La ciencia de las casualidades: El misterioso fenómeno de la sincronicidad y los casos más increíbles

Es la coincidencia significativa de dos o más sucesos, tan poco usuales que deja de ser un producto de una mera casualidad.

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Uno de los casos más célebres y recientes de lo que se llama sincronicidad -término acuñado por el famoso psiquiatra y psicólogo suizo Carl Gustav Jung- tuvo como protagonista al famoso actor galés Anthony Hopkins, quien en 1972 quiso empezar a prepararse para protagonizar la versión cinematográfica de la novela “La chica de Petrovka”, del escritor George Feifer. Como jamás había leído el libro, Hopkins salió un día de su casa de Londres y tomó el metro para ir a comprarlo, pero todo resultó inútil. El libro estaba agotado en todas las librerías del barrio de Charing Cross que había visitado.
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Frustrado, el famoso actor de “El Silencio de los Inocentes” decidió tomar el metro en la estación de Leicester Square para regresar a su casa. Al ir a sentarse, se encontró con que alguien había dejado un libro sobre su asiento, un ejemplar viejo y lleno de anotaciones en sus márgenes. Cuando lo tomó y leyó el título se quedó pasmado. Se trataba de “La chica de Petrovka”. Tiempo después, durante el rodaje de la película, Hopkins conoció a George Feifer, el autor de la novela, quien le contó que dos años antes le había prestado a un amigo su ejemplar, que estaba plagado de anotaciones, pero que éste lo había perdido en el metro. Cuando Hopkins le mostró el libro que se había encontrado, ambos quedaron sorprendidos: Se trataba del mismo ejemplar que había perdido Feifer.

Carl Jung.

Carl Jung.

El caso anterior, según los estudios de Carl Gustav Jung (1875-1961), correspondería a una sincronicidad, término que describe la coincidencia significativa de dos o más sucesos cuyo contenido sea similar o igual y relacionados entre sí de una manera no causal (y que, según el mismo Jung, se diferencia del término sincronismo, que constituye la mera simultaneidad de dos sucesos).

Dicho en palabras más simples, la sincronicidad aludiría a una coincidencia tan increíble que se hace realmente imposible creer que sea producto de una mera casualidad, por lo que intuimos que esa casualidad tiene un significado profundo y real que desconocemos. Por este motivo Jung también llamó a las sincronicidades “casualidades significativas”.

Carl Jung precisa al respecto que “se puede pensar en las coincidencias significativas como pura casualidad; pero cuanto más se multiplican y cuanto mayor y más exacta es su correspondencia, más desciende su probabilidad aumentando inimaginablemente su rareza, hasta que no pueden considerarse como mero azar sino que, por falta de explicación causal, han de considerarse como disposiciones significativas”.

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Carl Gustav Jung, fundador de la escuela de psicología analítica y considerado como el mayor estudioso de las sincronicidades, relataría en su libro “Sincronicidad como principio de conexiones acausales” (1952) varios casos sorprendentes.

Uno de los más extraordinarios lo protagonizó una madre de la región de la Selva Negra, en Alemania, quien fotografió a su bebé en 1914 y llevó la placa a revelar a una tienda de fotografía de Estrasburgo. Al poco tiempo estalló la Primera Guerra Mundial, circunstancia que hizo imposible que la mujer pudiera recoger la fotografía. Dos años después, en 1916, la misma madre compró una placa de película en Frankfurt, a muchos kilómetros de distancia, en este caso para tomar otro foto a su hija recién nacida. Al revelarla, el técnico descubrió una doble exposición: la fotografía de la niña estaba superpuesta con la primera foto que la mujer había tomado a su bebé en 1914. Por alguna razón inexplicable, la placa original, adquirida en Estrasburgo, no había sido revelada y había sido revendida en Frankfurt como si fuera una placa virgen. Es decir, la misma mujer, en dos ciudades distintas, había comprado la misma película para fotografiar a sus dos hijos recién nacidos.

