Juguetes sexuales para mujeres: De la “histeria femenina” al sexo seguro
- Andrea Peña, ex guía de Parejas
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Hasta hace algunos años vivir la sexualidad de una manera natural, sin tabúes y explorar sin culpas nuestros cuerpos o el del otro, era un tema que generaba escándalo. La virginidad ocupaba un lugar privilegiado y era considerado un plus.
Siendo mujer, debías ocultar tu experiencia en relaciones sexuales, ruborizarte con los chistes subidos de tono; negar rotundamente haber visto una película para adultos y por supuesto, jamás admitir la búsqueda del punto G en forma autónoma.

Los tiempos han cambiado, y ahora podemos ser libres exploradoras, comentar con amigas, buscar en internet y compartir una película con nuestra pareja o hasta filmar una producción propia. En este espacio de libertad y bastante tarde para mi gusto, se ha popularizado y extendido el uso de juguetes para adultos que pueden ser utilizados tanto de forma individual como en una sesión compartida.
Los vibradores, conocidos también como dildos o consoladores forman parte de los juguetes para adultos más populares: Fáciles de utilizar y con una historia que parte en el siglo XIX cuando eran anunciados sin tapujos en los medios de la época.
En la película “Hysteria” (2011) se retrata con humor crítico el surgimiento casi fortuito del vibrador: En plena Inglaterra victoriana, el doctor Joseph Mortimer Granville recibía en su consulta a mujeres que padecían, según los libros médicos, “histeria femenina”. Con este nombre se conocía a una enfermedad que más tarde sería descatalogada por la Asociación Americana de Psiquiatría. Su única cura era el “paroxismo nervioso”, es decir: el orgasmo. El médico estimulaba a la paciente hasta hacerle alcanzar el clímax, incluso ante la mirada de familiares o de su propia pareja.
No sólo se crearon vibradores para la mujer, también se diseñaron algunos para uso masculino que se decía ayudaban a estimular la circulación.
Muchas compañías de la época, lanzaron sus propios modelos, que prometían curar el estrés y la ansiedad. Sin embargo, todo este boom cambió a mediados del siglo XX, cuando la enfermedad fue descatalogada y salió a la luz que la terapia anti-histeria consistía prácticamente en sesiones de masturbación. Mientras, al mismo tiempo, el cine para adultos demostró en pantalla que dichos aparatos podían ser objetos de perversión. Todo esto causó que se volvieran tabú y salieran de las publicidades y catálogos.
En los años 70 reaparecieron en talleres de salud sexual femenina y a fines de los ochenta fueron re-popularizados ya que, en plena crisis del SIDA, fueron incluidos en la lista de prácticas de sexo seguro.
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