Leibniz y sus argumentos filosóficos sobre la existencia de Dios: La visión del “último genio universal”
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- Héctor Fuentes
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El filósofo, matemático, lógico, teólogo, jurista y político alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) es considerado el “último genio universal”. Comenzó a escribir versos en latín cuando tenía sólo seis años y, ya en su vida adulta, desarrollaría importantes contribuciones al estudio de la matemáticas: el estudio de cálculo infinitesimal, el sistema de números binario y el cálculo diferencial e integral, siendo considerado también, en el campo de la filosofía, junto a René Descartes y Baruch Spinoza como uno de los tres grandes representantes del racionalismo.
Leibniz también es conocido por ser uno de los más destacados representantes de la teodicea, disciplina filosófica que puede definirse como el conocimiento racional de Dios. Según Leibniz, la teodicea “es la ciencia de Dios obtenida por la luz natural de la razón; o más explícitamente: la ciencia por la cual Dios, en cuanto causa del ser, es conocido por la luz natural de la razón.”
“Dios es ser por sí, él mismo es su razón de ser; es el ser perfecto, no solamente como un acabado en cierto orden, sino el ser sin limites desde cualquier punto de vista; el absoluto, en el sentido más fuerte del término, plenamente libre de toda condición y de todo vínculo, con aquella total independencia que garantiza la plena libertad de su acto creador….Para crear el mundo, Dios se basó en el principio de razón suficiente… La causa suprema del universo es Dios. Y Dios crea libremente.”, escribió Leibniz.
En su obra “Monadología”, escrita en francés en 1714 y publicada en alemán en 1720, Leibniz afirmó que “Dios es absolutamente perfecto… De ello se desprende también que los seres creados derivan su perfección de la influencia de Dios, pero que sus imperfecciones provienen de su propia naturaleza, que es incapaz de ser sin límites. Porque es en esto que se diferencian de Dios”.
Leibniz postularía el siguiente argumento ontológico para probar la existencia de Dios: si el Ser Perfectísimo (Dios) es posible, existe, porque en la posibilidad real de un ente deben estar incluidas todas las características que lo definen. Y una de las características definitorias del Ser Perfectísimo es la existencia actual, la más fundamental de las perfecciones, puesto que condiciona a todas las restantes.
Siguiendo el razonamiento anterior, según Leibniz, el Ser Perfectísimo es posible, porque es la suma de todas las perfecciones simples y positivas, llevadas al infinito y carentes por tanto de todo no ser. De ese modo, en él no puede haber ninguna oposición contradictoria. Luego, el Ser Perfectísimo (Dios) existe.
Otro argumento de la filosofía leibniziana acerca de la existencia de Dios es la prueba modal, contenida en el siguiente enunciado de Leibniz: “En tanto que Dios no existiese, nada existiría, o lo que es lo mismo, ningún ser sería posible… si el Ser necesario no es posible, entonces ninguna existencia es posible, si el Ser necesario es posible, entonces existe; por tanto, si el ser necesario no existe, entonces nada existe. Pero algo existe, luego el ser necesario (Dios) existe”.
Leibniz agrega que “donde no puede haber contradicción, no puede haber imposibilidad. Pero en la idea de Dios, entendida como conjunto de las perfecciones simples y positivas en grado infinito, no puede haber contradicción, porque al carecer de todo límite, esas perfecciones carecen de toda negatividad que pueda oponerse contradictoriamente a alguna positividad. Por tanto, en la idea de Dios no puede haber imposibilidad alguna, es decir, Dios es posible.”
Leibniz, en la parte final de su obra “Discours de métaphysique” (“Discurso de Metafísica”, 1686) plasmó de forma bastante explícita su creencia en Jesucristo, destacando la forma en que éste influyó a la razón de la humanidad: “Los filósofos antiguos sabían muy poco de estas verdades importantes. Sólo Jesucristo las ha expresado Divinamente bien, y de una manera tan clara y sencilla que las mentes más apagadas han entendido. Su evangelio ha cambiado completamente la apariencia de los asuntos humanos. Éste nos ha llevado a conocer el Reino de los Cielos, o aquella república perfecta de espíritus que merece ser llamada la ciudad de Dios. Él es quien nos ha descubierto a nosotros sus maravillosas leyes”.
Lebniz concluyó finalmente que “sólo Él nos ha hecho ver lo mucho que Dios nos ama y con que cuidado todo lo que nos concierne ha sido previsto; como Dios, en la medida en que cuida de los gorriones, no descuida a los seres racionales, que son infinitamente más queridos por Él”.
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