San Agustín: De una vida disipada como galán a santo y doctor de la Iglesia
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Agustín de Hipona (354-430), escritor, teólogo y filósofo cristiano también conocido como San Agustín, fue uno de los máximos pensadores del cristianismo del primer milenio. Autor prolífico y considerado como uno de los cuatro “Doctores de la Iglesia”, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo sus famosas “Confesiones” y “La Ciudad de Dios” sus obras más destacadas.
Nacido en Tagaste (en la provincia romana de Numidia, en la actual Argelia), como hijo de una cristiana y un pagano, San Agustín era un joven muy sagaz, inteligente y despierto, que hablaba latín con fluidez y leía a autores clásicos como Cicerón, aunque, a diferencia de muchos santos, tuvo una juventud borrascosa debido a su afición a las mujeres, las fiestas y los excesos sexuales, tal como lo reconoce en sus “Confesiones”:
“Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, sólo ansiaba satisfacerme a mí mismo, hervía en deseos de fornicar…¡Ojalá hubiera habido alguien que me ayudara a salir de mi miseria!…Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: ‘Dame, Señor, la castidad y la continencia, pero no ahora’, porque temía que Dios me escuchara demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar…Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba”.
San Agustín relata que su grupo de amigos de juventud se jactaba de recopilar experiencias sexuales, y él mismo embarazó a una joven del lugar, pero, contrariamente a lo que esperaba la sociedad, decidió no casarse con ella.
Deseoso de encontrar a Dios, pero incapaz de dejar su vida disoluta, la conversión de San Agustín comenzó un día de agosto del año 386, cuando tenía 30 años y recibió la visita de su amigo Ponticiano, quien le relató la historia de un monje llamado San Antonio del Desierto (251-356), un ermitaño que llegaría a ser conocido como “el padre de todos los monjes”.
Horas más tarde, mientras Agustín caminaba en el jardín con su amigo Alipio, reflexionando sobre el ejemplo del monje Antonio, oyó la voz de un niño de una casa vecina que decía: “Tolle lege” (“toma y lee”). Entendiendo la frase del niño como una invitación divina, Agustín cogió la Biblia, la abrió al azar por las cartas de san Pablo y leyó el siguiente pasaje: ”Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias (Rom. 13, 13-14)”.
Después de leer esta frase, San Agustín dejó su vida disipada, se consagró al estudio formal y metódico de las ideas del cristianismo y el 24 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad (la misma edad de Cristo al morir), fue bautizado en Milán por el santo obispo Ambrosio. Luego regresó a Tagasto en compañía de su madre Mónica y su hijo Adeodatus (quienes morirían al poco tiempo después), vendió todo su patrimonio y donó el dinero a los pobres, conservando sólo su casa para convertirla en monasterio.
En 391 fue ordenado sacerdote en Hipona, en la misma provincia de Numidia. A partir de entonces, usó toda su erudición e inteligencia en favor del cristianismo, convirtiéndose en un gran predicador y en un gran teórico de los fundamentos de la religión. A finales del siglo IV fue nombrado obispo de Hipona y hasta el final de sus días se dedicó a predicar, estudiar y escribir, manteniendo siempre un estilo sobrio y ascético.
Sus biógrafos cuentan que predicó y escribió incansablemente, polemizó con todos aquellos (maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas) que iban en contra de la ortodoxia de la doctrina cristiana de la época, presidió concilios y resolvió los problemas más diversos que le presentaban sus fieles. Fue el responsable de la primera gran síntesis del cristianismo y uno de los pioneros en defender que el ser humano era la unión perfecta de dos sustancias, el cuerpo y el alma. En sus “Confesiones” elevó el amor por Dios y el prójimo como el máximo sentimiento humano: “mi amor es mi peso; por él soy llevado adondequiera que soy llevado”, escribió.
Según los relatos del Obispo Posidio, San Agustín comía poco, trabajaba duro, no le gustaban las conversaciones sobre la vida de los demás y era un hábil administrador financiero de las obras de su comunidad.
San Agustín falleció en Hipona el 28 de agosto de 430 durante el sitio al que los vándalos de Genserico sometieron la ciudad en el contexto de la invasión de la provincia romana de África. Su cuerpo fue trasladado posteriormente a la basílica de San Pietro in Ciel d’Oro, donde reposa hasta el día de hoy. En 1298, el Papa Bonifacio VIII (1235-1303) le otorgó el título póstumo de Doctor de la Iglesia.
Una leyenda medieval cuenta que un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, junto a la playa, pensando obsesivamente en algunas de las doctrinas más insondables sobre la realidad de Dios, como la doctrina de la Santísima Trinidad. De pronto, al alzar la vista vio a un hermoso y pequeño niño jugando en la arena. El infante corría hacia el mar, llenaba un cubo con agua del mar, para volver donde estaba antes y vaciar el agua en un hoyo excavado en la arena. Al hacer esto una y otra vez, San Agustín se acercó y le pregunta: “¿Qué haces?” Y el niño le respondió: “Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo”. San Agustín le comentó de inmediato “¡Pero, eso es imposible!”, a lo que el niño le respondió: “Más difícil es que llegues a entender el misterio de la Santísima Trinidad”.
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