¿Qué le sucede al alma después del suicidio? Las miradas en torno a una tragedia humana

La tradición cristiana, la doctrina del Magisterio y la reflexión teológica han postulado desde hace siglos la inadmisiblidad moral de quitarse la vida uno mismo.

Guía de: Fenómenos Paranormales

El poeta florentino Dante Alighieri, en el canto decimotercero de su “Divina Comedia” -la monumental obra literaria que describe profusamente el Infierno, el Cielo y el Purgatorio- relata que en el alba del 9 de abril de 1300 –durante un Sábado Santo- él y su guía en el inframundo, el poeta romano Virgilio, pasado el río infernal Flegetonte y gracias a la ayuda del centauro Neso, llegaron a un bosque tenebroso y monstruosamente intrincado, jalonado por árboles secos que no daban frutas ni hojas y cuyas ramas nudosas y enredadas servían de asiento a las arpías, horribles aves con cuerpo de pájaro y cabeza humana. Virgilio, ante las dudas de Dante, le advirtió que se encontraban en el segundo giro del séptimo círculo del Infierno, donde residían los suicidas o los violentos contra sí mismos.

suicidas infierno

Dante, en medio del espantoso lugar, escuchó lamentos sin ver a nadie, lo que le hizo pensar que los suicidas eran almas escondidas entre el bosque. Virgilio, leyendo su pensamiento, lo invitó entonces a truncar una rama de una planta. Dante, siguiendo su consejo, tomó una rama de un gran arbusto, siendo sorprendido por un espantoso grito humano que le dijo: “¿Por qué me quiebras?”, seguido de sangre marrón que salió del punto de quiebre. A continuación, de nuevo llegaron palabras de la planta: “¿Por qué me desgarras? / ¿No tiene tu espíritu piedad alguna? / Hombres fuimos y ahora nos han hecho plantas”. Dante, asustado, dejó así inmediatamente la rama, comprendiendo que los suicidas eran en el infierno hombres transformados en plantas -decadencia en una forma de vida inferior-, como pena principal de los condenados de este giro por rechazar su condición humana matándose a sí mismos.

Dante y Virgilio hablan con un suicida, convertido en planta, en el séptimo círculo del Infierno.

Dante y Virgilio hablan con un suicida, convertido en planta, en el séptimo círculo del Infierno.

Este aterrador canto de la “Divina Comedia”, donde se describe la selva de los violentos contra sí mismos, los suicidas y derrochadores, refleja el pensamiento de Dante –y el de la civilización occidental en general- con respecto al suicidio, pues para el poeta italiano la violencia contra uno mismo era más grave que la violencia contra el prójimo, confirmando con ello la visión teológica de San Tomás de Aquino, quien postulaba que el mandamiento de “amar al prójimo como a ti mismo” postulaba, primero y antes que nada, un amor hacia nuestra persona en cuanto reflejo de la gracia y de la grandeza divina. Por ello, en la Divina Comedia los suicidas aparecen transformados en plantas, forma de vida inferior, porque ellos rechazaron su condición humana matándose: por eso (por analogía) no son dignos de tener su cuerpo.

La tradición cristiana, la doctrina del Magisterio y la reflexión teológica no han tenido jamás ninguna duda sobre la inadmisibilidad moral del suicidio (si ha habido alguna evolución ha sido sólo en torno a la valoración de la culpabilidad y responsabilidad subjetiva del que se suicida o intenta hacerlo), pues, como ya ha indicado Santo Tomás, el suicidio directo, objetivamente considerado, es un acto gravemente ilícito, por tres razones principales: 1) Porque es contrario a la inclinación natural (ley natural) y a la caridad por la que uno debe amarse a sí mismo 2) Porque hace injuria a la sociedad a la cual el hombre pertenece y a la que su acto mutila, ya que la priva injustamente de uno de sus miembros que debería colaborar al bien común y 3) Porque injuria a Dios, ya que Santo Tomas explica que “la vida es un don dado al hombre por Dios y sujeto a su divina potestad que mata y da la vida. Por tanto el que se priva a sí mismo de la vida peca contra Dios, como el que mata a un siervo ajeno peca contra el señor de quien es siervo… A sólo Dios pertenece el juicio de la muerte y de la vida…”.

