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El “Boinazo”: La historia del momento más tenso del gobierno de Patricio Aylwin

En mayo de 1993 el edificio de las Fuerzas Armadas, a pasos de La Moneda, apareció rodeado de soldados con uniformes de guerra y boinas negras.

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El 28 de mayo de 1993, cuando el presidente Patricio Aylwin -el primer mandatario chileno elegido democráticamente desde la Vuelta a la Democracia- se aprestaba a hacer un viaje a Europa, el diario gubernamental “La Nación” publicó en una de sus páginas el siguiente titular: “Reabren caso cheques del hijo de Pinochet”. La noticia aludía al caso por el cual era investigado Augusto Pinochet Hiriart -hijo del general Augusto Pinochet Ugarte-, luego que recibiera un pago de 971 millones de pesos por parte del Ejército, tras la venta de la empresa Valmoval, que era parte de la institución militar.

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La nota de prensa del extinto diario “La Nación” daba cuenta de la intención del Consejo de Defensa del Estado de enviar a la justicia el caso que involucraba a la familia Pinochet, por un posible delito de fraude al fisco. Esto generó, por descontado, la molestia furibunda del general Augusto Pinochet -Comandante en Jefe del Ejército en ese momento-, debido no sólo a la investigación, sino que además porque el militar creía que ese medio de comunicación era manejado desde el mismo Palacio de Gobierno.

Sin embargo, pocos imaginaban que una simple nota de prensa iba a desatar uno de los momentos más tensos de la naciente democracia chilena, después de 17 años de gobierno militar encabezado por el propio general Augusto Pinochet: el denominado “Boinazo”. Es que, después que se publicó la nota de prensa, el edificio de las Fuerzas Armadas –ubicado a pocos pasos del palacio presidencial de La Moneda- fue escenario de un inusual movimiento de militares en uniforme de guerra. De un momento a otro, los habituales guardias armados que custodiaban el recinto fueron reemplazados por soldados en tenida de combate, portando corvos y fusiles automáticos, con sus caras pintadas y usando boinas negras.

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El episodio desató una inmediata preocupación entre el mundo político y no faltaron los que hablaron, incluso, de la inminencia de otro golpe de estado.

La reunión de Enrique Krauss y el general Pinochet

El ministro del interior de la época, Enrique Krauss, quien debido al viaje del presidente Aylwin al extranjero había asumido el control del poder ejecutivo en calidad de Vicepresidente, recordó en sus memorias que, tras el “Boinazo”, se produjo una especie de “gallito” de fuerzas entre el mundo militar y el mundo civil.

“Los días viernes se celebraba una reunión en la que participaban los directores de Inteligencia de las ramas armadas, pero a la cita no asistió el representante del Ejército, sino un oficial de menor rango. Luego recibí una llamada telefónica del general Jorge Ballerino, quien por entonces era el colaborador más estrecho del comandante en jefe. “Mi general está muy molesto con las publicaciones, es un hecho grave”, me dijo el hombre de confianza de Pinochet. En el fondo de la comunicación yo podía escuchar inentendibles gritos de Pinochet que confirmaban su ira y, me imagino, procuraban atemorizarme. Así que le sugerí a Ballerino dos cosas: que le diera un calmante a su general y que habláramos personalmente”.

Krauss añade que mientras los militares permanecían en el edificio de las Fuerzas Armadas con sus tenidas de combate y él mantenía, por teléfono, informado de la situación al Presidente Aylwin, acordó reunirse en persona con el general Pinochet para intentar salvar la tensa situación.

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Enrique Krauss y el general Pinochet.

“Pinochet propuso que nos reuniéramos en la Escuela de Telecomunicaciones del Ejército, pero yo me negué, así que le ofrecí que nos juntáramos en La Moneda, lo que a su vez Pinochet también rechazó. Al final, convinimos en juntarnos en la casa del general Ballerino. Cuando nos encontramos Pinochet me dijo que había una serie de “problemas pendientes”. Entre ellos, el de las investigaciones por las violaciones de los derechos humanos durante su gobierno. No apuntó a que los militares buscaran escabullir esas causas, sino al “trato” que recibían en los tribunales. Hablaba puntualmente de las expresiones de rechazo, concretamente gritos, insultos e intentos de agresión por parte de organizaciones y familiares de las víctimas cuando cumplían distintos trámites judiciales. El planteamiento era razonable. Me comprometí, entonces, a hablar con el ministro de Justicia, Francisco Cumplido, quien había sido mi compañero de curso en el Instituto Nacional. La idea era buscar un procedimiento expedito, que no implicara un menoscabo para los uniformados durante esos trámites judiciales, pero le advertí que los inculpados o testigos que padecían estos ataques también debían declinar las actitudes provocativas con que concurrían a tribunales, en ocasiones hasta con condecoraciones y siempre altaneros y soberbios”.

