Daniel, el famoso profeta bíblico que amansaba leones e interpretaba sueños

Es uno de los más conocidos que se mencionan en la Biblia.

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El profeta Daniel (nombre que significa “Dios es mi juez”) es uno de los más conocidos profetas que aparecen mencionados en la Biblia y, según las referencias sagradas, nació alrededor del siglo VII a.C. en el seño de una familia noble de la tribu de Judá, que caería cautiva en Babilonia tras la destrucción de Jerusalén a manos del rey Nabucodonosor.

En su juventud, Daniel se convertiría en uno de los más valiosos sirvientes de este monarca, de quien se convirtió en consejero tras interpretarle un famoso sueño y, más tarde, a causa de su fe, sería arrojado al foso de los leones, del que salió indemne, con lo cual mostró al rey Darío el verdadero poder de Yahveh, el Dios único.

El profeta Daniel, pintado por Miguel Ángel en su famosa pintura de la Capilla Sixtina.

El profeta Daniel, pintado por Miguel Ángel en su famosa pintura de la Capilla Sixtina.

En el libro bíblico que lleva su nombre se relata que Daniel, tras el cautiverio en Babilonia de la tribu de Judá, fue seleccionado junto a otros jóvenes hebreos, “bien parecidos y sin defectos físicos, capacitados en todo conocimiento, inteligentes y capaces de aprender”, para servir en el palacio del rey, hoy localizado en la zona arqueológica de Kasr, en la margen occidental del río Éufrates. Junto a sus amigos Jananias, Misael y Azarías, estos jóvenes fueron introducidos en la cultura mesopotámica, aprendiendo su lengua, su escritura y su cultura, motivo por el cual recibieron nuevos nombres en lengua acadia.

En el segundo año del reinado de Nabucodonosor, este monarca tuvo un sueño que lo dejó profundamente angustiado y que consistía en la visión de una gran estatua, brillante y de aspecto temible, cuya cabeza era de oro, sus brazos y pecho de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies de hierro mezclado con arcilla. Entonces aparecía una piedra, que no había sido cortada por manos humanas, la cual golpeaba los pies de la estatua y la desplomaba, destruyéndola en el suelo sin dejar rastro. En el epílogo del sueño, finalmente la piedra se convertía en una montaña que llenaba el mundo entero.

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El rey Nabucodonosor convocó entonces a “magos, encantadores, hechiceros y a los caldeos” para que interpretaran su sueño, pero, para asegurarse de que no lo engañaran en el momento de interpretar su visión, el monarca los puso a prueba explicándoles que existía una gran dificultad: había olvidado su propio sueño. Los magos y hechiceros le respondieron que ningún hombre podía interpretar un sueño que no podía ser recordado por el soñador, por lo que Nabucodonosor ordenó que todos fueran ajusticiados.

Daniel, que no había estado presente en ese episodio, fue también arrestado pero, al enterarse de lo sucedido, habló con Arioc, jefe de la guardia, y solicitó un plazo para poder responderle al soberano. La petición le fue concedida, por lo que Daniel y sus compañeros Ananías, Misael y Azarías, oraron a Yahveh pidiendo les revelase el misterio. Esa noche, en una visión proporcionada por Dios, le fue revelado a Daniel el sueño del monarca y, al día siguiente, el profeta se presentó en la corte relatando el críptico sueño de Nabucodonosor así como también su correspondiente interpretación.

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Según la interpretación de Daniel, la gigantesca estatua que aparecía en el sueño de Nabucodonosor representaba cuatro reinos sucesivos, comenzando con Nabucodonosor, representado por la cabeza de oro, a los que seguían un reino de plata y otro de bronce. El reino siguiente, las piernas de hierro, correspondía a un reino particularmente destructivo (como las armas de hierro), mientras que el último iba a ser un reino “dividido” fuerte como el hierro y frágil como el barro, que pretendía unirse “por simiente humana”. Durante este último reino, Dios, representado en la piedra que derrumbaba la estatua y se convertía en una montaña que llenaba el mundo entero, levantaba un reino eterno erigido sobre las ruinas de los anteriores.

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Tras escuchar el sueño y la interpretación, el rey Nabucodonosor se prosternó de rodillas ante Daniel, afirmando que el dios de Daniel (Yavhé) era “el Dios de dioses y Señor de reyes y revelador de misterios”. A continuación nombró a Daniel “gobernador sobre toda la provincia de Babilonia y jefe supremo sobre todos los sabios”, mientras que los tres compañeros del profeta también recibieron importantes cargos en la administración imperial.

