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Erupción del Monte Santa Helena en 1980: Catastrófico y doloroso golpe de la naturaleza

A principios de esa década se produjo una de las erupciones volcánicas más catastróficas del siglo XX, que causó 57 muertos y enormes daños materiales.

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En marzo de 1980 el bello y agreste paisaje que circundaba el nevado monte Santa Helena, ubicado en el estado de Washington, Estados Unidos, y al que se le conocía como el “monte Fuji de América” por su forma de cono de nieve y su simetría, se vio sacudido por una serie de movimientos sísmicos que parecían provenir de los movimientos del magma ubicado en las profundidades de esa formación montañosa.

Después de casi 140 años de silencio (la última erupción había sido reportada en 1842), la actividad de ese volcán fue peligrosamente en aumento. En abril los movimientos sísmicos aumentaron en intensidad llegando a producirse cerca de cuatro pequeños terremotos al día y, ya en mayo, cerca de 50 diarios. A principios de ese mismo mes, la montaña se “hinchó” y la cumbre se elevó más de 150 metros.

Toda esta inusual actividad causó una gran fractura en la montaña, avalanchas de nieve y hielo y una explosión que generó un nuevo cráter de 76 metros de ancho, cráter que días después se fusionaría con el cráter original, creando uno mayor de 520 metros por 260 metros. Como los geólogos y expertos ya habían detectado los temblores armónicos que suelen preceden a las grandes erupciones volcánicas, las autoridades norteamericanas declararon de inmediato el estado de emergencia.

En total se registraron cerca de 10 mil pequeños terremotos antes que llegara el 18 de mayo de 1980, el día escogido por la naturaleza para desatar parte de su ingente poder destructor. A las 08.32 de la mañana un terremoto grado 5 en la escala de Richter derrumbó parte de la montaña, que terminó acumulándose como un gigantesco montón de escombros (uno de los mayores registrados en la historia) en la zona de Toutle River, que provocó que el agua del Spirit Lake, la masa de agua ubicada al lado del monte Santa Helena, se desplazara en forma de olas de casi 200 metros de altura que impactaron contra una cordillera en el norte del lago. Esto causó una nueva avalancha de escombros, que cayeron sobre la cuenca del lago y provocaron un ascenso de unos 60 metros de su nivel de agua, que comenzó a inundar los bosques ubicados en la ribera.

Catástrofe inmediata

El gigantesco desprendimiento de tierra descrito anteriormente causó efectos catastróficos inmediatos. El volcán perdió presión y explotó con una fuerza descomunal, semejante “al poder de 500 bombas atómicas, de unos 350 megatones” según informó posteriormente el Mount St. Helens Institute. Las cenizas de la explosión se elevaron al cielo y pedazos de la montaña se desplazaron hacia los lados, destruyendo todo a su paso. Las cenizas se alzaron más de 19 kilómetros sobre el cráter del volcán en menos de 10 minutos, alcanzando posteriormente a 11 estados del país (parte de esta misma ceniza daría la vuelta al mundo en las dos semanas siguientes). La ceniza y las rocas alcanzaron más de 600 grados Fahrenheit y devastaron 230 millones de millas cuadradas, mientras que el calor generado durante la erupción provocó el derrumbamiento de los glaciares y la nieve acumulada en las montañas cercanas.

El geólogo Keith Ronnholm, que ese día se encontraba acampando a 16 kilómetros del noroeste del volcán, recuerda que “todos sabíamos que el volcán estaba aparentemente dormido, pero que iba a despertar en cualquier momento. A las 08.30 un grito de un compañero me hizo volver la vista al volcán. La ladera norte se estaba desprendiendo y se deslizaba por la montaña. Dos minutos después comenzó a hacer erupción con grandes explosiones, lanzando cenizas, gases calientes, grandes pedazos de rocas y vapor a velocidad de huracán. Alcancé a tomar unas cuantas fotos antes de subirme a mi camioneta y escapar de allí a toda velocidad”.

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La erupción del monte Santa Helena se transformó al cabo en la más mortífera y destructiva ocurrida en la historia de los Estados unidos. Pese a la evacuación decretada por el gobierno norteamericano, 57 personas perdieron igualmente la vida. Harry Truman, un hombre de 83 años y dueño del Mount St. Helens Lodge en el Lago Spirit, fue uno de los pocos que eligieron quedarse en el lugar. Truman se convirtió en una celebridad local luego que se rehusara a dejar a sus 16 gatos y a su mismo hogar, en el que había vivido más de 50 años. Se presume que murió en la explosión, pues su cuerpo nunca fue hallado.

Aparte de las 57 víctimas fatales, 250 casas, 47 puentes, 24 kilómetros de vías de tren y 300 kilómetros de autopistas quedaron totalmente destruidos, sin mencionar el millonario gasto que demandó remover los 8 millones de metros cúbicos de ceniza (equivalentes a 900 mil toneladas de peso) desperdigadas en las autopistas y los aeropuertos de Washington, tarea que demandó 10 semanas. Debido a la dirección del viento en el volcán, en las áreas de mayor acumulación de ceniza, miles de vuelos comerciales debieron ser cancelados y muchos cultivos de trigo, manzanas, patatas y alfalfa quedaron totalmente destruidos.

La pérdida de la ladera norte del monte Santa Helena redujo su altura, pasando de 2.950 metros sobre el nivel del mar a 2.550 metros, y formó un cráter en forma de herradura de casi dos kilómetros de ancho y 640 metros de profundidad, en cuya zona norte se abre hoy una inmensa brecha.

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Si bien la mayor parte de la vida silvestre en el área fue destruida totalmente por el volcán (unos 1.500 alces y unos 5.000 ciervos murieron y se estimó en 12 millones el número de salmones muertos, al ser destruidos totalmente sus criaderos), la flora y la fauna se restableció mucho más rápido de lo esperado. Miles de ciervos, pumas, aves, peces y árboles viven hoy en el área.

El Mount St. Helens Institute informó años después de la histórica explosión que el Monte Santa Helena, parte del temido Anillo de Fuego del Pacífico que incluye más de 160 volcanes activos, “entró en un estado de erupción continua” en el otoño del 2004. Sin embargo, en julio del 2008, los científicos informaron que el Monte Santa Helena estaba “oficialmente en reposo”. Sin embargo, los mismos científicos aseguran que algún día este temido monte despertará violentamente, tal como en mayo de 1980, de su tranquilo sueño.

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