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Geografía del delito: ¿Por qué algunos barrios se transforman en espacios atractivos para el crimen organizado?

Expertos advierten que estas estructuras buscan zonas con alta circulación, comercio, vida nocturna y uso intensivo de efectivo para instalar economías ilícitas y ejercer control territorial.

La reciente operación policial contra estructuras vinculadas al Tren de Aragua que operaban en el sector de Bellavista abrió una discusión más amplia sobre el comportamiento territorial del crimen organizado y las razones por las que ciertos barrios terminan convirtiéndose en espacios especialmente atractivos para estas redes. Lejos de instalarse únicamente en sectores aislados o con altos niveles de vulnerabilidad, especialistas sostienen que las organizaciones criminales actuales buscan territorios activos, con movimiento económico, alta circulación de personas y oportunidades para mezclar actividades legales con economías ilícitas.

Para Pablo Zeballos, consultor e investigador en crimen organizado con experiencia como oficial de Carabineros, uno de los primeros errores es entender al Tren de Aragua bajo categorías tradicionales. “Lo primero es señalar que, a partir de nuestras investigaciones, el Tren de Aragua no debe entenderse como una organización criminal tradicional, vertical y homogénea, sino como un complejo criminal hiperconectado, compuesto por facciones propias, franquicias de marca, imitadores, redes asociadas y grupos afines. Es una verdadera galaxia criminal”, explica.

Desde esa perspectiva, el fenómeno excede la idea de una sola banda y obliga a observar modelos criminales que operan bajo una misma lógica, nombre o influencia.

La lógica territorial: Dónde y por qué se instalan

Uno de los puntos que destacan los expertos es que estas organizaciones no eligen sus zonas de operación de manera aleatoria. Zeballos sostiene que los grupos asociados al crimen organizado buscan territorios donde confluyen variables específicas: Alta circulación de personas, actividad económica intensa, vida nocturna, uso frecuente de efectivo, anonimato urbano y capacidades limitadas de control permanente.

barrios delitos

Imagen referencial

“Muchas veces buscan espacios dinámicos, con comercio, entretención, movilidad y alta circulación, porque allí el delito puede mezclarse con la actividad normal de la ciudad. Esa mezcla entre economía formal, informal e ilegal es una de las claves para entender la geografía actual del crimen organizado”, señala.

Nicolás Martínez, investigador del Centro de Estudios en Seguridad y Crimen Organizado (CESCRO) de la Universidad San Sebastián, explica que el fenómeno debe analizarse considerando cómo operan los mercados criminales. “Lo primero que se debe entender es la diferencia entre delincuencia común y crimen organizado”, plantea.

Según el investigador, gran parte de la literatura especializada coincide con los criterios definidos por la Convención de Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional: Grupos de tres o más personas, con permanencia en el tiempo, actuación coordinada y orientación al beneficio económico. “La clave no está solo en la comisión de un delito, sino en la permanencia de la organización y la orientación económica de esa actividad”, sostiene.

Martínez agrega que, en América Latina, estas estructuras participan de mercados criminales complejos que pueden incluir narcotráfico, extorsión, trata de personas, explotación sexual, secuestro, sicariato, contrabando, tráfico de armas, delitos ambientales o lavado de activos.Una de las transformaciones que observan los especialistas es que el control territorial ya no necesariamente implica presencia física permanente o dominio visible del espacio. Zeballos advierte que hoy muchas organizaciones ejercen control mediante amenazas, extorsión, intimidación selectiva, protección ilegal, cobros a locatarios, control de accesos y uso estratégico de la violencia. “A veces basta una amenaza creíble para que un comerciante, un productor de eventos, un trabajador o un vecino entienda quién manda en la práctica”, afirma.

Además, advierte que el problema no está en la actividad económica o la vida nocturna en sí mismas, sino cuando actores criminales logran capturar parte de esa dinámica y establecer reglas propias dentro del territorio. “El crimen organizado no solo necesita territorios; necesita protección, información, omisiones, permisos, advertencias o zonas grises institucionales”, explica.

En esa misma línea, Martínez explica que la captura territorial suele desarrollarse gradualmente. “Primero aparecen actividades ilegales dispersas, luego formas de intimidación, después mecanismos de cobro o protección informal y finalmente una capacidad de influencia sobre comerciantes, residentes, trabajadores o usuarios del barrio”.

Delincuencia común versus crimen organizado

Aunque ambos fenómenos pueden coexistir, los especialistas coinciden en que existen diferencias importantes. Zeballos sostiene que la delincuencia común suele responder a hechos episódicos y oportunidades inmediatas, mientras que el crimen organizado desarrolla estructuras estables.

“Tiene roles, jerarquías o células, capacidad de corrupción, uso estratégico de la violencia, reinversión de ganancias, redes logísticas y vocación de permanencia. No busca solo cometer delitos; busca administrar economías ilegales”, precisa el experto.

Sin embargo, advierte que ambos mundos no funcionan completamente separados. “El crimen organizado opera en una atmósfera donde la delincuencia común o comunitaria puede ser absolutamente funcional a sus objetivos”. Por eso, señala que el análisis debe desplazarse desde bandas individuales hacia ecosistemas criminales.

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