¿Existe el infierno, el aterrador lugar donde las almas sufren por sus pecados en la tierra?

La idea del infierno, un inframundo espantoso ha aterrorizado a la humanidad desde la antigüedad.

Guía de: Fenómenos Paranormales

Dentro de la teología cristiana, uno de los conceptos que desde hace siglos ha despertado más controversia es el de “infierno” (palabra que proviene del latín “Infernum”, que significa “inferior” o “subterráneo”). Este vocablo fue asimilado en un principio como sinónimo de “Gehena”, el nombre con que se aludía a un valle ubicado en las afueras de los muros de Jerusalén y donde en épocas antiguas se hacían sacrificios de niños; y con “abismo”, el lugar de prisión de los espíritus malignos y donde los pecadores encontraban la condenación eterna. La palabra “infierno”, de hecho, se menciona numerosas veces en la Biblia, si bien en algunos casos se traduce como “sepulcro”, “lugar de los muertos” o “lago de fuego y azufre”.

infierno

 

Una de las descripciones más vívidas del infierno la narró en el siglo XVII el poeta inglés John Milton en su libro “El Paraíso Perdido”, una de las obras maestras de la literatura universal, donde narra la caída de satanás y la lucha de éste con los arcángeles de Dios por el alma del hombre. Milton, refiriéndose al maligno al principio de esta obra, narra que “el soberano poder lo precipitó de cabeza, ardiendo desde la bóveda etérea, en espantosa combustión y ruina, hacia el abismo de una perdición sin fin, para que yaciera allí entre cadenas adamantinas y fuego eterno el que se había atrevido a medir su poder con el Omnipotente. Vencido quedó, rodando con su horrible turba en el abismo encendido, nueve veces el espacio que mide el día y la noche a los mortales…De un solo golpe, y tan lejos como la mirada del ángel penetra, descubre la tristísima región desierta y desolada: un calabozo horrible, por todas partes como una inmensa fragua encendida: pero aquellas llamas no proyectaban luz, sino más bien una oscuridad visible que servía únicamente para descubrir escenas de dolor, regiones de tormento; sombras tenebrosas donde la paz y el descanso nunca habitan, donde la esperanza nunca viene, la esperanza que viene a todas partes; pero un tormento eterno los persigue, y un diluvio de fuego sulfuroso que arde sin cesar, sin consumirse. Tal es el lugar que la justicia eterna había preparado para los rebeldes…Pronto descubre allí a los compañeros de su caída sepultados entre las corrientes y los torbellinos de una tempestad de fuego…”.

Infierno IV

Infierno John MIlton

lucifer, según una ilustración de Gustave Doré.

lucifer, según una ilustración de Gustave Doré.

Milton, en otra parte de su obra, se refiere a los límites del infierno y su “horrorosa bóveda”: “…sus puertas son tres veces triples, de tres hojas de bronce, tres de hierro y tres de roca adamantina, barricadas por el fuego que las envuelve, inextinguible”. El propio satanás, al contemplar su nueva morada después de caer precipitado del cielo junto a sus compañeros de perfidia y desobediencia, dice lo siguiente: “¿Es esta la región, este el suelo, el clima, exclama entonces el perdido arcángel, este el asiento que debemos cambiar por el cielo? ¿Esta lúgubre oscuridad por aquella luz celestial? Sea, desde que él, ahora soberano, puede disponer y decidir de la justicia. Mejor, mientras más distantes estemos de aquel a quien la razón hizo igual y la fuerza ha hecho superior sobre sus iguales. ¡Adiós, campos felices donde la dicha se alberga eternamente! ¡Salud, horrores, salud mundo de los condenados! ¡Y tú, profundo infierno, recibe a tu poseedor, que trae un pensamiento que ni el lugar ni el tiempo cambiarán. El espíritu es su propio asilo: él puede por sí sólo hacer del cielo infierno, del infierno cielo. ¿Qué importa pues, si aún permanezco el mismo y lo que debo ser? ¡Todo, únicamente inferior a aquel a quien el rayo ha hecho superior! Aquí al menos seremos libres: el Todopoderoso no ha creado esto para envidiarlo; no nos arrojará de aquí. Aquí reinaremos seguros y a mi juicio, reinar, es digno de ambición, aunque sea en el infierno. Mejor reinar en el infierno que obedecer en el cielo”.

