Alejandro Magno: Las 8 graves heridas que sufrió durante sus batallas, un león involucrado
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Alejandro Magno (356 a.C.- 323 a.C.), el joven rey macedonio ensalzado como el más heroico y mítico de los conquistadores, siempre dirigió sus ejércitos desde la primera línea. Dueño de un temperamento impulsivo que lo animaba a correr riesgos innecesarios en numerosas ocasiones, al igual que su padre Filipo II de Macedonia, no dudaba en lanzarse siempre al ataque, arriesgando la vida con demasiada frecuencia. Según sus contemporáneos, le fascinaba el combate cuerpo a cuerpo, hasta alcanzar la victoria. Su ideal era superar a los héroes de la mitología griega, como su admirado Aquiles, y en especial fundar un nuevo imperio que el mundo todavía no había conocido.
“No tengo una sola parte de mi cuerpo, por lo menos enfrente, que no tenga cicatrices; no hay arma, que se use de cerca, o que se lance desde lejos, de la cual no lleve la marca. Más aún, he sido herido por la espada, mano a mano; con flechas, he sido herido desde una catapulta y muchas veces he sido golpeado con piedras y garrotes”, dijo Alejandro Magno una vez, mientras que en otra ocasión, tras ser herido en una batalla, comentó que “todos juran que soy hijo de Júpiter, pero esta herida está proclamando que soy hombre”.
Al largo de sus victoriosas campañas Alejandro Magno sufrió 8 heridas de importancia que se pueden agrupar de diferentes maneras. Por el grado de importancia, sufrió cuatro heridas leves, tres graves y una casi mortal, mientras que por el instrumento que las causó, pueden dividirse en heridas causadas por proyectil de catapulta, por dardos, flechas, lanzas, espada y mazo.
Alejandro sufriría sus primeras heridas en la campaña de los Balcanes (año 335 a.C). cuando, tras ser proclamado rey de Macedonia a la muerte de su padre Filipo II, sometió a ciudades rebeldes como Atenas y Tebas y las regiones de Tracia e Iliria. El precio por el dominio sobre estas tierras y por ser reconocido como monarca indiscutido fueron dos heridas: una pedrada lanzada con honda y un mazazo luchando en Iliria.
Su segunda herida la sufriría después de cruzar el Helesponto, en la batalla de Gránico (mayo-junio 334 a.C.), en el marco de la conquista del imperio persa. Tras desembarcar en la costa de Anatolia, y pasar por Troya, donde rindió culto a las tumbas de Aquiles y Patroclo, Alejandro se encaminó a la capital de la satrapía persa de Frigia, donde se enfrentó y derrotó por primera vez a los persas en la Batalla del Gránico. En aquella ocasión fue acosado por dos persas, quienes le propinaron su segunda herida, un fuerte golpe en la cabeza que le abolló el casco.
El historiador romano Plutarco, en sus “Vidas paralelas”, comenta este incidente, relatando que “sobrevinieron a un tiempo los generales Resaces y Espitridates y hurtando el cuerpo a este, Resaces, armado de coraza, le tiró (a Alejandro) un bote de lanza, y rota esta metió mano a la espada. Batiéndose los dos, acercó, por el flanco su caballo Espitridates, y poniéndose a punto le lanzó con la azcona de que usaban aquellos bárbaros, con la cual le destrozó el penacho, llevándose una de las alas; el morrión resistió con dificultad al golpe, tanto, que aún penetró la punta y llegó a tocarle en el cabello. Disponíase Espitridates a repetir el golpe, pero se interpuso Clito el Negro pasándole de medio a medio con la lanza. Al mismo tiempo cayó muerto Resaces, herido por Alejandro”.

Años después Alejandro mataría a su compañero Clito con una lanza en un arranque de ira en medio de un banquete, luego que Clito le recriminara lo siguiente a su general y rey: “Toda la gloria que posees es gracias a tu padre. Sin mí hubieras perecido en el Gránico”. Arrepentido del crimen, Alejandro pasó 3 días encerrado en su tienda y algunos relatos afirman que trató de suicidarse.