Krauss añadió que “visto el primer punto de la “tabla”, Pinochet pasó al segundo: el ritmo, a su juicio lento, con que el Ministerio de Defensa cursaba decretos de interés para el Ejército. Nuevamente, estimé que, si existía, se trataba de un asunto solucionable y le dije que plantearía a Defensa la necesidad de reactivar ese papeleo. El “pliego” de Pinochet continuó con las remuneraciones de los militares, las que catalogó de “muy bajas”. Le hice ver que era una materia completamente ajena a mi competencia”.

El ex ministro Krauss recuerda que entonces, de sopetón, Pinochet le planteó una inesperada petición. “Me dijo: “Me interesa que usted le pida la renuncia al ministro de Defensa”. Como argumento, mencionó simplemente que no se entendían. Su impertinencia era manifiesta y lo paré en seco: “Mire, general, soy el Vicepresidente en este momento, el ministro señor Rojas tiene una relación personal conmigo, pero su desempeño en el cargo es una materia de exclusiva competencia del Presidente de la República, a quien debe planteársela usted, si le parece conveniente”. Entonces, volví a mi compromiso de facilitar un entendimiento entre su institución y Defensa. Le dije que asignaría una persona a esa tarea y hasta anticipé su nombre: Jorge Burgos”.

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Krauss, Aylwin y el general Pinochet

Enrique Krauss, finalmente, añadió que “en ese momento, fiel a su estilo autoritario y permanente afán de descolocar a quien tenía al frente, Pinochet anunció: “Entonces vamos a firmar un acuerdo”. Y de la nada, apareció un joven oficial que venía con un texto escrito en una especie de pergamino. Con firmeza le señalé un categórico “no, usted está hablando con el Vicepresidente de Chile, quien, de acuerdo con la Constitución, ejerce el mando supremo de la nación”. En ese punto, apelé a la majestad de la República: “A ningún Mandatario chileno se le pone en duda la palabra…”.Visiblemente contrariado, Pinochet hizo un gesto, pero no insistió. “Con esto damos por superado el problema, entonces”, le dije, poniendo fin al encuentro. “Sí”, respondió él, aunque sin mayor entusiasmo ni convicción. Nos despedimos de mano”.

Krauss recuerda que, insólitamente, en la reunión no se habló explícitamente del “Boinazo”. “Aunque estaba implícito, ni él ni yo lo mencionamos. Las razones que tuvo él las desconozco. En mi caso, consideraba que no era el momento adecuado. Estaba seguro de que si poníamos el tema sobre la mesa, se abriría un debate estéril. Por otra parte, vincular las manifestaciones públicas realizadas con la solución era reconocer el sistema como válido para estos propósitos, lo que es inadmisible para los cuerpos armados. A mí lo que me interesaba era despejar hechos concretos, para que los comandos dejaran el frontis del edificio del Ejército, pues esas acciones carecerían de justificación y se haría patente la motivación real. Por las mismas razones, no toqué la situación de su hijo. Él tampoco lo hizo”.

Después del “Boinazo”

Ya superada la crisis que había tensionado al primer gobierno democrático y había puesto nerviosa a gran parte de la ciudadanía, y después que el presidente Patricio Aylwin regresara, lo primero que hizo el ministro Enrique Krauss fue presentarle su renuncia. El Mandatario, por cierto, no se la aceptó.

Enrique Krauss, el único ministro del Interior que desde la vuelta a la democracia ha desempeñado su cargo durante todo el período del Presidente de la República que lo nombró, recuerda hoy que “varios años después, muchos nos plantearon por qué entonces no denunciamos a Pinochet ante la justicia. El problema es que difícilmente, creo, podría haberse hallado una figura para sancionarlo. Él, como hombre astuto que era, actuaba dentro de sus facultades: decretar el uso de determinado uniforme, sacar personal a la calle inmediata al edificio institucional con esa indumentaria y desplazar vehículos militares desde una unidad a la Escuela Militar formaba parte de sus atribuciones. Eran maniobras inapropiadas, provocativas y tensionales, pero que en rigor no constituían un acto de rebelión jurisdiccionalmente acreditable”.

El carácter astuto de Pinochet al que alude Krauss también sería confirmado por el propio presidente Patricio Aylwin, quien confidenció una vez que, a pocos días de asumir como Presidente de la República, hablando a solas con Pinochet le dijo: “Sería mejor para Chile, el Gobierno y el Ejército que usted se retire cuando yo asuma”. Pinochet, después de escucharlo y esbozar una de sus típicas sonrisas ladinas, le respondió: “Mi gente está muy nerviosa. Y yo no voy a renunciar, entre otras razones porque nadie lo va a cuidar mejor que yo”.

Video sobre el “Boinazo”, desde el minuto 15 en adelante: 

 

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