Bernardo O’Higgins: Los hitos más cuestionados y polémicos de su gobierno

Oscuros episodios ensombrecieron su gobierno, como los asesinatos de los próceres Manuel Rodríguez y José Miguel Carrera.

Guía de: Mitos y Enigmas

Bernardo O’Higgins Riquelme es considerado por la historiografía tradicional como el Padre de la patria, pues su presencia, ya fuera como militar o gobernante, fue decisiva en el proceso de la emancipación chilena de la Corona Española. Ya fuera luchando en las batallas de la Independencia o ejerciendo como primer Director Supremo de la nueva nación, el hijo natural del irlandés Ambrosio O’Higgins -quien fuera gobernador de Chile y virrey del Perú- se constituyó en uno de los próceres más importantes de nuestra historia.

bernardo-ohiggins

La biografía de Bernardo O’Higgins es conocida por muchos desde los tiempos del colegio, cuando se nos enseñaba los hitos más importantes de nuestra historia nacional. Nació el 20 de agosto de 1778, en Chillán Viejo. Cursó sus estudios en Lima y luego en Inglaterra, país donde conocería al venezolano Francisco de Miranda, quien lo iniciaría en la causa independentista americana y las conspiraciones secesionistas. Tras el fallecimiento de su padre en 1801, regresó a Chile a tomar posesión de la hacienda de Las Canteras que le había dejado su progenitor, ubicada en las cercanías de la ciudad de Los Ángeles.

En 1810 fue elegido diputado de la recién formada Junta de Gobierno y nombrado coronel de ejército en 1811. En 1813 ganó notoriedad militar al enfrentarse por primera vez a los realistas en la batalla de El Roble. Su gran rivalidad con José Miguel Carrera, el otro líder chileno de la Independencia, lo llevó a enfrentarse con sus fuerzas en 1814, en el combate de Tres Acequias. Sin embargo, ante la inminente amenaza de las fuerzas realistas dirigidas por Mariano Osorio, primó su espíritu patriota y no dudó en ponerse a las órdenes del mismo Carrera (“mi única condición es estar en la primera línea en el campo de batalla”, le dijo). Durante la reconquista organizó en Mendoza, junto a José de San Martín, el Ejército Libertador de Los Andes, y dirigió la ofensiva chilena. Después que las fuerzas realistas fueran derrotadas en las batallas de Maipú y Chacabuco, asumió como Director Supremo y firmó, el 12 de febrero de 1818, la Proclamación de la Independencia de Chile.

La carga de O'Higgins en la batalla de Rancagua, pintada por Fray Pedro Subercaseaux.

La carga de O’Higgins en la batalla de Rancagua, pintada por Fray Pedro Subercaseaux.

Entre las obras de su gobierno, tuvo especial relevancia la promulgación de las constituciones de 1818 y 1822, la creación de la actual bandera y el himno nacional; la construcción de escuelas primarias, la reapertura del Instituto Nacional y la Biblioteca Nacional, además de la creación de la Escuadra Nacional y la Escuela Militar. O’Higgins también creó la Alameda de las delicias, el Cementerio General y el Mercado de abastos, e inició la construcción del templo Votivo de Maipú. También abolió los títulos de nobleza y los escudos de armas, e introdujo el sistema lancasteriano en la educación. Y en el ámbito económico contrató el primer empréstito con Inglaterra, y estableció los Almacenes franco en Valparaíso, la primera empresa de navegación y los aranceles de aduana. Debido a la férrea oposición a su gobierno, tildado de autoritario, para evitar una guerra civil abdicó a su cargo de Director Supremo de Chile el 28 de enero de 1823, autoimponiéndose un exilio en Perú. Finalmente, falleció en Lima el 24 de octubre del año 1842.

Sin embargo, pese a este lado luminoso de esta figura histórica, no son pocos los autores que cuestionan los aspectos más polémicos de su administración –entre los cuales se encuentra su responsabilidad en los asesinatos de Manuel Rodríguez y José Miguel Carrera- y el carácter marcadamente autoritario y represivo que tuvo su gobierno. Por ello, algunos no han dudado en sindicar a O’Higgins como el primer “dictador” de la patria. Pero ¿Es tan así? ¿Fue Bernardo O’Higgins el padre de la patria o el primer dictador de la misma? ¿O fue ambas cosas a la vez?

