no cosechaban sus frutos, pensando que eran venenosos y no se podían comer.

Un año, el invierno fue muy crudo y duró mucho tiempo. La gente se había quedado sin recursos: los ríos estaban congelados, los pájaros habían emigrado y los árboles esperaban la primavera. La tierra estaba completamente cubierta de nieve. Muchos de los pehuenche resistían el hambre, pero los niños y los ancianos se estaban muriendo. Nguenechen, el Dios creador, no escuchaba las plegarias. También él parecía dormido.

Entonces, el Lonko, el jefe de la comunidad, decidió que los jóvenes partieran en busca de alimento por todas las regiones vecinas.

Entre los que partieron había un muchacho que empezó a recorrer una región de montañas arenosas y áridas, barridas sin tregua por el viento. Un día, regresaba hambriento y muerto de frío, con las manos vacías y la vergüenza de no haber encontrado nada para llevar a casa.

Repentinamente, un anciano desconocido se puso a su lado. Caminaron juntos un buen rato y el muchacho le habló de su tribu, de los niños, los enfermos y de los ancianos a los que, tal vez, ya no volvería a ver cuando regresara. El viejo lo miró con extrañeza y le preguntó:

- ¿No son suficientemente buenos para ustedes los piñones?

Cuando caen del pehuén ya están maduros, y con una sola piña se alimenta a una familia entera.

El muchacho le contestó que siempre habían creído que Nguenechen prohibía comerlos por ser venenosos y que, además, eran muy duros. Entonces el viejo le explicó que era necesario hervir  los piñones en mucha agua o tostarlos al fuego.

Apenas le hubo dado estas indicaciones, el anciano se alejó y el joven volvió a encontrarse solo.

El jefe escuchó atentamente al joven; se quedó un rato en silencio y finalmente dijo: Ese viejo no puede ser otro que Nguenechen, que bajó otra vez para salvarnos.

Vamos, no desdeñemos este regalo que nos hace. La tribu entera participó de los preparativos de la comida. Muchos salieron a buscar más piñones; se acarreó el agua y se encendió el fuego. Después tostaron, hirvieron y comieron los piñones que habían recogido. Fue una fiesta inolvidable. Se dice que, desde ese día, los mapuche que viven junto al árbol del pehuén y que se llaman a sí mismos pehuenche, nunca más pasaron hambre y esperan que nunca tan precioso árbol les sea arrebatado.

Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de Pehuén, los mapuches rezan mirando al cielo en rezo elevado a Nguenechén

“A ti que no nos dejaste morir de hambre, a ti que nos diste la alegría de compartir, a ti te rogamos que no dejes morir nunca el pehuén, el árbol de las ramas como brazos tendidos”.

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