“La casa de los leones”: La fascinante y trágica historia de una mansión en Buenos Aires
- Walter Raymond, ex guía de Argentina
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“La Casa de los Leones” se inscribe entre las historias urbanas que se sitúan entre la realidad y la fábula. La mansión, más precisamente debe denominársele “Palacio Díaz Vélez”, es un edificio de neto estilo arquitectónico francés Beaux Arts. Fue adquirido por Eustoquio Díaz Vélez, hombre de gustos refinados y gran fortuna, para residencia familiar en el siglo XIX.
La mansión con tan trágica historia aún se mantiene erguida al 110 de la Avenida Montes de Oca, en el barrio de Constitución, muy cerca del coqueto barrio Puerto Madero, en Buenos Aires.
De acuerdo a lo recopilado por la docente Mabel Alicia Crego, inicialmente, “la mansión fue un edificio de una sola planta, aunque imponente, cuyo blanco frente estaba sostenido por seis columnas clásicas rodeadas por unas ventanas en voladizo, que asomaban hacia el exterior del conjunto. Toda la residencia estaba circundada por un esmerado parque”.
Como la mansión estaba, en ese tiempo, muy alejada del centro de la ciudad, para evitar que merodeadores o delincuentes ingresaran a la propiedad, Eustoquio, hizo traer de África dos leones, los cuales deambulaban por los jardines durante las noches. En el día eran encerrados en grandes jaulas situadas en los sótanos de la casona. Cuando había eventos nocturnos en la mansión, los leones quedaban en encerrados, para que no ocurriera ningún accidente, describe la docente Mabel Alicia Crego, que es, además, quien refleja más fielmente la historia que desarrollamos.
Una de las hijas de Díaz Vélez se enamoró del joven Juan Aristóbulo Pittamiglio, que también pertenecía a una familia de estancieros. El día del compromiso, tal como se estilaba en épocas pasadas, hubo una gran fiesta nocturna en la mansión. Los leones fueron encerrados en sus jaulas y todo transcurría con normalidad.
Sin embargo, quizás por un error humano, no se sabe qué ocurrió, concretamente, uno de los leones escapó y se escabulló entre los arbustos. El ruido de tantas personas conversando, la música de la orquesta, luces y movimientos, alteró al león que salió de su escondrijo espantando a los invitados. Tengamos presente que muchos de ellos nunca habían visto un animal de esas características en las costas del Río de la Plata.
El león se abalanzó sobre el novio ante el griterío general. Al tiempo que luchaba por su vida bajo las garras y dientes del animal, Don Eustoquio tomó una de sus armas de caza y disparó desde una ventana. El animal murió, y por el novio ya nada pudieron hacer.
Tristeza no tiene fin
La familia del novio culpó a don Eustaquio por su muerte, ya que él era la única persona en Buenos Aires que tenía en su casa animales salvajes. Su hija también le habría culpado de su desdicha. Días después, la joven se quitó la vida con una cápsula de cianuro. Las muertes pegaron muy profundamente en el ánimo de Don Eustoquio. Dejó de visitar sus propiedades y se encerró en su cuarto de la mansión víctima de la depresión.
Aquí divergen los testimonios. Unos afirman que por su pasión por los leones, Eustoquio encargó estatuas de estos animales que distribuyó en su residencia. Otros, que debido a varias apariciones fantasmales de su hija y novio, alguien le habría sugerido encargar estatuas de leones para que, de la misma manera que los leones vivos se habían llevado las vidas de Juan Pittamiglio y su hija, también estas imágenes se llevaran las almas de aquellos sufrientes.
Lo que genera perplejidad, es que una de las estatuas, es la de un león atacando a un hombre que lucha contra las fauces del animal.
Lo que sigue es una de las versiones sobre la historia, reflejada por el periodista Mario Markic:
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