El escritor Jorge Baradit, autor de “La Historia Secreta de Chile”, uno de los libros más vendidos en los últimos tiempos en nuestro país, opina que “en este debate hay que partir diciendo que Bernardo O’Higgins fue un emancipador tremendo, que empeñó su fortuna y arriesgó su vida por su país, y que no dudó en subirse a su caballo para ir a combatir a los campos de batalla, pese a que no era un militar. José Miguel Carrera tenía instrucción militar y había combatido en España contra los franceses, al igual que el argentino José de San Martin. Pero O’Higgins no, él era un civil, pero un civil que igual se puso un uniforme para luchar por su país. Con posterioridad O’Higgins demostró ser un guerrero muy bravo. Hay un hecho en la Patria Vieja que lo grafica a cabalidad. En la batalla de El Roble –y me van a disculpar los carreristas- José Miguel Carrera abandona sus tropas frente al ataque realista, y es Bernardo O’Higgins, el que viendo que sus soldados estaban desbandados, se sube al caballo y pronuncia su famosa frase: “O vivir con honor o morir con gloria”. Los soldados, entonces, ven a este hombre que desafía a la adversidad y se aglutinan en torno a él, y transforman así una derrota segura en una victoria. En ese momento O’Higgins se convierte en un gran líder, casi un héroe, al punto que el gobierno patriota posteriormente destituye a Carrera al mando del ejército y nombra a O’Higgins como comandante en jefe de las fuerzas patriotas”.

Bernardo O'Higgins, encarnado por el actor chileno Julio Milostich en la serie "Héroes".

Bernardo O’Higgins, encarnado por el actor chileno Julio Milostich en la serie “Héroes”.

Baradit relata que inmediatamente después que O’Higgins es nombrado Director Supremo, después que José de San Martin declina el cargo, de inmediato comienza a ser criticado por la aristocracia santiaguina, que ven en él a una suerte de “títere” de la logia Lautaro o Logia Lautarina, una logia panamericana de corte masónico que buscaba el fin del poder español en América y apoderarse del gobierno en los países de América Latina recién independizados. “Curiosamente, el artículo 9 de la leyes penales de la Logia Lautaro decía “siempre que uno de los hermanos sea elegido para el supremo gobierno, no podrá deliberar cosa alguna de gran importancia, sin haber consultado el parecer de la Logia”. Todo el mundo sentía que detrás de O’Higgins estaba gobernando el país la Logia Lautaro. Esa era una de las cosas que más les dolía a los chilenos y a los opositores carreristas de la época. Es en este momento que esta aristocracia criolla, que tenía a varios carrerista entre sus miembros, resentida porque su líder había sido dejado de lado del proceso revolucionario –y después asesinado- y porque sentían que O’Higgins era un mero testaferro de San Martín, comienzan a humillarlo llamándolo el “Huacho Riquelme” o Bernardo Riquelme, aún sabiendo que O’Higgins hace unos 15 años que podía usar legalmente su apellido”.

Bernardo O'Higgins y el General José de San Martín en el famoso abrazo de Maipú. Ambos eran miembros de la temida Logia Lautarina.

Bernardo O’Higgins y el General José de San Martín en el famoso abrazo de Maipú. Ambos eran miembros de la temida Logia Lautarina.

Jorge Baradit insiste en definir a O’Higgins como un emancipador y un héroe, pero también como un personaje con luces y sombras. “Bajo su gobierno se ejecutan a opositores sumariamente y se toman decisiones bastante cuestionables, y O’Higgins comienza a comportarse en propiedad como un dictador. En su administración matan cobardemente a Manuel Rodríguez en Tiltil, el mítico guerrillero que preparó con sus montoneras en Chile la invasión patriota, y fusilan a José Miguel Carrera en Mendoza. Es O’Higgins el que les manda una carta de agradecimiento a los militares argentinos por capturar y fusilar a José Miguel Carrera, y también les manda dinero porque había precio por la cabeza de José Miguel Carrera. O’Higgins se regocija públicamente en Santiago por la muerte de Carrera. En un gesto que no puede calificarse sino de deleznable, O’Higgins ordena a emisarios que vayan a la casa de Don Ignacio Carrera, el anciano padre de José Miguel Carrera, para que le notifiquen que debe pagar los costes del fusilamiento de su hijo, y es ahí donde este venerable anciano, que había sido vocal de la primera Junta de Gobierno en 1810, se entera que su hijo no sólo había sido fusilado, sino que su cuerpo desmembrado. Eso es algo que los carreristas todavía no olvidan. O’Higgins, además, desata una razzia contra todos sus enemigos políticos; manda una lista de carreristas chilenos y argentinos para que también sean perseguidos, es decir, forma parte de una especie de “Operación Cóndor” de la época, donde dos gobiernos, el de Chile y Argentina, se coordinan para luchar contra sus enemigos internos. Es decir, O’Higgins es un Padre de la Patria que estuvo involucrado en la muerte de otros próceres que no pensaban como él, algo muy propio de los gobiernos dictatoriales, omnímodos y personalistas. Por supuesto, existen historiadores que afirman que esta “mano dura” de O’Higgins era lo que el país necesitaba para ese período de caos, sin mencionar que en esa época no teníamos idea cómo teníamos que gobernarnos”.

