“Prisioneros” trae de regreso a los aterradores xombis

La continuación de “Agente X” lleva a los pocos sobrevivientes del holocausto planetario hasta el límite.

Guía de: Literatura Fantástica

Prisioneros

Foto: La Factoría de Ideas - Océano

“Al intentar describir la epidemia, somos como arqueólogos que tratan de recrear una antigua civilización a partir de unos cuantos fragmentos de cerámica. Los datos disponibles no parecen ser otra cosa que un montón de cabos sueltos, y la cronología de la historia humana parece haber sido cortada, como un trozo de cordel barato. Pero la desintegración no fue tan global. Por todo el continente americano y por todo el mundo seguían existiendo refugios, escondites, rincones aislados relativamente seguros que continuaban sobreviviendo mucho después del brote inicial. La mayoría eran de naturaleza militar (bases y otras instalaciones fortificadas), pero otros debían su supervivencia a factores geográficos o culturales: islas, prisiones, campos de trabajo, industrias pesadas como la petrolífera o la minera, retiros religiosos. Todos tenían en común la ausencia de mujeres. Porque allá donde fuese las mujeres, la fatalidad las perseguía”.

Un nuevo recorrido por el infierno. Así se podría definir “Prisioneros” (La Factoría de Ideas-Océano), segunda parte de la trilogía postapocalíptica que el estadounidense Walter Greatshell inició con “Agente X”, una original “vuelta de tuerca” al mito del muerto viviente al que nos tienen tan acostumbrados el cine y la televisión.

Es que si en el primer libro asistimos al derrumbe del mundo civilizado tal como lo conocíamos hasta ese instante —producto de la misteriosa y letal plaga que convirtió a las mujeres en el principal medio de contagio—, ahora el lector acompaña a los sobrevivientes a bordo de un submarino nuclear clase Ohio que se ha convertido en el único lugar seguro.

Para el comandante Harvey Coombs no es fácil mantener el control del navío y sus tripulantes. No son pocos los que creen que es cuestión de tiempo para que ocurra un motín. Sobre todo con los experimentos que la doctora Alice Langhorne realiza en las cubiertas inferiores, intentando controlar la voluntad de los xombis. Nadie cree realmente que aquellas letales criaturas de piel azul y ojos oscuros —que alguna vez fueran humanos— puedan ayudarlos de alguna forma. Pero Langhorne ha logrado lo impensable gracias a Louise Pangloss Cowper, Lulu, la adolescente que conocimos en “Agente X” y que sobrevivió al contagio debido a una disfunción metabólica. “La enzima X modificada de la sangre de Lulú actúa como un depresor”, afirma ella Langhorne.

La búsqueda de supervivientes ya no es una prioridad; ahora sólo importa evitar nuevos contagios. Sin embargo, cuando se vean en la necesidad de acercarse a la costa, enfrentarán no sólo la amenaza de los xombis, sino de los humanos que —agrupados en bandas de mercenarios— han logrado sobrevivir a cualquier precio. Y que se convertirán en una amenaza incluso mayor.

En esta segunda entrega Walter Greatshell logra mantener la agilidad de la narración y que la trama mantenga al lector al borde del asiento. Es que los xombis son más que zombis. Son criaturas que a través de un espantoso “beso de la muerte” extraen la vida de sus víctimas, transformándolas automáticamente en seres que sólo viven para contagiar la plaga. Pero que a diferencia del clásico zombi, son extremadamente ágiles y rápidos, elevando su peligrosidad a un nivel completamente nuevo. Y ciertamente, no les interesan los cerebros ni devorar a sus víctimas.

Si ya leíste “Agente X”, debes estar esperando ponerle las manos encima a “Prisioneros”. Y si todavía no lees nada de esta trilogía, empieza a la brevedad.

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