Aquiles: El famoso mito del guerrero invencible que incluso conquistó a Brad Pitt
Guía de: Mitos y Enigmas
- Héctor Fuentes
- Ver biografía
- |
-
Ver más de mitos-y-enigmas
“Canta, Oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes”, dicen los primeros versos de “La Ilíada”, el magistral poema épico atribuido a Homero donde se narran los acontecimientos ocurridos durante 51 días en el décimo y último año de la Guerra de Troya, conflicto bélico que enfrentó a troyanos y aqueos y donde descolló Aquiles, líder de los temidos mirmidones, un guerrero tan feroz e implacable que se decía que era invencible.
Llamado por Homero “asolador de ciudades”, debido a su terrible furor en el campo de batalla, o “el de los pies ligeros”, aludiendo a que era el más veloz de los guerreros, Aquiles era nieto de Éaco e hijo del rey Peleo, rey de los mirmidones en Ptía (reino ubicado en el sureste de Tesalia) y de la ninfa marina Tetis, por lo que también se le llamaba “Pélida” y “Eácida”. La leyenda cuenta que Zeus y Poseidón se habían disputado la mano de Tetis hasta que Temis profetizó que Tetis engendraría un hijo todavía más grande que su padre.
Según cuenta un fragmento del poema “Aquileida”, escrito por Estacio en el siglo I, cuando Aquiles nació Tetis intentó hacerlo inmortal sumergiéndolo en la Estigia, una de las lagunas infernales, pero olvidó mojar el talón por el que lo sujetaba, dejándolo vulnerable en ese punto.

Otra versión de los misma historia cuenta que Tetis intentó volver invulnerable a su hijo poniendo al fuego del hogar las partes mortales de su cuerpo, para luego ungir al niño con ambrosía, hasta que fue interrumpida por Peleo, quien le arrebató al niño de sus manos y éste quedó con el talón carbonizado. Tetis, enfurecida, abandonó a ambos, mientras que Peleo sustituyó el talón quemado de Aquiles por la taba (hueso corto del pie) del gigante Dámiso, célebre por su velocidad en la carrera.
Sabiendo que Aquiles estaba destinado a una gloriosa pero corta vida, Tetis, buscando mantener alejado a su hijo de la guerra, hizo que fuera criado en la corte de Licomedes, rey de Esciros. A petición de la misma Tetis, Aquiles fue educado por su bisabuelo, el centauro Quirón, un reconocido maestro que había adiestrado a varios héroes griegos como Hércules e, incluso, a algunos dioses. Quirón, de ese modo, inició a Aquiles en la medicina, la música, el arte de la elocuencia, la equitación y la caza.
La leyenda cuenta que Aquiles vivió oculto en Esciros disfrazado como una doncella llamada Pirria (“La Rubia”), entre las hijas del rey Licomedes (con una de ellas, Deidamía, concebiría a su único hijo, Neoptólemo). Cuando se declaró la Guerra de Troya, Odiseo, rey de Itaca, supo por el profeta Calcas que los aqueos serían incapaces de capturar Troya sin la ayuda de Aquiles, por lo que ideó una ingeniosa estratagema para localizarlo.
Odiseo marchó a Esciro con ropas y joyas para obsequiar a las mujeres pero incluyó entre esos regalos un escudo y una lanza. Cuando llegó a la corte de Esciro, Odiseo, mientras entregaba los obsequios, ordenó que sonara una trompeta o un clarín de alarma. Aquiles, al escuchar el clarín y siguiendo su instinto guerrero, se preparó de inmediato para defender la corte cogiendo el escudo y la lanza y desgarró sus vestidos, revelando así su identidad.
Odiseo, usando su proverbial astucia y aprovechando la sed de gloria que sentía Aquiles, persuadió finalmente al joven guerrero de que lo acompañara a Troya. De ese modo, dejando atrás a su hijo Neoptólemo, Aquiles zarpó hacia Troya en 50 barcos, cada uno transportando a 50 hombres de su propio ejército privado, los legendarios mirmidones, temibles luchadores que, según la leyenda, habían sido creados de hormigas por el mismo Zeus.
A poco de pisar Troya, Aquiles confirmaría su reputación de guerrero nato, despiadado e indestructible. Los teucros o troyanos palidecían cada vez que lo veían aparecer en su cuadriga, tirada por dos caballos legendarios, Xanto y Balio, de los cuales se dice que incluso podían hablar. Antes de empezar el asedio de la ciudad, Aquiles mató a Cieno, uno de los hijos de Poseidón, que era inmune a las armas ordinarias, por lo que Aquiles lo estranguló usando la cinta de su propio casco.