La mayoría de los credos ven al infierno como un lugar de castigo y separación eterna de la presencia y gloria de Dios. El protestantismo asegura que, tras la muerte, el alma de quienes se han salvado va al cielo y la de los que no al infierno; y que el castigo del infierno es eterno y consciente, y que Dios no condena al hombre sino que tal cosa es consecuencia justa de su pecado. El judaísmo, en tanto, creía en el Sheol, una existencia sombría a la cual todos eran enviados tras la muerte, concepto que después mutó en la Gehena o Sheol-Abbadón, llamada así por este ángel del abismo que representaba el mundo de ultratumba. El Islam, finalmente, afirma que durante la vida de los hombres los ángeles escribanos, uno a cada lado (el de la derecha anota las buenas acciones, mientras el de la izquierda anota las malas) anotan las acciones de éstos, los cuales serán juzgados de acuerdo con esos libros (Según el Dr. Omar Sulaîmân Al-Ashqar, profesor de la Universidad de Jordania, “el Infierno es la morada que Alá ha preparado para aquellos que no creen en Él, aquellos que se rebelan contra Sus leyes y descreen de Sus Mensajeros. Es el castigo para Sus enemigos, una prisión para los pecadores”). El hinduismo y el budismo, finalmente, también creen en el infierno, aunque sólo como escenario transitorio en el ciclo de reencarnaciones.

La mitología greco-romana creía en el Averno, la entrada al inframundo, donde las almas de los muertos permanecían en el Hades, triste reino subterráneo al que se llegaba después de pagarle al barquero Caronte para que atravesara la oscura laguna Estigia. Las almas allí reunidas no sufrían otro tormento que el de su exilio y separación de sus seres queridos.

El poeta Dante Alighieri, autor de "La Divina Comedia".

El poeta Dante Alighieri, autor de “La Divina Comedia”.

Una de las descripciones más estremecedoras del infierno –junto con la de John Milton- la hizo el poeta italiano Dante Alighieri en su “Divina Comedia”. Dante afirmaba que el infierno era un lugar espantoso que en su entrada tenía una temible inscripción que decía: “Los que entráis aquí, perded toda esperanza”. Dante describe al infierno como un embudo o cono invertido incrustado en el centro de la tierra, dividido en 9 círculos concéntricos, donde los condenados son sometidos a distintas penas, según la gravedad de los pecados cometidos. En el primer círculo o Limbo están los que no fueron bautizados; en el segundo círculo los lujuriosos y las personas que pecan por amor utilizándolo para bien propio; en el tercer círculo los glotones, los soberbios y los envidiosos; en el cuarto, los pródigos y avaros; en el quinto, los iracundos y los perezosos; en el sexto, los herejes; en el séptimo, los violentos (ya sea que usen la violencia contra el prójimo, contra sí mismos, o contra Dios, el Arte y la Naturaleza); en el octavo, los pecadores que usaron la malicia, como los aduladores, rufianes, seductores, adivinos, magos, ladrones, malversadores y falsificadores; y, finalmente, en el noveno círculo se encuentran los traidores.

Dante en el infierno, acompañado por el poeta Virgilio, según una ilustración de Gustave Doré.

Dante en el infierno, acompañado por el poeta Virgilio, según una ilustración de Gustave Doré.

Infierno Dante

 

 

Infierno Dante IVEn el noveno círculo, el de los traidores, Dante encuentra el lugar más temible del infierno, que, contrariamente a lo que pudiera pensarse, no es un horno en llamas, sino que un lago de hielo. Allí el poeta queda sorprendido al encontrar a lucifer, cuya cabeza tiene tres rostros y que aparece con la mitad de su cuerpo fuera de la superficie glacial, masticando a Judas Iscariote como si éste fuera un juguete de plástico.

El infierno en la Biblia

La Enciclopedia Católica, publicada en 1913, explica que “la palabra latina “infernus”, las griegas “Hades” y “Gehena”, y la hebrea “sheol” corresponden a la palabra “infierno”. (…) Además de “Gehena” y “Hades”, encontramos en el Nuevo Testamento muchos otros nombres para el sufrimiento de los condenados. Es llamado el “infierno menor”, “abismo”, “lugar de los tormentos”, “lago de fuego y azufre”, “alberca de fuego”, “estufa de fuego”, “fuego inextinguible”, “fuego eterno”, “oscuridad exterior”, “niebla” o “tormenta de oscuridad”. El estado de los condenados, en tanto, es llamado “destrucción”, “perdición”, “destrucción eterna”, “corrupción”, “muerte” y “segunda muerte” “.Infierno II

 

En Mateo 13:42, Jesús se refiere claramente al infierno cuando dice que “el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen el mal…Así será el fin del mundo: vendrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno de fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.” Y en Marcos 9: 47-48 el mismo Jesús dice: “Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos a la Gehena, donde el gusano no muere y el fuego nunca se apaga”. Jesús, finalmente, en la parábola de “El Rico y Lázaro” (Lucas 16: 22-28), habla de un hombre que “está en un lugar de tormento”, mientras que en Mateo 23:32, refiriéndose a los fariseos, dice: “¡Vosotros, pues, colmad la medida de vuestros padres! ¡Serpientes, generación de víboras!, ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?”.