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Carl Gustav Jung, en su obra “Sincronicidad como principio de conexiones acausales”, relataría que “el problema de la sincronicidad me ha confundido durante mucho tiempo, desde los años 20′, cuando estaba investigando un fenómeno del inconsciente colectivo y me encontraba continuamente con relaciones que, sencillamente, no podía agrupar como agrupaciones casuales o ‘rachas’. Lo que encontré fueron ‘coincidencias’ que estaban tan significativamente relacionadas que su probabilidad de producirse era increíble. A modo de ejemplo citaré un ejemplo que yo mismo observé. Una señora joven a la que estaba tratando tuvo, en un momento crítico, un sueño en el que le daban un escarabajo dorado. Mientras me contaba el sueño, me senté de espaldas a la ventana que estaba cerrada. De pronto oí un ruido detrás de mí, como un leve golpeteo. Me di la vuelta y vi un insecto que golpeaba contra el cristal por la parte exterior. Abrí la ventana y cogí al animalito en el aire al entrar. Era lo más parecido al escarabajo dorado que se encuentra en nuestras latitudes, la centonia dorada común, que al parecer, en contra de sus costumbres habituales, se vio en la necesidad de entrar en una habitación oscura precisamente en ese momento. Tengo que decir que no me había ocurrido nada semejante ni antes ni después de aquello, y que el sueño de aquella paciente sigue siendo un caso único en mi experiencia”.

Carl Jung, para diferenciar las casualidades de las sincronicidades, explicó que “a diferencia de la causalidad, que reina despóticamente sobre el panorama del mundo macrofísico y cuya regla universal solamente se quebranta en algunos órdenes inferiores de magnitud, la sincronicidad es un fenómeno que parece estar relacionado, en principio, con las condiciones psíquicas, es decir, con procesos del inconsciente…espacio, tiempo y causalidad, la tríada de la física clásica, se vería completada entonces con la sincronicidad para convertirse en una tétrada, un cuaternio que hace completo el juicio global”.
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La noción de sincronía no tiene ningún fundamento científico, aunque Jung platicó acerca de ella con Albert Einstein y acabó escribiendo sobre este fenómeno fruto de sus charlas con uno de los padres de la mecánica cuántica y Premio Nobel de Física, Wolfgang Pauli. Jung, al igual que Pauli, creía que la sincronicidad era una expresión de lo que llamaba “unus mundus” (“un mundo”), una realidad unificada subyacente de la cual todo lo que vemos emerge y a la cual todo regresa.

Este “unus mundus” se relaciona así con la teoría de la mecánica cuántica de David Bohm, que postula la existencia de una especie de mar universal de energía infinita del cual se desdobla —o se explica— el mundo material fenoménico que percibimos.

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Los misteriosos y extraños fenómenos ligados a la sincronicidad han intrigado a muchos desde la antigüedad clásica. En la Antigua Grecia antigua Pitágoras hablaba de la “armonía de todas las cosas”, mientras que Heráclito creía que el mundo estaba gobernado por un principio de totalidad. Hipócrates, el padre de la medicina, creía que todas las partes del universo estaban unidas las unas con las otras, en tanto que en el Oriente, la filosofía taoísta o la espiritualidad budista o hinduista también concebían un universo interconectado e interdependiente.

El filósofo y poeta alemán Friedrich Schiller postulaba por su parte que “no existe la casualidad, y lo que se nos presenta como azar surge de las fuentes más profundas”, en tanto que el psicólogo y filósofo estadounidense William James afirmaba que “somos como islas en el mar, separadas de la superficie pero conectadas en la profundidad”.

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Curiosamente, la tarde en que Carl Gustav Jung murió -el 6 de junio de 1961- en su casa de Küsnacht, Suiza, comenzaría a gestarse otra increíble sincronicidad. Una gran tormenta eléctrica estalló sobre su vivienda, como si la naturaleza misma se hubiera movilizado a reconocer el evento. Y casi justo en el momento en el que Jung expiró, un relámpago atronó su árbol favorito en el jardín.

El escritor sudafricano Laurens van der Post, uno de los grandes amigos de Carl Jung, relataría que muchos años después participó en una película sobre la vida de Jung, y se decidió filmar la última secuencia en la casa del famoso psiquiatra suizo. “Cuando llegó el momento de hablar directamente a la cámara de la muerte de Jung y empecé a describir cómo un rayo demolió su árbol favorito, otro rayo cayó en el jardín. El relámpago sonó tan fuerte que me produjo un sobresalto. Y hasta la fecha, el sobresalto, el relámpago y el impedimento de habla que me provocó pueden ser vistos en la película, así como el rayo aparece en la pantalla sobre el lago atormentado y los árboles agitados por el vendaval”.

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