En el décimo año del asedio griego a la ciudad de Troya, Aquiles sería ofendido por Agamenón, rey de Micenas y general en jefe del ejército griego. Agamenón, tras dejar partir por orden de sus sacerdotes a una bella esclava que había raptado llamada Criseida (hija de Crises, sacerdote de Apolo), había tomado en su lugar a Briseida, a sabiendas que era amante de Aquiles, después que este la consiguiera como botín de guerra durante una de sus incursiones. Enfadado por esta deshonra y a instancias de Tetis, Aquiles se negó a seguir luchando en la guerra y se retiró junto a sus mirmidones a las playas.
Sin Aquiles en el campo de batalla, los troyanos, con el príncipe Héctor como máximo caudillo, pronto hicieron retroceder al ejército griego hasta las playas, asaltando e incluso prendiendo fuego a algunos de sus embarcaciones. Con las fuerzas griegas al borde del colapso total, Aquiles finalmente accedió a que Patroclo llevara de nuevo a los mirmidones al campo de batalla, aunque él mismo siguió negándose a luchar. Patroclo lograría repeler a los troyanos de las playas, pero finalmente terminaría muerto a manos de Héctor. Tras recibir de Antíloco, el hijo de Néstor, la noticia de la muerte de Patroclo, Aquiles lloró amargamente sobre el cuerpo de su amigo.

Si bien la literatura post-homérica, a partir del siglo V a. C., afirma que Aquiles y Patroclo habrían sido amantes, el texto de Homero no hace ninguna alusión al respecto. En el canto IX de “La Ilíada”, de hecho, se presenta a Aquiles y Patroclo durmiendo cada uno con una mujer, Aquiles con Diomede y Patroclo con Ifis, mujer que el propio Aquiles había entregado a Patroclo. Patroclo había sido enviado por su padre a Ptía, donde conoció a Aquiles y se hizo su compañero de armas. Aquiles acostumbraba visitar junto al mismo Patroclo el monte Pelión, donde se alimentaban de fieros jabalíes, entrañas de león y médula de oso para aumentar su valentía.
Como sea que fuere, después de la muerte de Patroclo, la ninfa Tetis vino a consolar a su hijo Aquiles, notificándole que había persuadido al dios Hefesto para le hiciera una nueva armadura, en lugar de la que Patroclo había llevado y que había sido arrebatada por Héctor. Tras recibir su flamante armadura y enfurecido por la muerte de su amigo más querido, Aquiles hizo las paces con Agamenón y regresó colérico y deseoso de venganza al campo de batalla matando muchos hombres en busca de Héctor. Incluso luchó contra el dios fluvial Escamandro, que se enfadó porque Aquiles estaba obstruyendo sus aguas con todos los hombres que mataba. El dios intentó ahogarlo pero fue detenido por Hera y Hefesto.

“La Ilíada” narra con lujo de detalles la tremenda mortadad que causó Aquiles en su regreso al campo de batalla. “Aquiles se revolvía furioso con la lanza, persiguiendo cual una deidad, a los que estaban destinados a morir; y la tierra negra manaba sangre…y los solípedos corceles guiados por Aquiles hollaban a un mismo tiempo cadáveres y escudos”.
En otra parte se cuenta que “Aquiles, vástago de Zeus, dejó su lanza arrimada en la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón acciones crueles, y comenzó a herir a diestro y a siniestro; al punto levántose un horrible clamoreo de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre…cuando Aquiles tuvo las manos cansadas de matar, cogió vivos, dentro del río, a doce mancebos para inmolarlos más tarde en expiación de la muerte de Patroclo …Y el héroe acometió de nuevo a los teucros, para hacer en ellos gran destrozo”.

