Violencia escolar en Chile: Apuñalamientos y agresiones marcan puntos críticos en las comunidades
- Andrea Cova Moore, equipo de Facts
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Un estudiante de 13 años resultó herido tras ser apuñalado por un compañero al interior de la Escuela Básica Jaime Gómez García, en la comuna de Lo Prado. El hecho ocurrió luego de que personal de la 44.ª Comisaría de Lo Prado acudiera al establecimiento tras un llamado que alertaba sobre la presencia de un menor lesionado con arma blanca.
De acuerdo con la información policial, el agresor —un alumno de 12 años— atacó con un cuchillo de cocina a su compañero, propinándole dos puñaladas en la espalda. El menor herido fue trasladado al Hospital Félix Bulnes, donde quedó fuera de riesgo vital. Según los antecedentes, el atacante señaló haber sido víctima de amenazas previas por parte del estudiante afectado.
Este episodio se suma a otros casos recientes, como apuñalamientos entre estudiantes en Renca y otros sectores de la Región Metropolitana, incluyendo menores de apenas 7 años. Lejos de tratarse de situaciones aisladas, estos hechos reflejan un aumento sostenido de la violencia en espacios educativos, donde el uso de armas y las agresiones físicas graves comienzan a aparecer con mayor frecuencia.
Cifras que alertan
El fenómeno no solo se expresa en casos extremos. Durante 2025 se registraron 125 denuncias por agresiones de estudiantes contra docentes, lo que representa la cifra más alta desde 2017 y un aumento de 39,39% en comparación con 2024. A esto se suman 121 denuncias por agresiones de apoderados contra funcionarios, además de conflictos crecientes entre el propio personal educativo.
La expansión territorial del problema también es significativa: 15 de las 16 regiones del país han reportado este tipo de situaciones, con la Región Metropolitana concentrando la mayor cantidad de casos.
En paralelo, las denuncias por convivencia escolar han mostrado un alza sostenida. Entre 2019 y 2023 aumentaron un 38%, y en 2025 registraron un incremento adicional de 25%. A ello se suma un elemento especialmente preocupante: El crecimiento de episodios que involucran armas dentro de establecimientos educacionales.
Un fenómeno multicausal
Jonathan Martínez Líbano, director del Magíster de Educación Emocional y Convivencia Escolar de la Universidad Andrés Bello, explica que el aumento de la violencia en contextos escolares responde a múltiples factores que se han ido acumulando en el tiempo.
“El aumento de la violencia en contextos escolares responde a un fenómeno multicausal. Desde una perspectiva psicopatológica, se observa un incremento sostenido de dificultades en la regulación emocional, impulsividad y baja tolerancia a la frustración en niños y adolescentes. Esto se vincula con trayectorias de desarrollo marcadas por estrés crónico, experiencias adversas tempranas y contextos familiares o comunitarios con alta exposición a violencia”, señala.
El experto agrega que la escuela ha debido asumir un rol más amplio del que tradicionalmente tenía. “A nivel sistémico, la escuela ha debido absorber demandas socioemocionales para las cuales no siempre está preparada, transformándose en un espacio de contención más que exclusivamente educativo. Además, la debilitación de normas compartidas, el deterioro del clima escolar y la pérdida de autoridad pedagógica han contribuido a un escenario donde la violencia emerge como forma de resolución de conflictos”, afirma.
El impacto de la pandemia y el entorno digital
Uno de los puntos de inflexión más relevantes en esta problemática fue la pandemia. La interrupción de la vida escolar presencial tuvo efectos profundos en el desarrollo de habilidades sociales y emocionales. Martínez Líbano sostiene que “la pandemia actuó como un estresor masivo que interrumpió procesos clave del desarrollo socioemocional, particularmente en etapas críticas. El aislamiento social, la pérdida de rutinas y el aumento de la incertidumbre generaron un impacto significativo en la salud mental, evidenciado en mayores niveles de ansiedad, depresión e irritabilidad”.
A esto se suma la exposición constante a entornos digitales: “Muchos estudiantes han estado en contacto constante con contenidos violentos, dinámicas de ciberacoso y modelos de interacción desregulados. Este contexto favorece procesos de desensibilización frente a la violencia y normalización de conductas agresivas”, añade.
