Conozca la ruda Escuela Futbolística de la Selección Uruguaya

Amén de su talento futbolístico, el fútbol charrúa se caracteriza por la reciedumbre que impone en su estilo de juego.

Guía de: Fútbol Total

Clasificatorias para México 70. Uruguay apeló a todos sus recursos para sacarle el empate a Chile en Santiago.

Clasificatorias para México 70. Uruguay apeló a todos sus recursos para sacarle el empate a Chile en Santiago.

El fútbol, por definición, es un deporte de roce, muy físico. Es algo inevitable producto de la lucha por la posesión del balón. Sin embargo, hay algunos que apelan a armas más allá de lo legal para conseguir el objetivo de imponerse al rival. Armas conocidas como caricias del calibre patada, zancadilla, codazo y también uno que otro puñete disimulado para que el árbitro no se dé cuenta. Todo eso matizado con provocaciones verbales.

El Mariscal, José Nasazzi, capitán uruguayo en los triunfos olímpicos de 1924 y 1928 más el Mundial de 1930.

El Mariscal, José Nasazzi, capitán uruguayo en los triunfos olímpicos de 1924 y 1928 más el Mundial de 1930.

En Sudamérica los que la llevan son, era que no, los uruguayos. Algunos más, otros menos, en cada equipo charrúa es inherente esto del juego brusco. Talento para esto de la pelotita tienen, pero lamentablemente algunos orientales confunden la garra con el juego brusco. O como se dice, vulgarmente, Primero la pongo y después pregunto.

¿Por qué este estilo tan especial del balompié uruguayo? Según el Premio Nacional de Periodismo, Edgardo Marín, el hecho de ser un país pequeño ubicado en medio de dos gigantes como Argentina y Brasil los llevó, aparte de su talento futbolístico innato, a no prescindir de la reciedumbre para imponerse por sobre ambos colosos.

El legado comenzó con dos figuras que tienen improntas míticas: José Nasazzi y Obdulio Varela. El primero, conocido como El Mariscal, fue el líder natural del doble triunfo olímpico de 1924 y 1928 más el Mundial de 1930 en el Centenario de la capital de su país. Varela, en tanto, fue el alma del triunfo sobre Brasil en la final del Mundial de 1950, el famoso Maracanazo. Ambos son los máximos exponentes de la garra charrúa, aquella que no cejaba en conseguir el triunfo, que se sobreponía a las adversidades que presentaba tal o cual partido.

Obdulio Varela, el alma del triunfo uruguayo en el Maracanazo de 1950.

Obdulio Varela, el alma del triunfo uruguayo en el Maracanazo de 1950.

Todo eso fue mutando con la reciedumbre y mañas aplicadas que inundó nuestro continente a partir de la década de los 60. Y es aquí donde uno los máximos exponentes de esa escuela fue el célebre Julio Montero Castillo –padre de Paolo, integrante de la Juventus a fines de los años 90-. Referente histórico del club Nacional de Montevideo, la leyenda cuenta que Montero Castillo le pegaba a todo lo que se movía.  Comenzó jugando como lateral antes de derivar hacia el mediocampo donde se desempeñó en la tarea de contención… a la que le agregó su dosis de rudeza sin importarle si contaba con fuero dentro del campo. Él mismo lo admitió en 2005 en una entrevista al rememorar que “yo no hablaba, pegaba”. Con razón le decían el Mudo.

Entre sus víctimas se inscribieron el holandés Johnny Rep, lo que le costó tarjeta roja al jugador sudamericano en el Mundial de Alemania; y nuestro Tito Foullioux, quien en el partido eliminatorio entre Chile y Uruguay para el Mundial de México 70 disputado en Santiago el 13 de julio de 1969, recibió una dulce caricia de Montero Castillo en la rodilla. Hasta ahí llegó la carrera del estandarte de Universidad Católica en dicha Clasificatoria. De culto también fueron sus duelos con Raúl Madero de Estudiantes de la Plata, en las finales de la Copa Libertadores de 1970, cuando se dieron como nunca en los partidos por el título. Lo simpático es que, terminado el partido, seguían tan amigos como siempre.

En el plano macro, en el historial de enfrentamientos entre uruguayos y chilenos han habido partidos con alto rating de estas muestras de cero respeto hacia el rival. Por ejemplo, el 11 de septiembre de 1983, en el Estadio Nacional y por la Copa América, el defensor Jorge Barrios le propinó un codazo con cero anestesia a Oscar Arriaza, quien estaba vitrineando por el área uruguaya. La expresión de “yo no fui, profe” de Barrios completó tal escena.

Julio Montero Castillo, el Mudo.

Julio Montero Castillo, el Mudo.

Dos años después, el 24 de marzo de 1985, el lateral izquierdo Víctor Diogo se ensañó con su cóctel de patadas y faltas varias sobre Hugo Rubio. Y a pesar de que todo el público asistente al Estadio Nacional –más los que veían el pleito por televisión- era testigo directo del veneno que colocaba el jugador oriundo de Peñarol, apenas recibió tarjeta amarilla. Y ni se inmutó cuando se la mostraron.

Sin embargo, los chilenos se aniñan ante los celestes. Lo malo era que siempre los pillaba el referí. Por ejemplo, en la final de la Copa América de 1987, en el onumental de Buenos Aires, el Mocho Gómez le propinó un puntapié a la altura de la medallita a Enzo Francéscoli. ¿Resultado? El entonces zaguero de Cobreloa fue expulsado.

Mejor, entre comillas, le fue a Luis Chavarría y su ya clásica trancada al mencionado Francéscoli, el 12 de noviembre de 1996 también en el Nacional, dejándolo lesionado y mostrándose orgulloso, en sus declaraciones post partido, por lo realizado.

Sólo pildoritas de la vieja escuela del “Primero la pongo y después pregunto” que se ve en todo nivel. ¿En qué magnitud se apreciará todo lo anterior el próximo martes 17 de noviembre en el Estadio Centenario, cuando los uruguayos reciban a Chile? ¿Apelarán a ella para vengarse del Dedo de Jara? ¿O se dedicarán a jugar en vez de buscar dejar alguna herida de guerra en la humanidad de los chilenos?

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