Lo único cierto, para los teólogos, es que todas las referencias, alusiones e imágenes que existen en la Biblia sobre el infierno concuerdan en una sola cosa. Se trata, sin duda, de un lugar espantoso y atroz, donde reina un eterno sufrimiento. En Mateo 25:41 podemos leer el siguiente fragmento: “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”, mientras que en Apocalipsis 20:10 se lee: “Y el diablo que los engañaba, fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta. Y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.” En el mismo libro de las Revelaciones (Apocalipsis 21: 8-11) puede leerse que “los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.

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El infierno es usualmente imaginado como poblado por demonios, quienes atormentan a los condenados y son gobernados por satanás, el rey del dolor y la muerte, aunque otras concepciones suelen definirlo en forma más abstracta, como un estado de pérdida más que una tortura, en un lago de fuego literalmente bajo la tierra, un estado en donde “se entra por voluntad propia”, al igual que el Paraíso, un estado al que se accede por el libre albedrío de los seres humanos. Algunos teólogos, acerca del uso del término “fuego”, explican que “no hay suficientes razones para considerar este término como una mera metáfora”. Aunque el Papa Juan Pablo II el 28 de julio de 1999, durante una catequesis que impartió ante un grupo de fieles en el Vaticano, le dio al infierno un sentido espiritual más que uno concreto y material: “Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben ser rectamente interpretadas. Ellas indican la completa frustración y vacuidad de una vida sin Dios. El infierno indica más que un lugar, la situación en la que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría. Por lo pronto, entre los estudiosos existe un consenso en creer que no es Dios quien “envía” al hombre al infierno o al purgatorio (el lugar donde las almas no sufren tormentos, pero tampoco pueden ver a Dios), sino que es el hombre mismo (por las actitudes y obras que vivió en su tiempo de existencia terrena), quien decide libremente su destino final”.

La ubicación real del infierno

Algunos autores, tomando muchos pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento en forma literal, aseguran que la misma Biblia proporciona la ubicación exacta del infierno, triste morada que estaría ubicada en el centro mismo de la tierra. Estos autores aseguran que, después de morir, la Biblia dice textualmente que “Jesús descendió a los infiernos”. Y en Mateo 12:40 el mismo Nazareno dice: “Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez; así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra”, sin mencionar que en Efesios 4:9, se dice del mismo Jesucristo: “Y eso de que subió, ¿Qué es, sino que también había descendido a las partes bajas del infierno?”.

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Caspar Peucer, un famoso médico, matemático y astrólogo alemán del siglo XVI que investigó en terreno y documentó varias erupciones volcánicas, aseguraba que en las mismas “se podían escuchar aullidos de miedo, llanto y crujir de dientes a muchas millas”. Haraldur Sigurdsson, vulcanólogo y geoquímico islandés, en su obra “De fusión en la tierra, la Historia de las Ideas sobre las erupciones volcánicas”, explicaba que muchas personas creen que a veces pueden oírse “gritos y alaridos” procedentes del interior de los volcanes. “Los ruidos terribles que salen de algunos de los volcanes se pensaba ciertamente que correspondía a los gritos de las almas atormentadas en las llamas del infierno abajo”. Según algunos, esos horrendos sonidos corresponderían a millones de almas condenadas, perdidas, atormentadas, llorando y gimiendo sin esperanza alguna. El escritor norteamericano Henry Morris, por su parte, aseguraba que “lo que podemos decir de las Santas Escrituras es que el infierno está presente, y está en algún lugar en el corazón mismo de la tierra. También se le llama “El Hoyo” y “El Abismo” “, un lugar de 100 millas de diámetro donde yacerían en la condenación las almas de cerca de “cuarenta mil millones de personas”. Los científicos, por su parte, aseguran que el centro de la tierra es un lugar supratórrido, pues la temperatura allí puede superar los 6.700 °C, es decir, es más caliente que la misma superficie del Sol.

Una visión real del infierno

Por lo pronto, una de las descripciones más espeluznantes del infierno –y que probaría su existencia, según los creyentes- la entregaron los pastorcitos portugueses Lucía dos Santos, y Jacinta y Francisco Marto, a quienes se les apareció la Virgen María en la localidad de Fátima, Portugal, en 1917. Los pequeños relataron que el viernes 13 de julio de 1917 la Virgen se les apareció y les dijo: “Oren, oren mucho porque muchas almas se van al Infierno”. A continuación la Madre de Dios extendió sus manos y en ese momento los niños vieron un gran agujero en el suelo.Pastorcitos

 

Lucía dos Santos relataría posteriormente que “vimos como un mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el incendio llevados por los llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados —semejante al caer de las chispas en los grandes incendios— sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.
Asustados, pues, y como que pidiendo socorro, levantamos la vista hacia Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza:
—“Vistéis el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que Yo os diga, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar; pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI -fallecido en 1939, año en que se inició la Segunda Guerra Mundial- comenzará otra peor”.

Algunos teólogos concluyen que esta extraordinaria visión de Fátima permite al menos concluir tres cosas: el infierno no sólo existe, sino que también es eterno y será el destino final de todas aquellas personas que mueran en estado de pecado mortal.

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