Las súcubos: diablas del sexo y su vasta presencia en relatos paranormales

Caracterizadas como seductoras y sensuales mujeres infernales, su único propósito es absorber la sangre o energía vital del hombre.

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La mayoría de los demonólogos atribuyen a las legiones del infierno un denominador común: la masculinidad. Todos los diablos parecen ser varones pero, sin embargo, ya desde antiguo se hablaba de diablos “hembras”. El mismo Talmud judaico asegura que el primer demonio sexual femenino fue Lilith, la primera compañera que tuvo Adán antes de Eva y que se marchó del Paraíso porque no quiso aceptar un papel secundario en la Creación. La misma tradición afirma que Lilit se relacionó posteriormente con el demonio Asmodeo y que de esa unión surgieron los primeros íncubos (demonios sexuales masculinos) y también nuevos súcubos. También se creía que Lilit empleaba el resultado de los sueños para crear nuevos demonios.

Las súcubos (palabra que viene del termino latín “succubare”: yacer debajo) pueden ser definidos como un demonio que toma la forma de una mujer sensual y atractiva para seducir a los hombres, especialmente los varones virtuosos, adolescentes y religiosos, introduciéndose en sus sueños y fantasías. Otros las definen como diablos mujeres que poseen sexualmente a los hombres durante el sueño. Todas las referencias y leyendas las definen como seductoras mujeres de una extrema belleza. Pero, si bien aparecen revestidas con una incontrarrestable hermosura y sensualidad, junto a estos tentadores y agradables rasgos siempre presentan detalles que delatarían su filiación demoníaca: pequeños cuernos, una cola con una punta terminada en triángulo, ojos de serpiente, colmillos afilados, pies embarrados, alas o serpientes enrolladas a su cuerpo. Todas las tradiciones, sin embargo, aseguran que se aparecen en los sueños como una mujer atractiva y desnuda de la que la víctima no puede deshacerse de ella ni olvidarla, incluso después de despertar.

sucubus

La tradición asegura que las súcubos atacan a sus víctimas para absorber la sangre o energía vital del hombre y así alimentarse. Usando su atractivo aspecto seducen a los hombres y, a través de la interacción sexual con éstos, absorben su impulso vital, ejerciendo un influjo moral y espiritualmente nocivo. A menudo, esto provoca en el hombre dolencias físicas y espirituales, y hasta la muerte. Algunas teorías sostienen que pueden cambiar de forma, acoplándose así al gusto de cada hombre y hasta haciéndose pasar por mujeres conocidas que cada varón desea. En todo caso, mediante la práctica del sexo desenfrenado con su víctima, la súcubo buscaría drenar su energía e implantar en él pervertidas inclinaciones para conducirlo a la perdición.

Las súcubos en la historia

A lo largo de la historia de magia y de diversas leyendas han surgido varios nombres de súcubos como Abrahel, Lilith, Rusalka, Florina, Vasordiel o Lutzi. El demonólogo Nicolás Remy describió a Abrahel en su obra “Demonolatria” (1581), asegurando que siempre tomaba la forma de una mujer alta y de delicadas formas. La misma Abrahel habría intimado con un pastor llamado Pierrot en una aldea a orillas del río Mosela, a cambio de la vida del hijo de éste. Remy agregó en esta misma obra que los demonios (y por tanto las súcubos) eran incapaces de amar, pero podían tener sexo y hasta vivir en un estado de lujuria permanente, siendo para ellos el sexo un instrumento de humillación y sometimiento completamente desligado del amor y la ternura.

El eminente teólogo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, creía por su parte que los demonios eran incapaces de sentir deseo sexual y por tanto lujuria. Pero, pese a ello, no negaban su sexualidad y la empleaban como un medio para infringir dolor y sufrimiento (en la Edad Media se aseguraba que en medio del furor sexual, la súcubo acostumbraba realizar pequeñas y leves incisiones rasguñando el pecho de los hombres, gracias a lo cual podía alimentarse de la sangre que brotaba).

El francés Pierre de Rostegny (1553-1631) postuló que los demonios, ya fueran súcubos o íncubos, preferían tener sexo con hombres casados o mujeres casadas, ya que de ese modo añadían al pecado de la lujuria el pecado del adulterio. Además, estos demonios gozaban practicando manifestaciones sexuales prohibidas o mal vistas por la Iglesia incluso dentro del matrimonio. Y si bien acostumbran a actuar en las horas de vigilia, también podían aparecerse en las horas de la tarde u otras, evidenciando así que el mero hecho de estar dormido volvía al hombre más susceptible a sufrir el ataque de una súcubo.

Los testimonios de ataques de estos seres demoníacos no son escasos. El príncipe Giovanni Francesco Picco de la Mirándola, sobrino del célebre pensador del mismo nombre, afirmó en “La Strega” (“La bruja”), el primer libro sobre brujería que se editó en italiano, que conoció a un anciano de 80 años que se acostó la mitad de su vida con una diabla, y a otro de 70 que hizo lo mismo. Los dos fueron quemados en Roma. El italiano también describe en esta obra a una famosa súcubo llamada Armellina, amante de un sacerdote réprobo: “…Ese malvado sacerdote, al que ya me he referido, decía que sentía mucho más placer acostándose con una súcubo llamado Armellina, que con cualquier otra mujer. Ese desgraciado hombre estaba tan enamorado de Armellina, que ella lo acompañaba frecuentemente en sus paseos por la plaza”.

Otros escritos afirman que el erudito Gerberto de Aurillac, quien se convertiría posteriormente en el Papa Silvestre II, mantuvo una relación durante muchos años con una súcubo llamada Meridiana quien, valiéndose de oscuras artes, además de proporcionarle infinitas noches de placer lo habría ayudado a lograr el vertiginoso ascenso político, social y eclesial que le permitió sentarse en el sillón de San Pedro. En la hora de su muerte, este Papa habría confesado públicamente sus pecados, renegando de la relación con su infernal amante quien, despechada, habría convertido su tumba en uno de los lugares más aterradores de Roma.

Teoría particular

En el siglo XIX y XX surgió una particular teoría que afirmaba que las súcubos (y los íncubos) no eran demonios sino lujuriosas almas desencarnadas que, no habiendo todavía entrado al proceso de volver a nacer en otro cuerpo, vagaban por el mundo en los bajos planos del mundo astral, planos donde yacen los deseos más terrenales como la voluptuosidad desenfrenada que las anima.

La ciencia actual, por su parte, afirma que los supuestos relatos de hombres con súcubos sólo serían productos de alucinaciones hipnagógicas (visuales, auditivas, táctiles y hasta en algunos casos olfativo gustativas…) surgidas sobre todo durante las parálisis de sueño y, en menor medida, durante intensos episodios oníricos. En cuanto a la causa, dichos episodios alucinatorios estarían principalmente motivados por el deseo sexual, el cual en muchos casos sería un deseo sexual reprimido (como sucede en religiosos y religiosas por sus votos de castidad) o bien un deseo sexual frustrado. Otros científicos más escépticos, en tanto, afirman que los encuentros con súcubos surgieron básicamente como explicación a los sueños eróticos y, en el caso particular de las súcubos, a los sueños eróticos manifestados como sueños húmedos.

La figura de las súcubos tuvieron su mayor auge durante la Edad Media, época en que se solían emplear imágenes de estos sensuales seres en muchos prostíbulos y burdeles. Pero seguramente jamás pasarán de moda, pues son la representación diabólica de una de las fuerzas más importantes, formidables y peligrosas de la vida humana: el sexo.

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