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De la transacción virtual al riesgo presencial: Las redes sociales y la puerta de entrada para delitos violentos

Especialistas advierten que el fenómeno evoluciona junto con la tecnología y que la prevención sigue siendo el principal desafío.

La tarde del jueves, una transacción que parecía rutinaria terminó con disparos y una huida improvisada en la comuna de Estación Central. El encuentro había sido coordinado previamente a través de redes sociales para concretar la venta de láminas del Mundial 2026, aprovechando el interés que genera el torneo. Sin embargo, lo que aparentaba ser un intercambio comercial entre particulares derivó en un robo con intimidación.

Según los antecedentes preliminares, al menos dos personas acordaron reunirse en calle Las Acacias para realizar la venta. Registros captados por vecinos muestran cómo dos desconocidos abordaron a las víctimas y, utilizando un arma de fuego, intimidaron a los vendedores para sustraer especies relacionadas con el Mundial.

Sin embargo, más allá del hecho puntual, el caso volvió a instalar preguntas sobre una modalidad delictual que se ha expandido junto con el crecimiento del comercio informal y el uso cotidiano de redes sociales y aplicaciones de mensajería: encuentros presenciales coordinados digitalmente que terminan en robos con violencia.

Delincuencia que evoluciona con la tecnología

Nicolás Martínez, investigador del Centro de Estudios en Seguridad y Crimen Organizado (CESCRO) de la Universidad San Sebastián, plantea que establecer con precisión si este tipo de delitos se ha vuelto significativamente más frecuente sigue siendo complejo, aunque sí reconoce una transformación evidente respecto de décadas anteriores.

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“Este tipo de modalidades ha aumentado si se compara con el contexto delictivo de hace 15 años, cuando el acceso a internet, a dispositivos tecnológicos y a redes de comunicación era mucho más limitado que en la actualidad”, explica.

El especialista sostiene que el análisis no debe limitarse únicamente al crecimiento de delitos coordinados por plataformas digitales, sino observar cómo estos comienzan a mezclarse con mercados informales, comercio ilegal y hechos de violencia.

Martínez señala que el avance tecnológico también ha modificado las formas de actuar del crimen organizado. En ese contexto, menciona que la Global Initiative Against Transnational Organized Crime (GI-TOC) ha identificado una evolución desde delitos tradicionalmente asociados al narcotráfico, la trata de personas o la extorsión hacia fenómenos menos visibles, como fraudes financieros, comercialización irregular de productos, delitos informáticos y nuevas formas de obtención ilícita de beneficios económicos.

En Chile, sin embargo, el escenario del crimen organizado continúa concentrándose principalmente en otras áreas. De acuerdo con el informe CESCRO sobre crimen organizado 2024, elaborado con datos de Fiscalía, aproximadamente la mitad de los delitos vinculados al crimen organizado corresponden al narcotráfico y cerca del 30% al tráfico de armas. En contraste, menos del 0,1% corresponde a ciberdelitos.

Martínez advierte que el problema no radica únicamente en la cantidad de delitos asociados al entorno digital, sino en la capacidad institucional para investigarlos cuando se combinan múltiples dimensiones del fenómeno criminal.

“Esto muestra que, si bien el sistema de justicia chileno reconoce que el fenómeno delictual está cambiando con el avance de las nuevas tecnologías, es posible que las herramientas de persecución penal aún no estén suficientemente instaladas para abordar investigaciones complejas, especialmente aquellas que combinan distintas dimensiones del delito organizado”, sostiene.

Cómo operan las bandas y cuáles son las señales de riesgo

Para Eduardo Labarca, prefecto (R) de la PDI, el aumento del uso de redes sociales y plataformas de compraventa informal ha generado nuevas oportunidades para organizaciones delictivas que utilizan mecanismos cada vez más sofisticados para captar víctimas. “El objetivo final es concretar encuentros presenciales que terminan en robos con violencia o intimidación”, explica.

Según Labarca, las modalidades más comunes comienzan con perfiles falsos o cuentas con escasa trazabilidad. A esto se suman ofertas aparentemente convenientes —muchas veces con valores fuera del mercado— y presión para cerrar rápidamente el acuerdo.

El experto identifica varias señales que pueden transformar una transacción cotidiana en una situación de alto riesgo: precios excesivamente bajos, cambios de lugar a último momento, reuniones en sectores aislados y ausencia de antecedentes verificables del comprador o vendedor.

Más que perfiles específicos, añade, existen conductas que aumentan la vulnerabilidad. “Existen conductas de riesgo, como el exceso de confianza o no verificar antecedentes básicos. Actualmente estas bandas funcionan de forma organizada: algunos captan a la víctima por redes, otros realizan vigilancia y otros ejecutan el delito”, comenta. Ese funcionamiento coordinado permite que delitos aparentemente improvisados respondan, en realidad, a esquemas previamente planificados.

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