El Papa Pío XII, por su parte, calificó en 1958 al suicidio de “signo de la ausencia de la fe o de la esperanza cristiana”, mientras que en la Declaración sobre la eutanasia (26/VI/80) se afirma que “la muerte voluntaria, es decir, el suicidio, es inaceptable a la par que el homicidio”. Y si bien las Sagradas Escrituras no se refieren concretamente a él, para algunos es legítimo verlo incluido en el mandamiento que dice: “No matarás” (Ex 20,13). Ya San Agustín, otro de los Padres de la Iglesia, lo había interpretado de esa manera: “No es lícito matarse, ya que esto se debe entender como incluido en el precepto No matarás, sin ningún agregado. No matar, por tanto, ni a otro ni a ti mismo. Porque efectivamente, quien se mata a sí mismo, mata a un hombre” (De civitate Dei, I,20).

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El Catecismo de la Iglesia Católica, finalmente, establece que “somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado” (CIC. 2280), y marca una circunstancia agravante y otra atenuante por lo que se refiere al suicidio. En cuanto a la primera sostiene que “si se comete con intención de servir de ejemplo especialmente a los jóvenes, el suicidio adquiere además la gravedad del escándalo” (CIC 2282). Y, en cuanto a la segunda, afirma que “trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida” (CIC 2282). Por último, por lo que se refiere a la salvación o condenación del suicida, se lee en el Catecismo que “no se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que El sólo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida”. (CIC 2283)

¿Qué se encuentra el suicida en el Más Allá después de su muerte?

Algunos sindican a los suicidas como “espíritus cobardes e ignorantes que huyen a los compromisos adquiridos en la Espiritualidad, como medio de rescate de su propio pasado; destruyendo un cuerpo que no le pertenece, ya que es una obra de Dios, un instrumento puesto al servicio del hombre para su propio progreso y, huyendo a los compromisos de rescate, lo único que consigue es, agravar sus deudas con las leyes sabias e inmutables de Dios; teniendo que volver a reencarnar de forma más precaria que la vez anterior, con el fin de saldar las deudas que su propia conciencia le reclama, a fin de hallar la paz que todos anhelamos y necesitamos”.

Para estos autores, los suicidas, intentando escapar del sufrimiento y el dolor en esta vida, se encontrarían en el Más Allá con una serie de contradicciones y decepciones. De partida, el suicida, al quitarse la vida, tiene la idea de sacarse de encima los problemas que lo agobian con tan drástico acto, pero, tras morir, resulta que lejos de no sentir nada se reconoce vivo estando físicamente muerto, por lo que su sufrimiento es mucho peor que el que sentía antes de suicidarse: se siente solo y deprimido y la locura comienza a adueñarse de su alma.

Sea cual sea la forma de suicidio, lo único que encontraría el suicida en el Más Allá sería el horror y la desesperación, pues la vida no se extingue jamás y la persona siente esa sorpresa que no esperaba, padeciendo las más altas cotas de sufrimiento, sin mencionar que los suicidas terminarían de todos modos volviendo a este mundo material, reencarnándose en otro cuerpo para terminar de cumplir el plan divino.

Estos autores han llegado a postular la controvertida teoría de que, dependiendo del tipo de suicidio elegido, la condición en la que se reencarnará el suicida en su nueva vida variará según el daño hecho a su cuerpo, es decir, si la persona se disparó con un arma en la sien, probablemente nacerá sordo, el ahogado sufrirá problemas respiratorios, el que tomó veneno padecerá del aparato digestivo y el que se lanzó al paso del tren minusvalías como perdida de algún brazo o piernas.

