Afirman que fantasmas del terremoto del 2010 todavía “penan” : Testimonios escalofriantes

En las islas ubicadas frente a Constitución y donde falleció un centenar de personas el 2010, se escuchan a menudo los gritos de gente pidiendo auxilio.

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El 27 de febrero del año 2010 fue una fecha que los habitantes del balneario de Constitución, en la región del Maule (al igual que miles de compatriotas de muchas localidades y ciudades aledañas), no olvidarán con facilidad. A las 3.34 de la mañana un devastador terremoto de grado 8.8 en la escala de Richter dejó a la mitad del pueblo literalmente en el suelo, con un desolador saldo de numerosos heridos y víctimas fatales.

Pero, después de ocurrido el terremoto, lo peor estaba por venir. Luego que el mar se recogiera, tras un lapso de una media hora, un violento tsunami, acompañado de un estruendo ensordecedor, embistió la localidad de Constitución, inundando cuadras enteras y echando abajo lo que todavía quedaba en pie. El mar, por cierto, también subió por la desembocadura del río Maule, cubriendo las islas Orrego y Cancún, dos terrenos arbolados ubicados en la mitad de ese torrente y donde a esa misma hora acampaban unos 200 turistas esperando el festival de la “noche veneciana”, el evento con el que Constitución solía cerrar la temporada estival. Lo que vino después fue terrible, con gritos de terror y auxilio desgarrando el ambiente, gente intentando subirse a los árboles y familias enteras abrazadas y aterradas esperando el embate mortal de las olas de 8 metros de altura. En total fallecieron en esas dos islas casi un centenar de personas.

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Al día siguiente el panorama en Constitución era desolador. Aparte de que el pueblo estaba irreconocible, los cadáveres estaban repartidos por toda la ciudad, en las calles y en la orilla del río. Según las cifras oficiales, en Constitución fallecieron unas 350 personas, de las cuales 94 correspondían a turistas que acampaban en las islas Orrego y Cancún, terrenos poblados sólo por árboles y donde, como se mencionó anteriormente, la gente acostumbra a pernoctar en carpas durante el verano (Cancún mide unos 700 por 150 metros y Orrego tiene 1,2 kilómetros por 300 metros).

Los fantasmas que dejó el maremoto

Con el correr de las semanas, luego que el pueblo comenzara de a poco a ponerse en pie, comenzaron a circular una serie de macabros rumores entre los vecinos, muchos de los cuales perdieron a hijos, hermanos, abuelos, esposas o nietos en la tragedia. Durante las noches (e incluso en algunos momentos del día), en las islas Orrego y Cancún, las mismas que casi fueron tragadas por el tsunami y que hoy lucen casi desarboladas y desiertas, testigos afirman que podían escucharse los gritos de una desesperada madre pidiendo auxilio, las voces de niños cantando, e incluso podían verse en la noche luces de las pantallas de teléfonos celulares, quizás la última acción que hicieron muchas de las víctimas antes de morir, cuando vieron con horror como se venía el mar e intentaron llamar inútilmente por teléfono pidiendo ayuda.

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Si bien hoy en el pueblo hay una especie de pacto secreto y tácito para no confirmar estos rumores, muchas de los afuerinos que llegaron al pueblo por diversos motivos presenciaron una serie de hechos sobrenaturales, como es el caso de los ingenieros y obreros que durante meses repararon el puente Cardenal Raúl Silva Henríquez, una construcción de hierro de casi un kilómetro de largo que une las riberas sur y norte del río Maule, ubicado sobre la isla Cancún y desde donde se puede ver la isla Orrego, además de la desembocadura del río Maule, donde éste se une con el mar, a unos cuatro kilómetros al oeste.

Renato Pérez, constructor civil de la empresa Besalco, relató en un reportaje publicado por la revista “Paula” que una noche, a finales del mes de abril, en el sector de la poza, una pequeña laguna ubicada en la ribera norte del río, el guardia que cuidaba el lugar y las máquinas de las faenas estaba mirando el río cuando una mujer que salió sorpresivamente de la nada le dirigió la palabra. “Esta mujer le dijo al guardia: “Señor, ¿puede ayudarme? Mi hijo está en ese pilar del puente. Abajo en el agua. Murió en el maremoto”. El guardia, muy sorprendido por su presencia, le respondió de inmediato que no podía estar en ese lugar de noche, pero que podía venir a la mañana a hablar con sus jefes para ver si podían ayudarla. Cuando le preguntó su nombre, y ella le contestó “María”, el guardia sacó un lápiz para anotarlo, pero cuando miró a su alrededor para preguntarle su apellido la mujer ya no estaba. Se había hecho humo. El guardia quedó tan impresionado y asustado que renunció a la mañana siguiente. Lo inquietante es que por la misma época la Armada había encontrado el cuerpo de un niño de 11 años, envuelto en un pedazo de carpa, precisamente en el mismo pilar del puente que la mujer le había señalado al guardia”.

