Adolf Hitler o Josef Stalin: ¿Cuál fue el dictador más sanguinario y brutal del siglo XX?

Ambos encabezaron cruentos procesos que se saldaron con millones de muertos.

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Los dos dictadores más brutales y determinantes de todo el siglo XX, Adolf Hitler (1889-1945) y Josef Stalin (1878-1953), fueron encarnizados enemigos ideológicos, aunque también compartieron algunas cosas en común. Ambos provenían de familias modestas, sufrieron las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y llegaron a liderar sus respectivos países gracias a sus innatas habilidades políticas, sin mencionar que los dos habían intentado iniciar carreras artísticas en su juventud: Hitler soñaba con ser pintor (fue rechazado en la Academia de Artes de Viena) o arquitecto, mientras que Stalin cultivó una desconocida faceta lírica como poeta bucólico y nacionalista.

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Sin embargo, tanto Hitler como Stalin, pese a sus sueños artísticos en sus años mozos, terminarían convertidos en sanguinarios dictadores totalitarios al frente de las dos potencias continentales más grandes y temidas de Europa (La Alemania nazi y la Unión Soviética comunista), erigiendo un poder absoluto e incontrarrestable sobre la base de la violencia y la represión sistemáticas.

Curiosamente, si bien Hitler detestaba el comunismo o “judeo-bolchevismo” y Stalin sentía lo propio hacia el nazismo, ambos despreciaban las democracias capitalistas occidentales y también sentían cierta admiración mutua. Hitler respetaba la brutalidad y determinación que le habían permitido a Stalin ser el amo y señor de la Unión Soviética, mientras que el propio Stalin era un germanófilo que admiraba el poder industrial y cultural de Alemania y la estructura totalitaria con la que Hitler había refundado al país tras la humillante derrota de la Primera Guerra Mundial.

Se cuenta que Stalin quedó admirado al enterarse, por medio de sus espías en Alemania, de la forma cómo Hitler había eliminado a sus rivales internos (como Ernst Röhm, el líder de las SA) en “La Noche de los Cuchillos Largos”, sangrienta purga que tuvo lugar en Alemania entre el 30 de junio y el 1 de julio de 1934. “¡Qué tipo ese Hitler! Él si sabe cómo acabar con los enemigos políticos”, fue el comentario de Stalin de acuerdo a esa versión.

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Hoy, muchos historiadores se preguntan cuál de los dos dictadores, verdaderas encarnaciones del mal en el siglo XX, fue el más malvado, brutal y sanguinario. Por lo pronto, en el caso de Adolf Hitler, considerado sin duda una de las figuras más demonizadas de la historia, es sindicado como el responsable de desencadenar la Segunda Guerra Mundial, conflicto que dejaría a Europa física y moralmente arrasada, con un saldo de 55 millones de muertos. El líder del Tercer Reich, desde que fuera nombrado Canciller de Alemania en 1933, se invistió del poder total, siendo una de sus primeras medidas deshacerse de todos sus adversarios políticos, quienes fueron o bien asesinados o enviados a campos de concentración que llegaron a albergar a 50 mil prisioneros.

Su malsana política e ideología racista, vertida en su obra “Mein Kampf” (la “biblia” del nazismo), que tenía como premisa la exaltación de la “raza aria” y la denigración de las razas restantes y los “seres inferiores”, en sus palabras, afectó por otra parte a diversos colectivos humanos, como los enfermos congénitos y mentales (que fueron esterilizados o asesinados), los eslavos, los gitanos, los homosexuales y, especialmente, los judíos, considerados por Hitler como “la raza parásita, traidora y malévola”.

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Tras autoproclamarse Führer o líder del pueblo alemán, después de un frenético rearme y de reorganizar todas las ramas de las fuerzas armadas germanas, Hitler comenzó a hacer realidad su proyecto de conseguir el “Lebensraum” o “espacio vital” para la raza aria, ocupando y anexionando regiones ubicadas en las zonas limítrofes de Alemania. Después de la invasión de Polonia en septiembre de 1939, la presencia germana en los países ocupados se tradujo en detenciones arbitrarias, fusilamientos, represalias, desplazamientos, emigraciones, deportaciones e internamientos en campos de concentración, de trabajo y de exterminio.

Un capítulo aparte merece, por cierto, la llamada “Solución Final” nazi de la cuestión judía, siniestro plan urdido por los colaboradores más leales y fanáticos de Hitler. Después de la Conferencia de Wannsee (enero de 1942), los altos mandos de las SS organizaron e implementaron la aniquilación biológica y a nivel industrial de la mayoría de los judíos de Europa, lo que produjo un exterminio sistemático de entre 4 y 6 millones de hebreos europeos en campos de concentración de Alemania y del Este.

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Los crímenes del dictador Josef Stalin, por cierto, no le fueron en zaga a los del jerarca alemán. Stalin, tras ser nombrado secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, continuó con la obra bolchevique desatada por Vladimir Lenin, cuyo exitoso golpe de Estado en 1917, inspirado por el ejemplo jacobino de la Revolución francesa, desató el “terror rojo” para oponerse al “terror blanco”, en una cruenta guerra civil que dejaría más de 9 millones de muertos, entre muertes directas y las provocadas por la ruina y la hambruna generalizada.

