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Crímenes de odio en el Tandil de 1872: ¿Por qué mataron a los vascos?

El epílogo de una historia de barbarie y odios irracionales durante la transición de un país campesino y pastoril a una nación organizada y productiva.

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En la madrugada del primer día de enero de 1872, medio centenar de enardecidos criollos montó a caballo y entró al galope, lanza en ristre, en la población de Tandil, situada a 350 kilómetros al sur de Buenos Aires. Entre la madrugada y las primeras luces del día asesinaron a 36 hombres, mujeres y niños al grito de ¡Muerte al gringo! ¡Viva la religión! ¡Mueran los extranjeros y los masones!

¿Qué pasó en aquella fatídica madrugada dónde se entremezclaron la política, intereses económicos, religión y xenofobia? Lo que sigue es una reconstrucción del contexto histórico, quizás sea útil para realizar una composición de lugar.

Lo prometido: Aquí el audio con la narración completa de los tres episodios. Los textos son la base del relato, aunque encontrará en ellos mayores elementos de juicio que pueden ser útiles al momento de formar su opinión. Esperamos sus comentarios. Muchas gracias.

Los momentos previos a la matanza

Entre octubre y noviembre de 1871, el hacendado Ramón Rufino Gómez, cuñado del juez de paz de la ciudad y titular de la Estancia “La Argentina”, enterado sobre curaciones presuntamente milagrosas que realizaba un curandero en la ciudad de Azul, a unos cien kilómetros de Tandil, lo fue a buscar con la intención de aliviar las fuertes jaquecas que sufría su esposa, Rufina Pérez.

Las artes de sanación de “Tata Dios”, cuyo nombre era Gerónimo Solané, dieron resultado en la señora del hacendado. Agradecido, este le ofreció quedarse en una de sus propiedades. El lugar era cercano al casco de la estancia. Apenas un rancho grande que hasta ese momento servía de puesto y depósito. Solané aceptó instalándose en el rancho, agregando un único elemento al escaso y humilde mobiliario; una pequeña imagen de porcelana de la Virgen María.

¿Qué se sabe de “Tata Dios” Solané?

Los testimonios coinciden en que Gerónimo Solané, era una persona de entre cuarenta y cincuenta años de edad. Alto y de andar algo encorvado. De piel oscura, larga barba y cabello canoso abundante. Se decía que se expresaba muy bien y tenía un discurso efectivo que calaba hondo en los criollos. Se presume que era analfabeto, como la mayoría de los entonces habitantes del país, aunque llevaba un libro de anotaciones. Quizás escrito por alguno de sus allegados, eso no está claro.

Solané proclamaba que él había venido a salvar a la humanidad ante el fin de los tiempos que se acercaba, y solamente él, podría resguardar las almas de quienes estuvieran dispuestos a seguirlo. No se sabe si se hacía llamar “Tata Dios”, o si fue la gente que le puso ese mote ante su discurso absolutista y apocalíptico.

Uno de sus primeros seguidores, y personaje muy cercano a Solané, fue un tal Jacinto Pérez, al que denominaban “El Adivino” o “San Francisco”, quien también practicaba rituales y “sanaciones”. Otro personaje también le seguía de modo incondicional, Cruz Gutiérrez, al que le decían “El Mesías”. Ambos eran estrechos colaboradores de Solané. En un círculo más amplio estaba un grupo de diez o doce hombres que eran denominados sus “apóstoles”.

La primera noticia que se tiene de la existencia de “Tata Dios” Solané, de acuerdo al maestro Jorge Emilio Prina, es que había estado en Rosario, provincia de Santa Fe, a unos seiscientos kilómetros al norte de Tandil. De allí había sido expulsado, presuntamente, por su prédica mística, radicalizada y xenófoba. Prina, confirma que Solané se decía enviado del Señor y que podía curar todos los males.

También se comprobó que estuvo preso en la ciudad de Azul, presuntamente por ejercer de modo ilegal la medicina. No se especifican los cargos, pero tuvo que haber hecho algo muy grave para caer preso por ese motivo. Es que los criollos sin médicos cerca, o imposibilitados de pagarlos, y librados a la buena de Dios, acudían a los curanderos para aliviar dolencias, mal de amores o tratar de esquivar el cotidiano y fatídico rondar de la parca.

Se deduce que lo más probable es que haya molestado a alguien importante en Rosario, o que sus prédicas xenófobas hayan sido el motivo para encarcelarlo. No se sabe.

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Los restos históricos del negocio del vasco Juan Chapar aún se conservaban en pie hasta hace unos años.

El “Tata Dios” Solané, vestía a la usanza criolla rural; una especie de pantalón de algodón de piernas anchas, chiripá encima y faja a la cintura. Camisa holgada, a veces con un raído chaleco y por encima el infaltable poncho y sombrero. Calzaba gastadas botas de cuero de potro, sin punta ni talón.

Algunas versiones afirman que era chileno. Otras señalan su origen en los montes santiagueños o incluso en las selvas entrerrianas. Demás está decir que Solané, se presentaba a sí mismo como curandero y adivino, siendo este su modo de vida.

