Fraude electoral en Argentina: Historiadores recogen relatos de un sistema corrupto

El fraude nació junto al sistema electoral argentino, al menos así lo describe la literatura costumbrista y los historiadores.

Guía de: Argentina

 

Foto gentileza La Gaceta de Tucumán.

Urnas quemadas, robadas o escondidas. Maniobras fraudulentas, compras de votos, presiones a votantes y/o autoridades (incluso a punta de cuchillo o revólver) y doctores bien vestidos de encendidos discursos y fortunas poco claras, no son hechos nuevos en Argentina. Corresponden a una cierta y tradicional “cultura electoral” del país. Desde el inicio de la instauración del sistema electoral para elegir gobernantes se falsea la voluntad de los votantes. Las trampas, delitos y hechos violentos, incluso algunos que aumentaron la población de cementerios, han formado parte de esa tradición tan argentina de burlar las leyes en beneficio particular o sectorial.

Juan Moreira not dead

Quizás muchos recuerden la leyenda del gaucho Juan Moreira, inmortalizado por el cineasta Leonardo Favio en Juan Moreira (1973). Un hombre común, que por una serie infortunios e injusticias terminó como matón al servicio de Adolfo Alsina, un importante político de mediados del siglo XIX en la provincia de Buenos Aires. En la película se vislumbra algo de los comicios tramposos de la época. Es evidente que en el siglo XXI se han multiplicado los “Juan Moreira”, personas comunes a los que la vida no les deja más opciones que vender su voto al mejor postor o cometer todo tipo de tropelías electorales.

“Los días de elecciones los gobernantes de turno hacían valer las libretas de los muertos, compraban votos, quemaban urnas, y falsificaban padrones. Así demostraba la clase dominante su desprecio por la democracia real y su concepción de que eran los únicos con derecho a gobernar un país al que consideraban una propiedad privada, como una extensión de sus estancias”, así describe el historiador Felipe Pigna el sistema imperante en aquellos años, ¿difiere a lo visto en las elecciones a gobernador de Tucumán en el siglo XXI?

La literatura costumbrista argentina también ha reflejado con nitidez esa “cultura del fraude”. Por ejemplo, Roberto Payró, en “Pago chico” (1908), describió con ironía las diversas modalidades de fraude y el “manejo” a discreción de los resultados electorales. “…En el comicio reinaba, pues, la calma más absoluta, y los pocos votantes que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia eran recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las tres mesas para que depositaran su voto de acuerdo con las boletas impresas que él mismo daba al llegar al atrio. Los votantes, una vez cumplido su deber cívico, se retiraban nuevamente al comité para cambiar de aspecto lo mejor posible (el disfraz solía consistir en cambiar el pañuelo que llevaban al cuello, nada más) y volver diez minutos más tarde a votar otra vez como si fueron otros ciudadanos en procura de genuina representación”.

Captura de pantalla de la película Juan Moreira de Leonardo Favio. En la escena se aprecia la modalidad de “voto cantado”.

Más tarde, en las “Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira” (1910) se dedicó a contar la historia de un provinciano haciendo carrera política en base a engaños y traiciones. Cabe tener presente, que en ese entonces, aún se estilaba alternar elecciones amañadas con alguna que otra revolución o sublevación. La política era cosa de “doctores” y caudillos, la gente se limitaba a trabajar y vivir como podía bajo riesgo que si no lo hacía se le apareciera algún “Moreira” a la vuelta de la esquina.La Ley Saénz Peña, sancionada en 1912 y base de la actual legislación en la materia, intentó limitar el manejo clientelista y tramposo de las elecciones. Logró que cambiaran los métodos pero no las mañas ya que la alternancia de fraudes electorales y revoluciones continuaron hasta bien avanzado el siglo XX. Al menos, nos hemos librado de las revoluciones. Creemos.

La fina relojería de los presdigitadores

La persistencia a través del tiempo del sistema corrupto le ha dado patente de “norma habitual”. Eso le ha permitido establecer un mecanismo muy aceitado de manipulación de votantes y resultados. Debe señalarse que esa especialización solo ha sido posible por el desinterés cívico, pasividad, necesidades acuciantes, analfabetismo y silencio cómplice de la población. En algunas de las provincias más atrasadas en civilidad y democracia, tal es el caso de Tucumán, las prácticas continuaron siendo similares a las del siglo XIX, con alguno que otro aditamento tecnológico pero casi iguales en la manipulación. Lo que han denunciado en Tucumán no es ni más ni menos que la “normalidad” electoral que ya lleva más de un siglo de funcionamiento. Lo novedoso, es que al parecer, la gente se habría cansado de temer a los “Moreiras” y a los “doctores” todopoderosos. ¿Será?

 

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