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Mujer tuvo sexo con su marido los 365 días del año: ¿Qué pasó después y cómo le cambió la vida?

Aunque no tuvieran ganas, ella y su marido hacían lo que fuera para cumplir con el compromiso sexual.

“Me duele la cabeza”, “estoy cansada”, “no tengo ganas” y una lista muy reiterativa suele formar parte de las excusas con que las mujeres rechazan a sus parejas cuando no quieren tener sexo. El fenómeno es transversal y si por un lado están ellas, por otro están los hombres, que aseguran estar “siempre listos”, aunque muchos especialistas resalten que esto se trata más bien de un mito asociado a la masculinidad.

Pero, ¿qué pasaría si una mujer le planteara a su marido tener sexo los 365 días del año? ¿Qué efectos tendría esto en la pareja? ¿Será posible o la rutina hará que una iniciativa de este tipo de hunda en el océano de lo imposible?

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Brittany Gibbons y su esposo Andy. Ambos se atrevieron con el experimento de tener sexo durante los 365 días del año.

Pues bien, estas interrogantes fueron contestadas con el caso de la escritora estadounidense Brittany Gibbons, quien resolvió tener sexo con su maridos todos los días del año, llueva o truene, duela o no duela la cabeza, se sienta o no atrapada por la rutina.

Y no lo hizo, según ella misma relata, porque tuviera unos deseos irrefrenables, sino más bien como una especia de terapia interna, un reencantamiento consigo misma, pues se sentía incómoda con su cuerpo y estaba avergonzada de cómo había cambiado tras tener a sus tres hijos.

Según cuenta, no podía estar desnuda frente al espejo, se tapaba con la ropa y prefería que sus relaciones sexuales fueran con las luces apagadas para que Andy, su marido, no la la viera.

Pero la conversación con una amiga, según relata Infobae, hizo que esta escritora -y bloguera- de Ohio resolviera poner en práctica el desafío del sexo diario por un  año.

De acuerdo a lo que narra, al comienzo fue complicado, porque aunque no tuvieran ganas, ella y su marido hacían lo que fuera para cumplir con el compromiso sexual que habían acordado. Pero pasado un tiempo, todo cambió, algo se encendió y empezó a querer que esos encuentros sexuales fueran más frecuentes.

“No lo hice para salvar mi matrimonio. Lo hice para salvarme a mí misma”, relata con brutal sinceridad Gibbons, autora del libro “Fat Girl Walking” (Mujer gorda caminando).

“El sexo generó más sexo”, cuenta, en un artículo publicado en el sitio GoodHousekeeping. Ya no era sola la habitación el espacio destinado para el sexo, sino el lavadero, los vestidores e incluso otros espacios de la casa que jamás habían explorado.

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Brittany Gibbons es la autora del libro “Fat Girl Walking”.

Andy y Brittany, la pareja del sexo diario por un año, se volvió más cariñosa, más cómplice, se buscaban con un romance que ya daban por perdido: “Nos tocábamos los brazos al pasar y nos besábamos antes de ir al trabajo. Nuestra relación se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba la intimidad”.

Pero lo que ella más notó era que la visión de sí misma empezó a cambiar: Si sus pechos estaban caídos, tenía unos rollitos de más por aquí o por allá, o bien se acumulada grasa en sus piernas, dejó de ser un tema central que la atormentara. Sólo pensaba en disfrutar su sexualidad y en sentir que su marido la encontraba atractiva, más allá de los defectos físicos que todas las personas, o la gran mayoría, tienen bajo la ropa. “Mi cuerpo estaba siendo disfrutado por los dos, de igual manera”, cuenta.

El proceso le sirvió para amarse a sí misma, a su cuerpo, con virtudes y defectos. Y aunque la maratón de sexo terminó, cada cierto tiempo ella y su marido se miran cómplices, y sonríen, recordando qué significó para ellos ese año entero durante el cual el sexo nunca se detuvo.

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