El mismo ingeniero Renato Pérez recuerda que el 20 de abril fue a la isla Cancún a hacer un reconocimiento del lugar, junto a unos cinco trabajadores. Cuando se fue a un costado del lugar asegura que escuchó claramente la voz de un niño que le dijo “Hola”. A los pocos segundos, la misma voz infantil le dijo de nuevo “Hola, caballero”. Cuando el profesional se volvió a ver quien lo llamaba, quedó helado de espanto. No había nadie a su alrededor. “No había manera de que un niño estuviera ese día en la isla, así que preferí no comentarle lo sucedido a nadie por temor a que se burlaran de mí. Recuerdo, en todo caso, que este incidente sucedió la misma noche en que el guardia vio esfumarse a la mujer”.

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Pérez agregó que en las semanas siguientes comenzaron a suceder otras cosas extrañas en las cabañas donde se alojaban él y sus compañeros de faenas. “Se apagaban las luces y las sillas se movían. El calefón del baño hacía un ruido de explosión, una y otra vez, aunque no se encendía. Parecía como si alguien quisiera comunicarse. Y todos los que estábamos allí escuchamos lo mismo. “Es la señora María”, bromeaban algunos”.

La familia fantasma del puente

Mario Pizarro, ingeniero en prevención de riesgos, relató en la misma publicación que llegó en el mes de junio del 2010 a Constitución. Un día pasó por el puente en auto junto a Rodolfo Letelier, el ingeniero jefe de toda la obra de reparación. Cuando iban a bordo del vehículo, vieron a una pareja en la mitad del puente, apoyada en la baranda, mirando hacia el mar. Estaban abrazados, dándoles las espaldas. Sin embargo, lo que realmente les llamó la atención fue la presencia de dos niños que estaban jugando, tomados de las manos, girando como en una ronda.

“Nos molestamos mucho con lo que vimos porque era una negligencia imperdonable que esa gente estuviera allí, pues el acceso estaba totalmente controlado y restringido, y ningún peatón podía pasar por razones obvias de seguridad. Nos extrañó sobretodo que el guardia hubiera dejado pasar a dos niños. Cuando llegamos al lado norte del puente le preguntamos de inmediato al guardia por qué había dejado pasar a esas personas, pero él, muy sorprendido, nos dijo que no había visto a nadie. Entonces llamamos al otro guardia que cuidaba el otro extremo del puente, pero él también nos aseguró que no había dejado pasar a nadie. Muy extrañados, les pedimos a los dos guardias que avanzaran a la mitad del puente para ver a estas personas, pero no encontraron rastros de nadie. Definitivamente, nadie había entrado ni salido por ninguno de los extremos del puente. La familia que habíamos visto en el puente había desaparecido. La única opción racional que quedaba era que se hubieran lanzado los cuatro al río. Y estamos hablando de una altura de 25 metros. Yo fui educado para entender las cosas desde la lógica, pero recuerdo que esa vez se me pusieron los pelos de punta. De puro miedo”, recuerda el ingeniero Pizarro.

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Blanca Jaque, una vecina de Constitución que vivía en el pasaje Esmeralda, recordó por su parte que dos niñas pequeñas, hijas de una de sus vecinas más queridas, también murieron en el maremoto. “Fue espantoso que murieran, pero lo terrible es que mi familia y yo las empezamos a sentir. Se escuchaban ruidos, como de que estuvieran bajando las escaleras o entrando al baño. Fue tan horrible lo que pasó esa noche que ahora vivo fuera de Constitución, lo más lejos del mar. En los días posteriores al terremoto, muchos vecinos contaron que todavía escuchaban voces en la isla Orrego, aunque ahora no quieran reconocerlo”.

Con respecto a estos insólitos fenómenos paranormales, Juan Morales, un trabajador de Constitución, opina que “es la gente que murió acá, que está pidiendo que la encuentren y le den sepultura”. Por lo pronto, en la isla Orrego, el otrora lugar de de atracción turística donde la gente tomaba botes para llegar allí y observar la “noche veneciana”, con la que el balneario de Constitución cerraba la temporada estival, luce abandonada y solitaria, pues los turistas ya no quieren ir a esa isla que ahora es sinónimo de dolor y muerte. Sólo los familiares de los fallecidos cruzan cada tanto el río Maule a dejar flores en el memorial instalado en recuerdo de las víctimas, y donde hoy se yergue una gran cruz.

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