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Por supuesto, no todos están de acuerdo con esto. Rosalía Zabala, maestra espiritual y autora de varios libros de índole esotérica y paranormal, comentó que “desde mi experiencia personal he tenido varias experiencias con personas que pasaron por este tránsito y puedo decir que, una vez que han cometido la acción de suicidarse, han explicado desde el Más Allá que su forma de pasar a la luz es la misma que cualquier otro fallecido, salvo por alguna diferencia. Cuando una persona se suicida con un acto no premeditado, producto de un arranque de pánico o una enajenación, estas personas hacen el traspaso más lento al Más Allá, ya que se encuentran perdidos y desorientados. Después están los suicidas que han planeado su suicidio con tiempo y lo hacen a plena conciencia. Estos seres, cuando realizan el acto, ya tienen a sus seres de luz al lado y les ayudan al tránsito y es mucho más rápido. Yo, en mi caso, me habré encontrado con 7 u 8 casos de este tipo y en todos han sido éstas las formas de traspaso al Más Allá, aunque también hay casos en que algunos suicidas quedan anclados, pero de la misma forma que los desencarnados normales, ya que en momento de realizar el suicidio hay un arrepentimiento y se quieren quedar aquí en este plano, pero entonces quedan anclados y hay que ayudarlos a traspasar”.

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Zabala comentó asimismo que “no olvidemos que la Iglesia Católica, para tener controlado el pueblo, hizo del suicidio una cosa terriblemente castigada, pero lo que yo he podido comprobar es que los suicidas pasan de una u otra forma al plano espiritual y así concluyen su proceso como alma. Eso sí, cuando una persona rompe voluntariamente el ciclo de la vida, ha de volver a encarnar y cumplir su ciclo, un ciclo que dejó incompleto. Por ejemplo, si tenías pactado vivir 80 años y te suicidas con 45 años, volverás a reencarnar en otra vida para vivir 35 años y algo sucederá para que a esa edad fallezcas. Casi siempre suele ser por enfermedad o lo que llaman muerte súbita”.

Otros especialistas aseguran que existen casos muy bien documentados de sobrevivientes de suicidios que recuerdan su experiencia en el estado después de la muerte. En la mayoría de los casos, se dieron cuenta de que habían cometido un grave error y querían volver atrás y elegir de nuevo.

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La persona que ha cometido el suicidio, según otros autores, sigue siendo plenamente consciente, aunque quedará atrapada en una atmósfera psíquica o astral, donde la víctima será capaz de ver y ser testigo de todo lo que sucede en la Tierra. Y como el alma abandona el cuerpo y no es capaz de pasar por el proceso completo de la muerte, ello significará que no será capaz de ver la luz con facilidad y cruzar al Más Allá con diligencia.

Algunos psíquicos también aseguran que la gente en esta situación tiende a no cruzar completamente el fino velo que separa nuestros mundos, por temor a ser juzgados. Según otros expertos en el tema, concordando parcialmente con la atroz visión de Dante, cuando una persona se suicida, su alma quedaría atrapada en un lugar que es mucho más doloroso que la vida en la tierra. Sin embargo, antes de ver la luz, necesitarían decir un adiós, por lo que sería común que la mayor parte de las víctimas de suicidio atormenten a sus parientes y seres queridos. Recientes testimonios e investigaciones mostrarían, de hecho, que algunos de los signos sobrenaturales más comunes que los suicidas muestran a sus seres queridos son caída de imágenes o fotografías del difunto, perturbaciones eléctricas sin razón aparente o relojes detenidos en la hora exacta de la muerte de la persona.

Los expertos, finalmente, concluyen que es indudable que la vida en muchas ocasiones es muy difícil, y por este mismo motivo no son pocas las personas que han contemplado la alternativa del suicidio en algún momento de sus vidas, pero también es cierto que si bien los momentos de dolor y sufrimiento pueden llegar inesperadamente y pueden durar a veces mucho tiempo, también pueden ofrecer la oportunidad de dar un salto significativo en nuestra evolución espiritual, una evolución que es un proceso continuo en todos los planos de la experiencia humana.

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