La tercera herida de Alejandro se produciría en la batalla del río Issos (noviembre del 333 A.C.), cuando intentando dar caza al rey persa Darío III, recibió un tajo de espada en el muslo que afortunadamente no trajo consecuencias. Su cuarta herida la sufrió en el sitio de Gaza (septiembre-noviembre del 332 a.C.), ocasión en que el ejército de Alejandro atacó una fuerte guarnición persa al mando del comandante persa Batis. Alejandro nuevamente salió vencedor, pero fue alcanzado por un proyectil lanzado por una de las catapultas ubicadas detrás de las altas murallas de Gaza. El fuerte impacto partió su escudo en dos, atravesó su armadura y el acolchado de debajo y, finalmente, alcanzó su hombro, hiriéndolo de gravedad.
Luego de reponerse de esa herida, Alejandro pasaría un período de tres años sin lamentar lesiones de consideración, hasta sufrir su quinta herida cerca de Samarkanda (329 A. C.). Convertido ya en rey de Asia, y luego de ejecutar a Bessos, el sátrapa de Bactriana que a su vez había dado muerte al rey Dario III, Alejandro y los suyos fueron atacados con piedras, arcos y flechas por unas tribus cerca de Samarkanda, clavándose una de estas flechas en la pierna del general macedonio. La flecha, de acuerdo a los relatos de la época, le llegó hasta el hueso, provocándole una fractura.
La sexta herida del joven conquistador se produciría en Cirópolis (329 A. C.), ciudad fundada por el rey Ciro, el Grande. Cuando Alejandro acudió allí para sofocar un revuelta, recibió varias pedradas en el cuello y la cabeza que lo dejaron bastante conmocionado. De todos modos, los habitantes de esa ciudad pagarían muy caro su osadía. Todos los hombres fueron ejecutados, las mujeres sorteadas entre los soldados y los niños vendidos como esclavos.
La séptima herida de Alejandro ocurrió en el asedio de Masaga (327 A. C.), camino a la India, cuando el macedonio, atacando esa ciudad defendida por 7 mil mercenarios, fue alcanzado por una flecha en el tobillo que le fracturó el hueso. Tras tomar esa plaza, tanto los mercenarios como sus habitantes fueron masacrados.

La octava y última herida sufrida por Alejandro Magno, en el asalto a la ciudad india de Malia (invierno de 326/325 a.C.) sería la más grave. Lanzándose temerariamente al asalto y luego de trasponer por una escalera una muralla a la cabeza de un pequeño grupo de hombres, Alejandro fue alcanzado por una flecha que penetró hasta el pulmón, haciéndolo perder el conocimiento.
Conducido por sus hombres a su tienda, Alejandro fue atendido por Critóbulo, su cirujano, quien debió ensanchar su herida para sacar la flecha de hierro y estaño armada con lengüetas; esta maniobra médica le hizo perder la conciencia a Alejandro por segunda vez, aunque, según relata Curcio, a los siete días, aún cuando no había cicatrizado, la herida mejoró.
Al cabo, a los 33 años de edad, Alejandro Magno, convertido ya en amo y señor de un vasto imperio que incluía regiones de Europa, África y Asia (Grecia, el Imperio persa, Egipto e India), ya estaba convertido en un curtido general cubierto de cicatrices, aunque atormentado por el dolor de sus viejas heridas. Tras dos noches de banquetes y excesos de todo tipo, falleció en Babilonia en junio del año 323 a. C. aunque hasta el día de hoy no se sabe si murió por la malaria, una pancreatitis aguda, la acción de un veneno o si, simplemente, su organismo ya estaba demasiado debilitado por la sucesión de excesos y sobreesfuerzos de sus victorias campañas.
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