El día a día en Caracas tras las bombas: Miedo, rutina y cautela post caída de Maduro
“¿Escuchaste eso?”, le dijo Patricia —quien pidió ocultar su identidad— a su hermano. Él, asombrado y visiblemente asustado, respondió: “Parece el sonido de una bomba”. A los pocos minutos se enteraron, a través de redes sociales —ya que los medios de comunicación en Venezuela no pueden transmitir libremente la situación—, que Estados Unidos había atacado Caracas. Un hecho histórico y sin precedentes que marcaba el inicio del colapso del régimen de Nicolás Maduro.
“Irreal”, “parece una película de acción”, “nunca pensé estar viva para presenciar la caída de Nicolás Maduro”, “toda una vida esperando que esto pasara”. Estas son algunas de las frases que comenzaron a circular entre venezolanos tras la captura del mandatario. Un acontecimiento inédito que, para muchos, representa el inicio del fin del chavismo. Sin embargo, expertos advierten que el escenario sigue siendo complejo y que los pasos por venir definirán el futuro del país. Pero más allá del análisis político, surge una pregunta clave: ¿cómo se vive este momento desde la cotidianidad venezolana?
“Estaba realmente asustado”
Fernando, dedicado a la preparación de modelos, comenzó el viernes 2 de enero como cualquier otro día, sin alteraciones en su rutina. No obstante, durante la madrugada del sábado 3, cerca de las dos de la mañana, comenzaron los bombardeos en puntos estratégicos de la capital. “Al escuchar ese sonido me desperté. Nunca en mi vida había escuchado algo así. Me vestí de inmediato y empecé a leer qué estaba pasando. Estaba realmente asustado”, relata. Desde su vivienda pudo observar las explosiones y registró algunos videos que luego compartió con Emol Social Facts.
“Empecé a llorar, pensé que iba a morir. Nadie entendía qué estaba pasando. Hoy —lunes 5 de enero— estoy un poco más calmado, pero igual tengo que seguir trabajando. No puedo quedarme encerrado en mi casa”, comenta.
Durante el sábado y domingo posteriores a la intervención militar, el comercio permaneció prácticamente paralizado. Solo supermercados y farmacias funcionaron de manera limitada, con rejas abajo y largas filas de personas. “Salí a buscar comida para estar preparada ante cualquier eventualidad”, comenta Vanesa.
Este lunes, sin embargo, el panorama comenzó a cambiar. Vanesa, quien trabaja en publicidad, señala que “hoy la gran mayoría salió a trabajar”. Al momento de la entrevista, se preparaba para ir al banco a realizar trámites. “Tengo que salir a visitar a mis clientes y seguir con la programación habitual. Si no lo hago, no tengo cómo continuar. Venezuela no aguanta una paralización”, explica.
Según su relato, en las calles de Caracas se respira tensión e incertidumbre, pero también una resignación activa. “El venezolano sigue. Esta situación no está en mis manos, pero sé que debo continuar”. Supermercados, farmacias, restaurantes e incluso centros comerciales operaron con una relativa normalidad. “Tengo miedo de lo que pueda pasar, me asusta otro ataque y el futuro de mi país”, enfatiza.
Impacto en la población venezolana
Jaime Abedrapo, académico de la Universidad San Sebastián, exsubdirector de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) y exasesor de la Comandancia en Jefe del Ejército, explica que este tipo de tensiones internacionales impactan directamente en la vida cotidiana de la población. “Conflictos de esta magnitud afectan el acceso a alimentos, servicios básicos, transporte y empleo. Venezuela ya estaba fuertemente condicionada por bloqueos y sanciones impulsadas por Estados Unidos y países aliados”, señala.
Según el experto, este escenario empujó al régimen venezolano a alinearse con potencias como Rusia y China, sus principales acreedores, además de fortalecer vínculos estratégicos con países del bloque BRICS. “Se generó una dependencia geopolítica y económica que permitió cierto soporte, especialmente en materia energética, como la comercialización del petróleo venezolano, pese a las restricciones internacionales”, comenta.
Abedrapo añade que estas dinámicas explican, en parte, la reciente acción de Estados Unidos. “Las disputas no son solo ideológicas, sino profundamente estratégicas, ligadas al acceso a recursos naturales y a la influencia regional. Todo eso ha ido profundizando una inestabilidad que Venezuela arrastra desde la llegada de Maduro al poder, agudizada tras procesos electorales ampliamente cuestionados por la comunidad internacional”, afirma.
Respecto a la reacción ciudadana, el académico sostiene que predomina la cautela. “No hay que olvidar que más de siete millones de venezolanos han salido del país. Quienes permanecen en el territorio han aprendido a ser prudentes, principalmente por el temor a represalias. El entusiasmo por la salida de Maduro existe, pero es contenido”, indica.
Vanesa lo dice con la voz contenida y el miedo a flor de piel. “Los colectivos están en las calles”, advierte. Grupos civiles organizados, nacidos al alero del chavismo y convertidos en fuerzas de control paralelas, recorren la ciudad revisando celulares. “A cualquiera que tenga algo relacionado con lo que está pasando, o que se le ocurra celebrar, le puede ir muy mal. El silencio hoy es una forma de supervivencia”.
A juicio de Abedrapo, la población organizada se mantiene expectante, consciente de que aún no se conoce el desenlace del proceso. “Entre un 25% y 30% de la población seguiría siendo afín al chavismo. Eso implica un potencial foco de resistencia interna que, si no se gestiona adecuadamente la transición, podría derivar en conflictos, como ocurrió en otros países tras intervenciones externas”, advierte.
Finalmente, Abedrapo señala que el miedo es hoy la emoción predominante. “La ciudadanía ya se expresó en las urnas y en las calles en 2024. Hoy su capacidad de incidencia es limitada. Todo dependerá de cómo evolucione la negociación política y del rol que asuma Estados Unidos en la reconstrucción institucional y económica del país, particularmente en el control de la industria petrolera”, concluye.
Mientras tanto, en las calles de Caracas, la vida continúa entre la tensión, la esperanza silenciosa y la incertidumbre de un país que aún no sabe cómo terminará de escribirse este nuevo capítulo de su historia.
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