Curiosamente, en su lecho de muerte, Lenin en sus últimos escritos pidió a sus camaradas que apartaran a Stalin de la jefatura del Partido Comunista ruso, pues lo consideraba demasiado brutal y tosco: “Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de secretario general. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos solo por una ventaja, a saber: que sea menos caprichoso y más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas”.

La masacre desatada por los bolcheviques rojos contra los rusos blancos sería sólo el principio de la pesadilla comunista en Rusia. A partir de 1930, ya con el poder total en sus manos, Stalin desencadenó la llamada Gran Purga o Gran terror de Stalin, donde cientos de miles de miembros del Partido Comunista Soviético, del Ejército Rojo, socialistas, anarquistas y opositores fueron perseguidos, juzgados y, finalmente, desterrados, encarcelados o ejecutados en los campos de concentración o gulags.

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En paralelo a la Gran Purga, Stalin inició sus planes para transformar a Rusia de un país agrícola a uno industrializado, lo que provocó una gran hambruna y millones de muertos, mayormente ucranianos, en todo el territorio soviético entre 1932 y 1933. Según el historiador británico Robert Conquest, en su libro “La cosecha del dolor: La colectivización soviética y la hambruna de terror”, en el período comprendido entre 1930 y 1937 los campesinos muertos se elevaron hasta los once millones. Esta dramática e impresionante cifra se dividió en el millón de kazajos que murieron debido a que fueron sedentarizados a la fuerza y privados de sus ganados y los 10 millones de “kulakos” o campesinos ucranianos propietarios que fueron asesinados, muertos de hambre o bien deportados en programas de colonización a Siberia.

A todas las muertes provocadas directamente por órdenes de Stalin se pueden también sumar los crímenes de guerra perpetrados por el Estado soviético durante la Segunda Guerra Mundial, como la conocida masacre del bosque de Katyn. En la primavera de 1940, Stalin ordenó el asesinato de más de 22 mil prisioneros de guerra polacos, incluyendo ocho mil oficiales del ejército, seis mil policías y ocho mil civiles integrantes de la intelectualidad polaca (como profesores, artistas, investigadores e historiadores), además de terratenientes, dueños de fábricas, abogados, funcionarios públicos peligrosos y sacerdotes cristianos.

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Tras la muerte de Stalin en 1953, algunos de sus crímenes serían denunciados durante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, cuando Nikita Kruschev, convertido en el nuevo secretario general del Partido Comunista ruso, denunció el “culto a la personalidad” de Stalin. Según Kruschev, Stalin no vaciló en mandar a asesinar a todo aquel que pudiera hacerle sombra (como el asesinato de su antiguo camarada León Trotsky en México en 1940) y en robarse desvergonzadamente los laureles por los triunfos del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial.

Posteriormente, la figura de Stalin sería sinónimo del autócrata absoluto, sanguinario y brutal. El historiador Robert Conquest lo calificó como “probablemente la persona que más influyó en el curso del siglo XX”, mientras que el historiador británico Simon Sebag Montefiore lo describió como una “excepcional combinación: intelectual y asesino”. El escritor ruso Alexánder Solzhenitsyn, en su famoso libro “Archipiélago Gulag”, estimó por su parte en 66,7 millones el número de víctimas del régimen soviético entre 1917 y 1959.

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Finalmente, con respecto a la gran pregunta de qué dictador (Adolf Hitler o Josef Stalin) fue peor, el fallecido escritor, historiador, periodista y ensayista polaco Ryszard Kapuscinski opinó que el líder soviético había sido mucho más nefasto para la historia de la humanidad, entre otras cosas por las masivas matanzas estalinistas, que incluyeron el exterminio de 10 millones de ucranianos por hambre por no someterse a la socialización de la tierra impuesta por el dictador soviético.

“Si podemos establecer la comparación, el poder destructor de Stalin fue mucho mayor. La destrucción realizada por Hitler no duró más de seis años, y Stalin empezó su terror en los años veinte y llegó hasta 1953. Su poder se mantuvo 30 años y la maquinaria de terror se prolongó mucho más. No es que Hitler fuese mejor, pero no tuvo tanto tiempo. La otra diferencia es que la máquina de terror de Hitler no fue dirigida en primera línea contra su propia nación, sino contra otros pueblos. En cambio, Stalin dirigió una máquina de terror contra su propia nación. Las víctimas más numerosas del terror de Stalin fueron los rusos. Los nacionalistas rusos sostienen ahora la teoría de que el régimen de Stalin no fue ruso, sino antirruso, porque ellos fueron las mayores víctimas. La condena al hambre a Ucrania fue el holocausto más grande, no sólo del siglo XX, sino de toda la historia de la humanidad. Nunca en el pasado se había dado una matanza de 10 o 12 millones de seres humanos”, explicó Kapuscinski.

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