Ya instalado en Tandil, los seguidores y “pacientes” de “Tata Dios” Solané, de los pueblos de Azul, Rauch, Tapalqué y otros caseríos de la zona, recorrían las leguas necesarias para atenderse con él o simplemente escuchar sus sermones y arengas. Es así que algunos testimonios afirmaron que hubo días en que se reunían en su rancho entre 100 y 300 personas.

Siempre, junto a él, estaban sus “apóstoles” Jacinto Pérez y Cruz Gutiérrez. Refieren varios testigos que Solané sostenía en sus apocalípticas arengas que los extranjeros y los masones eran enemigos de la Argentina y que esa gente le estaban quitando el trabajo a los criollos. “El mundo, como lo conocemos, estaba llegando a su fin por culpa de los masones y extranjeros“, afirmaba enfáticamente.

Al cúmulo de tensiones descritas debe sumarse la reciente epidemia de fiebre amarilla que pegó con fuerza en Buenos Aires, y una invasión de langostas que arrasó el valle de Tandil en ese diciembre de 1871. En ese contexto, el discurso del curandero Solané, que anticipaba el fin de los tiempos y explicaba que el mundo para el criollo era tan ancho como ajeno, al decir de Ciro Alegría, prendía en el corazón de aquella gente.

Hasta aquí, los hechos reconstruidos basándonos en diversos testimonios de la época.

Apéndice: Tensiones sociales, económicas, ideológicas, religiosas y xenófobas

 Corresponde, entonces, realizar una composición de lugar para intentar entender el ambiente social y económico donde se desarrollaron los hechos narrados.  El escritor Alvin Toffler, autor de “La Tercera Ola”, describía que los distintos procesos de cambios que vivió y vive la humanidad eran similares a un entrechocar caótico de olas.  En las rompientes las olas llegan, se cruzan con otras, se diluyen y conforman en nuevas olas que vuelven a chocar entre ellas, deshacerse y atropellar de nuevo.

En la Argentina de 1872 ocurría eso. Intereses diversos y distintos sectores sociales se entremezclaban de manera caótica y muchas veces violenta para concluir en un cambio de época. La transición entre un país salvaje y pastoril a uno organizado y productivo fue traumática.

El criollo sentía y percibía que su modo de vida estaba en peligro. Durante los doscientos años previos había adquirido una sin igual maestría en el manejo de equinos y vacunos, realizando trabajos temporarios y una vida trashumante.  El Estado, al tomar el control efectivo del territorio y liberar enormes extensiones de tierras para la producción, desplazaba a los caudillos locales y a la Iglesia de la tarea de ejercer la autoridad, impartir Justicia y cohesionar a la incipiente nación.

Al mismo tiempo, como una ola atravesada, llegaban barcos cargados de emigrantes desde una Europa que no la estaba pasando bien. Estos traían nuevos oficios, como la cría de lanares, el acopio, artes en agricultura, comercio en general, y formas de conchabo distintas que iban relegando al criollo que no se adaptaba a ellas. Fueron los tiempos y el ambiente que muy bien refleja la obra cumbre del escritor José Hernández; “Martín Fierro”.

En 1872 todavía restaban unos años de campaña militar (1885) para desplazar y derrotar al indígena sublevado. Pero en la medida que avanzaba el Ejército y arrinconaba en los contrafuertes cordilleranos al araucano invasor, para luego expulsarlo más allá de las cumbres, el campo se poblaba de cultivos, ganado y caseríos que se fueron convirtiendo en pueblos y luego ciudades.

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Avanzada del Ejército Argentino durante la Conquista del Desierto.

En ese contexto es que ocurrieron los hechos narrados. El Estado estaba representado en aquellos pueblos perdidos en la pampa por el Juez de Paz, que representaba la ley, el destacamento policial y la autoridad municipal, también el Ejército. En ese amparo se abrigaban los comerciantes, los oficios y los bancos, que llegaban a suplir y documentaban los acuerdos de palabra. No casualmente estos emprendedores tenían un origen europeo. Los que conocían los rudimentos de la escritura y lectura sacaban ventaja sobre los criollos, incultos por falta de escuelas. Algo que el entonces presidente Domingo F. Sarmiento se ocupaba de modificar.

El avance del Estado también hacía tambalear al cura párroco al asumir el control de los registros demográficos. Se sumaba la reciente Constitución Nacional liberal (1853) que sentaba las bases jurídicas de la nación, que entre otros aciertos, separaba el Estado de la religión, algo que fue interpretado como una victoria de la masonería internacional.

En este contexto histórico, un curandero de discurso mesiánico y xenófobo que reunía pequeñas multitudes representaba un peligro para la incipiente organización del Estado. El cambio de época también obligaba a pagar las deudas contraídas. Quizás algo de ello también ocurrió con la matanza en lo del vasco Chapar, justamente el acreedor mayor de la zona, tanto de estancieros como de criollos y otros. ¿Por qué luego de matar a toda la familia y saquear el lugar, los atacantes rompieron el cuaderno donde se asentaban prolijamente las deudas? No lo sabemos.

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