Julio César: El mito del sueño premonitorio que predijo su muerte
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- Héctor Fuentes
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Los sueños premonitorios o precognitivos son aquellos sueños que entregan información desconocida sobre el futuro, es decir, describen acontecimientos y situaciones concretas que luego se vuelven realidad. Uno de los sueños premonitorios más famosos de la historia lo protagonizó Calpurnia, noble romana del siglo I a.C. que a los 16 años de edad fue entregada como novia por su padre, Calpurnio Pisón, a Cayo Julio César, con quien se casó el año 59 a.C.

Cuenta la historia que en el amanecer del 15 de marzo del año 44 a.C Calpurnia despertó llorando tras tener un sueño premonitorio. Había visto el asesinato de su marido, Julio César, quien, tras ser apuñalado infinidad de veces, terminaba agonizando y muriendo en sus brazos.
Espantada por el vívido sueño, Calpurnia le rogó a César que no fuera al Senado ese día porque lo esperaba la muerte. César, quien por entonces era Pontífice Máximo y Dictador vitalicio de Roma, sabiendo que Calpurnia no era una mujer dada a las supersticiones, sopesó la situación, pero al final ignoró su advertencia diciendo: “Sólo se debe temer al miedo”.
Un vidente ciego, famoso en Roma por la exactitud de sus predicciones, también había prevenido a Julio César que se cuidara de los Idus (día 15) de Marzo, porque algo terrible podía suceder aquel día. Sin embargo, llegado el día, César le recordó divertido en las escaleras del Senado que aún seguía vivo, a lo que el vidente ciego le respondió que los idus no habían acabado aún.

Finalmente, Julio César, tras ignorar las advertencias de Calpurnia y del vidente, se dirigió al Foro de Roma para participar en una sesión del senado, ignorante que un grupo de senadores había planeado una conspiración para matarlo ese mismo día.
En efecto, tras pasar por el Teatro de Pompeyo y el lugar donde se reunía la curia romana, César fue conducido por los conspiradores a una habitación anexa del Senado, donde fue atacado primero por Servilio Casca, quien lo rozó con su puñal en el cuello. Ante los gritos desaforados de Casca pidiendo ayuda, más de una treintena de senadores y conspiradores armados, incluyendo a Cayo Casio Longino y Marco Junio Bruto (cuya madre era amante del dictador), se abalanzaron sobre el desprevenido e indefenso Julio César, asestándole un total de veintitrés puñaladas.

A pesar de la brutalidad del cobarde ataque, Julio César alcanzó a defenderse con un punzón antes de morir, consiguiendo herir en el muslo a marco Junio Bruto, el más emblemático miembro de la conspiración. Cuenta la leyenda que mientras era apuñalado, al darse cuenta que Bruto se encontraba entre sus asesinos, César le dijo “Tu quoque, Brute, filii mi!” (“¡Tú también, Bruto, hijo mío!”).
Al cabo, luego de recibir 23 puñaladas (sólo uno de las cuales sería mortal), un agonizante Julio César se cubrió la cabeza con su túnica púrpura, en un último intento por mantener su dignidad y majestad, desplomándose sin vida junto a una estatua de Pompeyo, su otrora máximo rival.
Tras el magnicidio, todos los conspiradores huyeron, dejando el cadáver de César a los pies de la mencionada estatua. Allí quedó expuesto hasta que fue recogido por tres esclavos públicos que lo llevaron a su casa, tras ponerlo en una angarilla en una litera. Calpurnia se encontraba en las afueras de su casa cuando vio venir por la solitaria vía Sacra de Roma a los esclavos. Cuando vio que un brazo de César colgaba inerte fuera de la angarilla y se balanceaba, supo que su sueño premonitorio se había convertido en realidad.

El sueño premonitorio de Calpurnia quedaría, así, para siempre inmortalizado en la historia, siendo mencionado en los siglos siguientes en crónicas y reseñas históricas, novelas, obras de teatro e incluso en el cine y la televisión. William Shakespeare, en su obra de teatro “Julio César”, narra, por ejemplo, cómo Calpurnia tiene un sueño en el que una estatua de César comenzaba a sangrar, mientras muchos romanos se lavaban las manos en la sangre.
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