Napoleón Bonaparte: La experiencia paranormal que habría vivido en la Gran Pirámide de Guiza

El Gran Corso pasó una noche en el interior de la monumental estructura, emulando a Alejandro Magno y a Julio César.

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La gran pirámide de Keops, junto a sus dos “pirámides hermanas” de Kefrén y Micerino, es la única construcción que perdura de las célebres siete maravillas del mundo antiguo. Con sus 146 metros de altura y 230 metros de ancho, todavía esconde varios misterios milenarios, como los supuestos pasadizos ocultos que aún oculta en su interior. Misterios que palpó en carne propia el general y emperador francés Napoleón Bonaparte, quien pasó una noche en la cámara real del imponente monumento, en un hecho que según algunos biógrafos cambió su carácter para siempre.

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Con el propósito de liberar Egipto de las manos turcas, proteger los intereses comerciales franceses y cortar la ruta de Gran Bretaña a la India, el general Napoleón Bonaparte, quien tenía por entonces 28 años de edad, recientemente victorioso en Italia tras derrotar allí a los ejércitos de cuatro generales austríacos, desembarcó en el misterioso país del Nilo en julio de 1798 con más de treinta mil soldados franceses con el propósito de avanzar en dirección a Siria.

En su expedición militar iba también un destacado grupo de investigadores y científicos de distintas disciplinas, como el matemático Gaspard Monge (fundador de la Escuela Politécnica), el físico Étienne-Louis Malus y el químico Claude Louis Berthollet (inventor de la lejía). Cuando Napoleón los invitó a acompañarlo al Medio Oriente, les dijo: “No puedo decirles adónde vamos, pero sí que es un lugar para conquistar gloria y saber”.

A poco de desembarcar en Egipto, Napoleón, dando cuenta de su innato talento militar, dispersó a los 100 mil guerreros mercenarios mamelucos que explotaban el país en nombre de Turquía, en la batalla de las Pirámides, para internarse luego en el desierto sirio.

El Gran Corso, quien se sentía atraído por el exotismo oriental desde que leyera el libro “El Viaje a Egipto y Siria de Constantin Volney” (1794), en medio de las operaciones militares se dirigió a Tierra Santa con el propósito de confrontarse con el ejército turco y, de paso, pernoctar por una noche en Nazaret, la localidad sagrada donde creció Jesucristo. Y así lo hizo el 14 de abril de 1799.

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En agosto de 1799 Napoleón regresó a El Cairo, donde se propuso pasar una noche en el interior de la Gran Pirámide de Keops, emulando las huellas del mítico conquistador macedonio Alejandro Magno y del no menos célebre general romano Julio César, quienes supuestamente también habían pernoctado en la cámara real del faraón, al parecer buscándose a sí mismos.

Su fiel séquito de oficiales y un religioso musulmán lo acompañaron hasta la Cámara real, la llamada habitación noble, una milenaria y granítica dependencia de difícil acceso, con pasadizos que no llegaban al metro y medio, y sin ningún tipo de iluminación más allá de las antorchas.

La leyenda cuenta que Napoleón, una vez que se quedo solo, pasó siete horas en la Cámara del Faraón -una estrecha sala rectangular de unos 10 metros de largo y 5 metros de ancho conformada por losas de granito, paredes y techo planos, sin decoración, además de un sarcófago vacío de granito sin inscripciones- acompañado sólo de la oscuridad, el silencio, ratas, murciélagos y escorpiones.

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Cuando amaneció, los oficiales de Napoleón relataron que el pequeño militar salió de la monumental y laberíntica estructura faraónica pálido y con el rostro demudado. A las preguntas de inquietud de sus hombres de confianza sobre lo qué había ocurrido allí dentro, Napoleón sólo les respondió con una enigmática frase: “Aunque se los contara, no me creerían”.

Nadie sabe a ciencia cierta sobre lo que el Gran Corso vio o experimentó dentro de la cámara del faraón en la Gran Pirámide de Keops. Lo que si parece cierto, es que el místico incidente cambió su carácter para siempre, pues pese a regresar derrotado militarmente a Francia (las fuerzas británicas del almirante Nelson habían hundido a la escuadra francesa en la batalla del Nilo), Napoleón al parecer se propuso dejar de ser sólo un general competente que recibía órdenes de otros para convertirse en emperador y amo de Europa.

 

En efecto, tras regresar a Francia, en pocas semanas Napoleón organizó y ejecutó en noviembre de 1799 el golpe de Estado del 18 de brumario que acabó con el Directorio, última forma de gobierno de la Revolución francesa, e inició el Consulado con él como Primer Cónsul.

Bajo la consigna de “la Revolución ha terminado”, Bonaparte posteriormente promulgaría en 1800 la nueva Constitución Napoleónica, el mismo año en que volvió a aplastar de nuevo a los austríacos y a la coalición europea que los apoyaban en la célebre batalla de Marengo. Investido como cónsul vitalicio, finalmente sería nombrado Emperador en una ceremonia de coronación que se llevó a cabo el 2 de diciembre de 1804 en la catedral de Notre Dame, con la asistencia del papa Pío VII, aunque Napoleón se ciñó la corona a sí mismo y después la impuso a su amante Josefina.

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