¿Por qué se asocia a los murciélagos con el mito del vampiro? Conoce algunas teorías

La imaginación popular ha convertido a los murciélagos en criaturas maléficas y de mal agüero.

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Los murciélagos, los únicos mamíferos que tienen la facultad de volar, no gozan precisamente de buena fama. Si bien en China son considerados como símbolo de prosperidad y buena suerte, en la mayoría de las latitudes estos quirópteros de hábitos nocturnos que viven en lugares oscuros, solitarios y lejos de la civilización, han sido constantemente demonizados debido a su semejanza con los ratones, a su repelente estructura facial, a la extraña conformación de sus extremidades y al siniestro hábitat de sus refugios, sin mencionar que también son un reservorio natural para un gran número de peligrosos patógenos zoonóticos como la rabia, el síndrome respiratorio agudo severo, el Henipavirus y el virus Ébola.

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El siniestro aspecto de los murciélagos provocó que la imaginación popular los hubiera convertido en criaturas de mal agüero, en emisarios de la muerte y compañeros inseparables de brujas, demonios y duendes. Los antiguos griegos lo consideraban un animal híbrido, de aspecto siniestro y fantasmal, aunque también como una criatura inteligente, probablemente debido a su capacidad de volar por la noche sin chocar con los obstáculos. En la antigua Roma Basilio escribió: “el murciélago por naturaleza está relacionado con el demonio”.

En la Biblia se sindica al murciélago como un animal impuro (está incluido entre las “aves abominables” del Levítico), siendo considerado también como una encarnación del demonio al que en numerosas ocasiones se le representa con alas de murciélago. También aparece mencionado en Isaías 2, 20: “Aquel día arrojará el hombre a sus ídolos entre topos y murciélagos”.

Las primeras representaciones del diablo con alas de murciélago se remiten al siglo XIII. En el período Barroco ya se le consideraba el símbolo del anticristo y, por ende, del demonio (lo que explicaría por qué el arte cristiano representa al diablo y a su séquito infernal con las alas de murciélago, mientras que a los ángeles se les muestra con alas de pájaro).

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No obstante lo anterior, el mito más vinculado a la imagen del murciélago es el del vampiro mitológico, el no muerto que se alimenta por la noche con la sangre de los vivos. Algunos relatos folklóricos de Europa, por ejemplo, aseguraban que los vampiros tenían la facultad de convertirse en murciélagos o lobos. Este mito, al parecer, se introdujo en la leyenda moderna cuando los exploradores de la América Central descubrieron un tipo de murciélago que se alimentaba exclusivamente de sangre.

El científico, naturalista, botánico y zoólogo sueco Carlos Linneo avivaría esta fantasía colectiva cuando catalogó erróneamente en 1758 a una nueva especie de murciélago localizada en Ecuador: el Vampyrum spectrum. A contar de entonces, abundarían las descripciones de murciélagos hematófagos, a los que se consideraba como criaturas maléficas que sólo buscaban el momento en que la víctima se durmiera en la noche para morderla en el cuello y succionar la sangre de sus venas. La existencia de estos temidos “ratones voladores” nocturnos que parasitaban a otros animales sería utilizada por muchos intelectuales de la época como prueba irrefutable de que el vampirismo era posible como forma de vida para un mamífero.

Sin embargo, pocos saben que más del 70 % de las especies conocidas de murciélagos son insectívoras, es decir, se alimentan de insectos y otros artrópodos, además de frutas, néctar, polen o carne, como pequeñas ranas y peces.

Por el contrario, sólo tres especies de los 1.400 tipos de murciélagos que existen en la actualidad pueden sobrevivir chupando la sangre de sus víctimas: el vampiro común (Desmodus rotundus); el vampiro de patas peludas (Diphylla ecaudata); y el vampiro de alas blancas (Diaemus youngi), murciélagos que viven en América del Sur y Central y miden aproximadamente 8 centímetros de largo y 18 centímetros de envergadura.

Para alimentarse de sangre, estos murciélagos salen de sus refugios y cuevas por las noches y muerden y luego lamen la sangre del ganado u otros animales como gallinas (muy raramente atacan a perros y a humanos). Durante el día duermen en total oscuridad, suspendidos cabeza abajo y agrupados en colonias de unos 100 ejemplares (en un año una colonia de 100 vampiros puede beber la sangre de unas 25 vacas).

Los murciélagos vampiros atacan a sus víctimas generalmente desde el suelo, aproximándose a ella caminando a cuatro patas. Cada murciélago, además, tiene en su hocico un sensor térmico que le dirige hacia un punto en el que fluye sangre caliente bajo la piel de su víctima. Tras aplicar un mordisco a su presa, el murciélago vampiro succiona la sangre con su lengua, mientras su saliva impide que la sangre se coagule.

Pese a todo, quizás lo más fascinante de estas incomprendidas criaturas aladas es su capacidad de ecolocalización, una especie de “sonar biológico” o sistema de percepción que consiste en la emisión de sonidos para producir ecos que a su retorno se transmiten al cerebro del murciélago a través del sistema nervioso auditivo, ayudándoles a orientarse en la obscuridad, detectar obstáculos y capturar presas, proporcionándoles información sobre su medida, velocidad y dirección.

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