La trágica historia del amor prohibido que le valió la vida a Lady Di

La vida de Lady Di tuvo los ingredientes de las grandes vidas: amor, engaños, romance desafiante y tragedia.

Guía de: Celebridades

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El chofer Henry Paul miró por el retrovisor. Esos malditos de la prensa, atrás, otra vez. Cuándo dejarían en paz a Diana. Todo estaba planeado. En Hotel Ritz tenían la estrategia dispuesta, verdaderos operativos para evitar los flashes intrusos: Lady Di y su pareja iban al departamento de él. Faltaban pocos kilómetros. Henry cometió un error: aceleró.

* * *

Diana pertenecía a la aristocracia; allí había nacido. Pero se crió en escuelas regulares y ese detalle la formó. Así, como la mala estudiante que fue, conoció al Príncipe Carlos. Ella tenía apenas diecisiete años y desde el vamos conformaron esas parejas que los ancianos huelen: eso no funciona. Se casaron en 1981 y para finales de década las cosas ya se hallaban torcidas. Razones adversas eran las que sobraban. Pero una sobresalía: el hombre estaba enamorado de su mejor amiga, Camilla Parker Bowles.

Para ese tiempo Diana ya era Lady Di, la princesa que amaban los humildes de su pueblo. Sus causas benéficas la alzaban en popularidad en la misma proporción que enfurecían a la Casa Real. Hubo más: la princesa pasó por todas. Eran los 80s y se imaginan: los 80s no combinaron con la conservadora realeza. La bulimia y los amoríos extramatrimoniales de Diana ridiculizaron a la corona; ella tenía excusas, era joven y su cuerpo reclamaba la pasión que su príncipe no le dispensaba.

Nacieron los chicos. Y en 1996 Diana obtuvo lo más anti-conservador: el divorcio. Logró dos cosas: retener su título de Princesa de Gales y el odio eterno de la corona.

Madre e Lady Di

Sus campañas filantrópicas la llevaron a los países más remotos y a los hombres más admirados. Mandela, la Madre Teresa de Calcuta, el Dalai Lama. Sus detractores miraban con recelo sus actos de bien: Diana hacía campañas en aquellos países saqueados durante décadas de salvaje colonización del propio Reino Unido. Los admiradores vieron exactamente lo contrario: una suerte de pedido de disculpas pseudooficial por tantos horrores cometidos. Al nacer 1997 y tras cada agotadora gira, Lady Di comenzó a regresar cada noche al refugio de los brazos de otro hombre. Dodi Al Fayed conquistó el corazón de la princesa. Los hijos de Diana y Carlos crecían y, para la realeza, aquella relación ya fue demasiado

Dodi también era millonario, pero de otra estirpe. Lo suyo no venía por los títulos, sino por el dinero. Heredero de las riquezas burguesas, la relación resultaba la analogía: la burguesía fue la clase social que desbancó a las viejas coronas. Billetera mató sangre azul. Y encima ya corrían rumores de embarazo. Su padre Mohammed tenía miedo, el viejo presentimiento de zorro viejo, que sabe más por viejo que por diablo.

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Y así llegó la madrugada del 31 de agosto. Henry enfiló a toda velocidad hacia el Túnel del Alma. Unos metros más y los paparazzis eran historia. El Mercedes pasó la primera, la segunda columna, pero no eludió la tercera. El golpe fue atroz. Un frío insólito se apropió del verano parisino. A kilómetros de allí, millones de ingleses soñaron la peor pesadilla; algo sucedería del otro lado del Canal de la Mancha, algo terrible. Se enteraron al amanecer, el peor desayuno. El presagio era realidad: Lady Di estaba muerta.

Al comprobarse que chofer, princesa y su hijo estaban muertos, Al Fayed Padre denunció asesinato, pero las investigaciones posteriores dieron por tierra las teorías conspirativas. Por otro lado: ¿hay alguna chance de que no hubiera sido así? Diana se convirtió en mito: detrás quedaron sus caminatas por los campos minados, el Premio Nobel tardío, el amor popular, el desprecio de las mujeres de clase alta, la mirada oscura de la Reina. Los formales culparon a la tragedia; los románticos lloraron por ese amor inoportuno. Los amores suelen ser eso: inoportunos. Por ellos es que vale rebelarse a todo.

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