Después de un tiempo Nabucodonosor volvió a tener otro sueño y nuevamente consultó a Daniel, aunque esta vez el sueño revelaba la condenación que Dios le enviaría al rey, debido a su orgullo y sus felonías, y que se cumpliría tan pronto Daniel lo interpretó, pues al poco tiempo Nabucodonosor, tal como advirtió Dios, perdió la razón y murió.

Tras el reinado de Nabucodonosor lo sucedió su heredero Belsasar, quien durante su reinado cometió el sacrilegio de emplear los cálices sagrados del altar del templo de Yavhé en Jerusalén para tomar licor en una fiesta donde se habían adorado a diversos dioses paganos. En ese momento una misteriosa escritura apareció en la pared, trazada por una mano espectral: Mene, Tequel y Uparsin, tres misteriosas palabras que ninguno de los sabios de la corte fue capaz de interpretar. Llamado Daniel a presencia del rey por sugerencia de la reina, quien recordaba su don de interpretar sueños, censuró al nuevo monarca y, sin aceptar sus promesas de dádivas y honores, descifró la escritura.

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El texto, según Daniel, anunciaba, en arameo, la inminente caída de Babilonia en manos de los persas: “Mene significa pesado. Es que Dios ha pesado sus obras y han resultado faltas de peso para recibir premios. Tequel significa medido. Dios midió sus obras y no dan la medida para recibir gloria. Uparsin significa dividido. Es que su reino será dividido y pasado a otros”.

El rey Belsasar premió a Daniel nombrándolo tercer señor del reino, pero esa misma noche, de acuerdo a la profecía escrita en la pared, la ciudad fue tomada por los persas y el monarca, asesinado.

Durante el reinado de Darío el Medo, ocurriría el famoso incidente de Daniel y el foso de los leones. Los sátrapas que gobernaban el reino urdieron un complot contra Daniel, por medio de un edicto caprichoso sugerido al rey que prohibía realizar cualquier petición, fuera a un dios o a un hombre excepto el soberano, durante 30 días. Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró a su casa y oró tres veces al día, como solía hacerlo. Los esbirros de los sátrapas, entonces, lo hallaron orando a Dios, por lo que el profeta fue acusado de violar el edicto real del rey y, por ello, condenado a muerte, siendo arrojado al foso de los leones. Sin embargo, Daniel no sufrió daño alguno, pues las fieras, aplacadas por la mano divina, se comportaron frente a él como mansas mascotas.

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A la mañana siguiente, cuando el rey Darío comprobó el portento, ordenó liberar de inmediato a Daniel y arrojar al foso de los leones a sus acusadores, quienes perecieron inmediatamente al ser brutalmente devorados por las bestias (Daniel 6:19-28).

Durante gran parte de su vida, según el libro homónimo, Daniel experimentó diversas visiones, como la famosa profecía del carnero y el macho cabrío, en la cual se le anunció la derrota y conquista de imperio medo y el imperio persa a manos de Alejandro Magno. También experimentó diversas visiones apocalípticas que anunciaban, por medio de símbolos y claves numéricas, la instauración del Reino de Dios sobre la tierra.

En el capítulo siete de Daniel, por ejemplo, se relata la visión que el profeta tuvo en donde vio cuatro bestias: Un león con alas de águila; un oso y un leopardo con alas de ave, que representaban a reyes que se levantarían en la historia de la humanidad hasta el fin del mundo. La cuarta bestia era una “espantosa y terrible criatura, extremadamente fuerte” con colmillos de hierro y diez cuernos, correspondiente a la metafórica figura del anticristo. Después de las cuatro bestias Daniel presenció la aparición de uno “semejante a un hijo de hombre” (Jesús) a quien “se le dio el dominio, la gloria y el reino, para que todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieran. Y su dominio es eterno y nunca tendrá fin, y su reino jamás será destruido”.

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Otra célebre profecía atribuida a Daniel fue la de las Setenta Semanas, que según algunos teólogos, describió con exactitud la reconstrucción de la ciudad de Jerusalén y el nacimiento y la muerte de Jesucristo. La predicción, transmitida a Daniel por medio del arcángel Gabriel, fijaba los plazos para estos eventos por medio de semanas que, según todos los comentaristas, correspondían a períodos de siete años o múltiplos de este número, como setenta años, los “siete sietes” (49 años) o los “sesenta y dos sietes” (434 años).

Acerca de la muerte de Daniel no existen testimonios bíblicos y las tradiciones posteriores no aclaran si regresó al territorio de Judea o permaneció en Mesopotamia, aunque la tradición asegura que su tumba se encuentra emplazada en algún lugar de Irán o Irak.

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