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Raimundo Tupper: Veinte años sin el gran ídolo cruzado

Este 20 de julio se cumplen 20 años de su muerte. Tendrìa 46 años.

Miguel Ángel anda cerca de los 30 años. Hace poco más de una década dejó su casa en el sur para estudiar en Santiago. Dejaba su casa, pero iba a estar más cerca de Universidad Católica, el club de sus amores que sólo podía seguir por TV. Entre todas sus cosas hubo algo que no quiso llevarse hasta la capital. Hoy, cada vez que visita su antigua casa, encuentra una pieza que a esta altura casi no le pertenece. No está su ropa, sus revistas y cada vez quedan menos de sus posters. Entre todo eso que lo acerca a su infancia, hay algo que lo acerca a esta columna. Ahí esta su cuadro junto al ídolo de su niñez, una foto sacada en Santa Rosa de las Condes junto a Raimundo Tupper a comienzos de los 90.

La foto fue enmarcada mucho antes que el Mumo decidiera quitarse la vida el 20 de julio de 1995. Era el ídolo de Miguel Ángel, que además tenía fotos con varios de los integrantes de la UC de los 90. Entre los retratos con Lepe, Parraguez, Romero, Toledo y Barrera, Miguel Ángel decidió separar y poner en la pared sólo su foto con el Mumo.

Es que Raimundo Tupper Lyon era Católica. Los entrenadores Carvallo, Cantatore, Prieto y Pellegrini sabían que el Mumo tenia que estar siempre en la oncena titular. Por eso lo ponían como lateral derecho, lateral izquierdo, volante o delantero. Dónde fuera. Un equipo sin el Mumo no era la UC titular.

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Los niños querían ser como él, las mujeres querían estar con él. Para el periodismo, su palabra siempre era una de las más importantes de Católica. No hablaba con el caset puesto y eso se agradecía. Todos querían saber algo de él. Raimundo salía de esa vorágine escuchando a Silvio Rodríguez en su casa del Barrio Alto. Lo había escuchado por primera vez en su escolaridad en el San Ignacio del Bosque y desde ahí lo acompañó siempre, por esos años, en su walkman o en la radio de su auto, un auto que nunca era de lujo.

Escuchó a Silvio Rodríguez en la concentración del Mundial Juvenil de 1987, donde fue una de las figuras de ese tercer lugar. Lo escuchó con un poco más de tristeza cuando quedó fuera de la nómina de la Copa América 1991. La escuchó tras esas finales con Sao Paulo en la Copa Libertadores de 1993 que hasta hoy dejan un sabor amargo. Probablemente lo escuchó ,y mucho, antes de lanzarse desde un hotel en Costa Rica.

“Oh, melancolía” era su canción preferida del trovador cubano. Veinte años después la melancolía es de los hinchas cruzados. Melancolía por dejarlo de ver corriendo por la banda izquierda cuando recién tenía 26 años. Melancolía por saber cuál hubiera sido su rendimiento en el Mundial de Francia 1998. Melancolía por no haberlo tenido como DT después de su retiro. Un señor, inteligente, analítico. Hubiera sido un lujo de entrenador.

Miguel Ángel idolatraba a Tupper porque lo veía jugar cada semana. Porque le hizo varios goles a Colo Colo y fue el complemento ideal para Gorosito y Acosta el 94. De pelo bien rubio y de clase alta, provocaba la misma admiración que hoy provoca Gary Medel para los hinchas cruzados, el símbolo actual que le luchó la vida desde Conchalí, donde de no haber sido futbolista, hubiera sido narcotraficante, según su propia confesión. Tupper, con suicidio o sin suicidio, se hubiera metido igual en el once ideal de los jugadores símbolos de la UC de toda su historia. Tras su retiro estaría para siempre en el mismo lugar con Livingstone, Lepe, Fouillioux, Isella y sólo otros pocos elegidos. Con su muerte, su figura se agigantó aún más.

Han pasado veinte años sin el Mumo. Muchos lo recuerdan cuando van a San Carlos y ven la cruz en el cerro, otros para cada aniversario de su muerte, otros lo hacen siempre. Miguel Ángel lo hace cada vez que vuelve a su casa de la infancia. Mira su pared y ve su foto con Raimundo Tupper. Podría tener una foto con Maradona, Pelé, Messi o Ronaldo, pero él sabe que ninguno será más importante que una foto con el Mumo. La tuvo desde mucho antes del suicidio y la tendrá para siempre. Le contará a sus hijos quién fue Tupper. Un goleador que por jugar por la UC era capaz de ser defensor. Un futbolista de Católica admirador del cubano Silvio Rodríguez en medio de los 80. Un futbolista que lo tuvo todo y demostró que siempre falta algo para ser feliz.

En Santa Rosa de las Condes, aceptando la petición de un niño que nervioso miraba una cámara de rollo, hizo feliz a Miguel Ángel. A cuántos más hubiera hecho feliz si no se lanzaba en Costa Rica. Oh melancolía.

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