La terrorífica historia de “La señora” en el Metro de Buenos Aires: Relato escalofriante

Dicen que no hay que mirarla a los ojos. No lo sé, pero la han visto en los andenes del tren subterráneo a la madrugada.

Guía de: Argentina

Me decidí a contar esta historia por lo que ocurrió ayer. Un conocido, empleado en el subterráneo de la ciudad, me citó urgente para la mañana siguiente en el bar de Lacroze y Corrientes. Ese que está justo en la esquina, enfrente del cementerio de Chacarita y al lado de la entrada del Subte, tal es la manera en que conocemos al Metro en Buenos Aires. No me dijo el motivo pero repetía que era urgente. Cuando entré al bar él ya estaba esperándome. Desde lejos me señaló la silla vacía delante suyo. Se lo veía bastante serio y se me cruzó por la cabeza la idea que algo malo podría estar pasando.  Antes de sentarme, y a modo de saludo, me anunció el motivo de tanta urgencia y misterio:

- Volvió a ocurrir.

Nos miramos en silencio.

- Te lo dije, sentenció y apuró el café de un trago.

A la distancia le hice la clásica seña de dos cafés al mozo que nos miraba desde el mostrador.

- ¿Qué pasó?

- “La señora”, otra vez.

- ¿Cuándo?

- Hace unos días.

Llegaron los cafés, y mientras esperábamos que el mozo dejara el servicio y se retirara, rememoré aquella extraña circunstancia en la que conocí a don Sergio, el viejo capataz de subterráneos que ahora me miraba expectante. Hace muchos años, me habían enviado a realizar una encuesta entre los empleados de los talleres de subterráneos. El amplio espacio bajo tierra, donde estacionan y reparan las formaciones de trenes, se mete muy profundo por debajo de la plaza Los Andes hasta rozar los cimientos del cementerio. Terreno que alguna vez había sido el primer camposanto para los cientos de muertos por la epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires. Años más tarde, cuando se modificaron los límites del cementerio, los cuerpos que quedaron fuera de sus muros fueron removidos y llevados a su nuevo lugar. Con el tiempo, en ese mismo terreno baldío, se excavó y construyó el taller del subterráneos.

La primera vez que escuché mencionar a “La señora” fue a través de comentarios entre los operarios del taller. Aquellos ferroviarios curtidos de trabajar en la casi oscuridad de los túneles, soltaban de vez en cuando medio en broma y medio en serio que tuviera cuidado con “La señora”. Pregunté quien era esa misteriosa señora, pero ninguno quiso decírmelo. Deduje que posiblemente sería una especie de broma que les gastaban a los “de afuera”. Para evitar caer en ella y ser víctima de sus risas le pregunté al capataz, don Sergio. Con astucia supo esquivar durante toda la tarde el darme la respuesta. Al final, antes de irme, le insistí varias veces hasta que accedió. No quería que al día siguiente los operarios me sorprendieran con su broma. Me observó durante un instante, indeciso. Luego hizo una seña para que lo acompañara y fuimos hasta el fondo del taller. Se detuvo frente a la antigua pared de ladrillos negros que limitaba con el cementerio. Señaló hacia un punto a media altura y dijo: De ahí sale. De inmediato, empujó levemente mi hombro para salir de allí.

Mientras regresábamos contó que los muchachos solo llegaban hasta allí en grupo, o de a dos, pero nunca solos. Al principio era como una sombra, algo que pasaba cerca y daba como un frío que estremecía, me explicó. Después se fue haciendo más complicado. La noche que murió Fajardo fue espantoso, rememoró con cierta incomodidad. Estábamos tomando mate en un descanso y la vimos salir de la pared, justo en donde le señalé. Corrimos espantados ante la visión de esa mujer de mirada fiera enfundada de negro que salió de la nada y como que caminaba o flotaba hacia nosotros. Todos corrimos menos Fajardo.

Cuando nos dimos cuenta, volvimos a buscarlo pensando que se había escondido. Pero no, Fajardo estaba muerto en el suelo del taller. Infarto dijeron los médicos, pero todos supimos aquella noche que la responsable fue “La señora”. Yo lo escuchaba en silencio, sin saber si creer o si era parte de la broma. Después, con el tiempo, -continuó- nos fuimos dando cuenta que cada vez que ella aparecía alguien moría. No de los nuestros -refiriéndose a los operarios del taller- que nos acostumbramos y aprendimos a esquivarla. Sepa que el secreto es no mirarla a los ojos. Hizo una larga pausa como para que grabara en mi mente esa prevención y continuó: Sus víctimas eran los indigentes y vagos que dormían allá arriba, concluyó señalando hacia el techo. Sobre ese techo estaba la plaza con juegos infantiles.  No dije nada, pero recordé que alguna vez había escuchado en las noticias sobre la muerte de indigentes que morían de frío o intoxicación en esa plaza.

- ¿Qué querés que haga?, pregunté.

- Contalo.

- Pero ahora no estoy escribiendo para medios locales…

- Tenes que ayudar. Ayer la vieron a la madrugada cerca de los andenes…

- ¿Vos decís donde la gente espera el tren?

Asintió con la cabeza. – Es por eso mismo.

- Que no la miren a los ojos, ¿eso querés que diga?

- Vos sabrás como contarlo. Pero no demores en hacerlo, por favor.

 

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