Pero los días de Aquiles estaban contados, algo que sabían él mismo y su madre. Tetis, de hecho, le había dicho a su hijo: “Breve será tu existencia, a juzgar por lo que dices, pues la muerte te aguarda así que Héctor perezca”, a lo que le contestó un resignado Aquiles: “Iré a buscar al matador del amigo querido, a Héctor; y sufriré la muerte cuando lo dispongan Zeus y los demás dioses inmortales”.
Aquiles, el asolador de ciudades, ataviado con su armadura divina y todavía inflamado de rabia, volvería una vez más al campo de batalla y envió con su espada y su lanza a una larga fila de valerosos héroes troyanos al Hades. Finalmente localizó a Héctor y aunque Apolo trató tres veces de proteger al príncipe troyano envolviéndolo en nubes de niebla, los dos guerreros finalmente se encontrarían en un singular combate afuera de las murallas de Troya.
Aunque Héctor era un gran caudillo y un mejor guerrero, nada pudo hacer frente al temible Aquiles, quien lo mató clavándole su lanza en el cuello. Después ató su cadáver a su carro y lo arrastró frente a las murallas de la ciudad a la vista de su afligida familia durante nueve días, antes de presidir los juegos funerarios en honor de Patroclo.
Con ayuda del dios Hermes, Príamo, rey de Troya, se escabulló en secreto en el campamento griego para rogarle a Aquiles que le regresara el cuerpo de su hijo para proporcionarle un entierro adecuado. Después de una conmovedora apelación, Aquiles, deponiendo su ira, finalmente accedería a la petición del viejo rey.
“La Ilíada” finaliza con el funeral de Héctor, pero otros relatos legendarios cuentan que, tal como había predicho Héctor en su último aliento, su hermano menor Paris, el príncipe troyano que había comenzado la Guerra de Troya secuestrando a la hermosa Helena, mató finalmente a Aquiles lanzándole una flecha -guiada por el dios Apolo- en su único lugar vulnerable, el talón. El caudillo griego Ayax Telamonio lograría recuperar el cadáver de Aquiles para llevarlo de vuelta al campamento aqueo en donde se realizaron juegos fúnebres en honor del guerrero caído. La magnífica armadura, después de una disputa con Ayax, finalmente terminaría en manos de Odiseo, cuyo ardid del caballo de madera finalmente pondría fin al asedio de Troya y llevaría a la victoria final de los griegos.
La leyenda cuenta que Tetis y las otras hijas de Nereo, el dios de las olas del mar, lloraron la muerte de Aquiles durante 17 días, e incluso las musas acudieron a sus exequias para entonar un himno de lamento frente a su pira. Después de la cremación, sus cenizas fueron depositadas en una urna dorada que había sido forjada por Hefesto y situada en la misma tumba en la que fue enterrado su amigo Patroclo, junto al mar.
En el capítulo XI de “La Odisea”, el otro poema épico atribuido a Homero que narra el accidentado regreso de Odiseo a su isla de Itaca después de la Guerra de Troya, se menciona un pasaje en el que Odiseo navega hasta el inframundo y conversa con las sombras de los muertos. En los tenebrosos parajes del Hades Odiseo se encuentra con la sombra de Aquiles, quien es saludado como “bendito en vida, bendito en la muerte”, aunque el Pélida le dice de vuelta: “No me consueles en mi muerte, rey Odiseo. Preferiría ser siervo en una casa pobre en el mundo de los vivos que rey de reyes entre los muertos”.
En los siglos siguientes a la muerte de Aquiles los reyes de Epiro reivindicarían ser sus descendientes porque la tradición aseguraba que allí había reinado su hijo Neoptólemo. Alejandro Magno, hijo de la princesa Olimpia de Epiro y uno de los mayores conquistadores de todos los tiempos, y quien solía llevar siempre un ejemplar de “La Ilíada” para leer en sus ratos de ocio, también reclamó también este parentesco. Según le había contado su madre Olimpia, sus antepasados descendían de Moloso, hijo de Andrómaca y Neoptólemo (hijo de Aquiles), que había matado al rey Príamo de Troya en el altar de Zeus Herkeios.

Esta genealogía, entonces, hacía de Alejandro Magno un descendiente de héroes, algo que su madre nunca desmintió y que su hijo siempre se esforzó por creer. Se cuenta, de hecho, que Alejandro, tras cruzar el estrecho de los Dardanelos el año 334 a.C., visitó la tumba de Aquiles cuando pasó por Troya, para mostrar su respeto al gran guerrero de “La Ilíada”. Cuando los ciudadanos de Troya le ofrecieron mostrarle la lira de París, una de las reliquias más valiosas de la ciudad, Alejandro Magno les respondió: “Poco me importa esta lira, ya que he venido por la lira de Aquiles, con la que, como dijo Homero, cantó las proezas y glorias de los hombres audaces”.
Más sobre Mitos y Enigmas
-
Zascandil, bellaco y gaznápiro: 30 insultos olvidados del castellano clásico
El insulto, la expresión o acción que una persona utiliza con la intención de ofender a otra, ha acompañado a todos los idiomas desde los mismos albores de la humanidad.
-
¿Cuáles son los estados de EE.UU. que llevan nombres de lenguas indígenas?
Regiones como Alabama, Alaska, Iowa, o Dakota deben su nombre a las lenguas de los pueblos originarios americanos.
-
“Catedral negra” de Clermont-Ferrand: Vea fotos de la misteriosa e intimidante construcción
Un antiguo y oscuro monumento, que comenzó a escribirse hace 800 años de edad, domina el horizonte de la región francesa.
-
“Los Infiltrados”: Las misteriosas “X” que aparecen como presagio de muerte para sus personajes
Este detalle oculto aparece en vigas arquitectónicas, cintas en ventanas, sombras, patrones de alfombras y grafitis, siempre que un personaje condenado a morir está en pantalla.