En la misma línea, Paulina Guzmán, directora del Laboratorio de Investigación e Innovación Docente de la Universidad San Sebastián, advierte que la violencia más grave no surge de forma espontánea, sino que se construye progresivamente. “No estamos frente a hechos aislados, sino ante la convergencia de múltiples factores que se han ido acumulando en el tiempo. Por un lado, hay un aumento de la conflictividad social más amplia, que inevitablemente ingresa a la escuela. Por otro, observamos un deterioro en los climas escolares, donde se han debilitado normas compartidas, el sentido de pertenencia y los vínculos entre estudiantes y adultos”, explica.
La académica enfatiza que las formas más extremas de violencia tienen antecedentes en dinámicas cotidianas. “La violencia más grave no aparece de un día para otro. Se construye sobre una base donde previamente ya se han normalizado formas de agresión más cotidianas, como la violencia verbal, la burla o la humillación”, sostiene.
Un sistema bajo presión
Pese a que en los últimos años se han implementado políticas de convivencia escolar y programas de apoyo, los expertos coinciden en que aún existe una brecha importante entre las normas y su aplicación efectiva.
“En términos generales, el sistema educativo chileno presenta avances en la incorporación de políticas de convivencia escolar y salud mental; sin embargo, aún existe una brecha significativa entre el diseño normativo y la capacidad real de implementación. Muchos establecimientos carecen de equipos especializados suficientes, formación docente en salud mental y protocolos efectivos de intervención en crisis”, advierte Martínez Líbano.
Según el académico, la respuesta sigue siendo mayoritariamente reactiva, más que que preventiva, “centrada en la gestión del incidente más que en la promoción sistemática de habilidades socioemocionales”, indica.
Guzmán coincide en este diagnóstico y agrega que las escuelas enfrentan una sobrecarga creciente. “Hoy, en muchos casos, las escuelas están respondiendo a la urgencia más que trabajando en las causas. Además, hay una sobrecarga importante ya que se le ha pedido a la escuela que aborde problemas que son sociales, familiares y de salud mental, sin siempre contar con los recursos necesarios para hacerlo”, afirma.
El Dr. Paulo Volante, jefe de comunicación e incidencia CELITED y académico de la Facultad Educación UC, comenta que el sistema escolar difícilmente puede resolver fracturas de la sociedad, que se expresan en múltiples dimensiones. “La escuela está en permanente interacción con el entorno, y para neutralizar anomalías como delincuencia, violencia o falta de civilidad en los adultos, necesita de ese contacto psicológico con familias y la confianza de parte de las autoridades políticas y la institucionalidad escolar.”
Corresponsabilidad y desafíos
El abordaje de la violencia escolar requiere la participación de múltiples actores. No se trata únicamente de un problema educativo, sino de un fenómeno social más amplio. Martínez Líbano plantea que “el abordaje debe ser necesariamente intersectorial. Las familias cumplen un rol fundamental en la socialización emocional temprana, el establecimiento de límites y la supervisión del uso de tecnologías. El Estado, por su parte, debe fortalecer las políticas públicas en salud mental infantil y adolescente”.
En esa misma línea, Guzmán enfatiza el rol de las familias como primer espacio de aprendizaje. “La prevención de la violencia es una tarea compartida, pero es importante decir con claridad que las familias son los primeros educadores. No solo en términos de normas, sino en algo aún más profundo, que es el acompañamiento en los procesos socioemocionales”, señala.
La académica también advierte sobre el desafío que implica el entorno digital. “Hoy el rol de las familias también implica un desafío adicional: acompañar activamente la experiencia digital de sus hijos. No se trata solo de controlar, sino de estar presentes, conversar, orientar y ayudar a interpretar lo que ven y viven en esos espacios”, explica.
¿Crisis estructural o transformación?
El aumento de la violencia en los colegios ha llevado a cuestionar si el sistema educativo enfrenta una crisis estructural. Para los expertos, el fenómeno responde más bien a un cambio profundo en el rol de la escuela. “Más que una crisis puntual, estamos frente a una transformación estructural del rol de la escuela. El espacio escolar ha dejado de ser únicamente un lugar de transmisión de conocimientos para convertirse en un entorno central de contención emocional, desarrollo socioafectivo y gestión de riesgos psicosociales”, concluye Martínez Líbano.
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