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El fatídico caso “Cómpeta”: Las recordadas “galletas de la muerte”

En 1991 el consumo de este producto produjo la muerte de dos niños y más de 70 intoxicaciones en todo el territorio nacional.

Guía de: Los 90

En 1991 los medios nacionales de prensa comenzaron a informar profusamente sobre una masiva intoxicación que afectó, sobre todo, a niños, en varios puntos del territorio nacional. Después de atar varios cabos, las autoridades descubrieron que el producto que estaba causando las intoxicaciones eran unas galletas de vino llamadas “Galletas Cómpeta”, las cuales se vendían a un bajísimo precio en el comercio formal y ambulante.

galletas competa II

 

La situación empeoró a tal punto que dos niños pequeños, uno de la ciudad de Viña del Mar y otro de la localidad sureña de Castro, fallecieron tras consumir las peligrosas golosinas, mientras que otros 70 menores quedaron internados en varios recintos asistenciales por un cuadro de intoxicación grave. La gravedad de la situación motivó que, el 17 de noviembre de ese mismo año, el Servicio de Salud Metropolitano del Ambiente (Sesma), presentara una denuncia ante el Octavo Juzgado del Crimen de San Miguel sobre la base de diversas denuncias efectuadas por la comunidad relativas a intoxicaciones graves ocasionadas por el consumo de las galletas.

En la misma fecha, mientras la prensa bautizaba a las golosinas como las “galletas de la muerte”, las autoridades sanitarias clausuraron la fábrica donde se fabricaban las galletas por no contar con las condiciones de higiene y normas para su funcionamiento. “Las máquinas se encontraban en completo desaseo, había un completo desorden en el almacenamiento de materiales y las materias primas se encontraban sin rotular”, señaló un informe de una inspección del tribunal.

Especialistas del Instituto de Salud Pública (ISP) y el Sesma, tras analizar las galletas, concluyeron que la contaminación se había producido en el proceso de elaboración, ya que se utilizaron materias primas que contenían nitritos en alta concentración, sustancia altamente tóxica y que puede ser letal (los nitritos se transforman en tóxicos sanguíneos que impiden el transporte de oxígeno por las células del organismo).

El químico forense del Instituto Médico Legal (IML), Eduardo Torres, señaló en esa oportunidad que “el nitrito no se utiliza en ningún producto alimenticio, salvo como preservante en cecinas, pero en muy pequeñas cantidades. El químico siempre es tóxico, ya que impide que se transporte oxígeno a través del organismo”. El estudio del ISP, por cierto, había dado positivo a la presencia de nitrito en las muestras de las galletas, en las que se constató la presencia de 580 mil partes por millón en la muestra de bicarbonato de amonio. El máximo permitido, por cierto, era de 125 partes por millón… en cecinas.

Tras el descubrimiento de la presencia de nitrito en las galletas fueron detenidos Manuel Riveros, dueño de la cerrada fábrica, y Francisco Ortiz, quien era el “maestro amasandero”. Ambos, 12 años después, serían condenados a una pena de sesenta y un días de presidio menor en su grado mínimo, a lo que se sumó la suspensión de cargo u oficio público, durante el tiempo de condena, y al pago de las costas de la causa.

El primero reconoció en la causa que “como no le subía la masa, le aplicó otra porción anexa de amonio”, y agregó que “eso no era peligroso y que era una práctica habitual en la fábrica”. También confesó que “no había control de calidad y que él y los mismos empleados observaban y comentaban si la producción salía muy quemada”. Sobre la partida que causó las intoxicaciones masivas, el propietario reconoció que Riveros, su empleado, le había contado que había cambiado de saco de amonio al notar “algo malo” en el primero. También precisó que los tres productos más utilizados en la elaboración de las galletas -sodio, amonio y sal- se guardaban en un mueble y no contaban con rotulación. Para Riveros, en tanto, el problema podría haber surgido porque el amonio estaba descompuesto o desvanecido y no por el exceso del químico.

María Teresa Vargas, madre de Lorena Carolina, la niña de dos años que falleció en noviembre de 1991 tras consumir las galletas Cómpeta en la localidad de San José, en la comuna de Castro, en la región de Los Lagos, recordaría casi dos décadas más tarde que el 17 de noviembre de ese año un familiar que había ido a comprar a la ciudad de Castro le había regalado a su familia un paquete del mortal producto.

“Lorena Carolina y su hermana Teresa, que por esa época tenía 5 años, consumieron dos galletas cada una. Eso bastó para que sufrieran una grave intoxicación. Mi hija más pequeña falleció horas después en un hospital, mientras que Teresa estuvo internada seis días en el Hospital Base de Puerto Montt y otros dos días en el Hospital Augusto Riffart en Castro”, dijo la madre.

Teresa, la hermanita que sobrevivió de milagro al consumo de galletas y que en la actualidad trabaja como temporera de actividades acuícolas, confesó por su parte que “tengo recuerdos difusos de lo que pasé, de la ambulancia, del hospital, pero a mi hermana nunca he dejado de extrañarla. Como vivimos tan alejados nunca recibimos una indemnización ni nada. Es como si a la justicia nunca le importó que se haya muerto una niña”.

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