El general José Miguel Carrera, considerado por algunos historiadores chilenos como el "Primer Jefe de la Patria Libre", fue fusilado en Mendoza en 1821. La Logia Lautarina lo consideraba uno de sus enemigos más peligrosos y lo había condenado a muerte antes de su captura.

El general José Miguel Carrera, considerado por algunos historiadores chilenos como el “Primer Jefe de la Patria Libre”, fue fusilado en Mendoza en 1821. La Logia Lautarina lo consideraba uno de sus enemigos más peligrosos y lo había condenado a muerte antes de su captura.

Manuel Rodríguez, el mítico y audaz "guerrillero",figura legendaria de la Historia chilena,  fue alevosamente asesinado en Tiltil en mayo de 1818, supuestamente con la anuencia de Bernardo O'Higgins.

Manuel Rodríguez, el mítico y audaz “guerrillero”,figura legendaria de la Historia chilena, fue alevosamente asesinado en Tiltil en mayo de 1818, supuestamente con la anuencia de Bernardo O’Higgins.

Baradit agrega que “O’Higgins era un personaje complejo y contradictorio, lo que se grafica en varios hechos que le significaron ganarse la antipatía de la aristocracia criolla, como cuando promovió la abolición de los mayorazgos y los títulos de nobleza, la supresión de los escudos de armas y la creación de la Legión al Mérito. Lo paradójico es que algunos años antes, cuando era más joven, el mismo O’Higgins había hecho lo imposible por obtener los títulos de nobleza que le correspondían por su padre, como el título de Marqués de Ballenar (derivado del pueblo de Ballenary, el lugar de Irlanda de donde procedía la familia O’Higgins). O’Higgins había tenido una infancia difícil por no poder usar el apellido de su padre, y más adelante tuvo que luchar mucho en Lima para usar el apellido O’Higgins. Sin embargo, cuando él tiene un hijo con Rosario Puga, actúa exactamente igual que su padre. Esconde a su hijo, no lo enseña públicamente. Su Hijo Demetrio, de hecho, es inscrito en la iglesia de San Isidro como de padre desconocido. Más adelante, cuando Bernardo O’Higgins se encuentra exiliado en el Perú, cuando lo iban a visitar delegaciones oficiales, su hijo siempre era escondido, jamás era presentado a las visitas”.

articles-99344_thumbnail

La abdicación de O'Higgins.

La abdicación de O’Higgins.

 

Baradit agrega que O’Higgins, quien ya llevaba cuatro años como director supremo, en 1822 convocó a elecciones para una Asamblea Constituyente. Pero su ministro José Antonio Rodríguez Aldea intervino mañosamente en la elección de constituyentes, logrando la aprobación de un proyecto donde se establecía que el Director Supremo ejercería seis años, pudiendo ser reelegido por cuatro más. Esto significaba que O’Higgins podía gobernar por otros diez años. Esto, por supuesto, terminó colmando la paciencia de la aristocracia criolla, “En diciembre de 1822 se organizó un movimiento opositor encabezado por Ramón Freire, que no aceptaba la legitimidad del gobierno de O’Higgins. O’Higgins, para evitar una guerra civil, abdica y entrega el poder, autoexiliándose más tarde en el Perú. Si bien la sociedad chilena de la época decía “no queremos a este dictador, a este pequeño monarca”, cuando O’Higgins, una vez que renuncia a su cargo, sale del edificio de la Real Audiencia, sus mismos opositores lo aplauden, porque entienden que O’Higgins es un héroe de la Independencia, pero también saben que es insufrible para el país seguir teniéndolo como gobernante. Resumiendo, frente a la pregunta de si Bernardo O’Higgins fue el Padre de la patria o el primer dictador de la misma, creo que fue las dos cosas. Fue el Padre de la patria, pero como todo padre también pegó “coscachos” e hizo algunas cosas malas. O’Higgins fue un emancipador, un libertador, un prócer nacional, pero también fue el primer dictador que tuvo Chile y él debió dejar el poder precisamente en parte por eso. Tres años después que O’Higgins se exilia en el Perú, estuvo involucrado en un intento de derrocamiento del gobierno chileno, en el llamado “período de Anarquía”. Y después que el general José Joaquín Prieto triunfa en la batalla de Lircay sobre las fuerzas liberales de Ramón Freire, los conservadores lo primero que quieren es llamar de nuevo a O’Higgins para que vuelva de nuevo al poder, porque O’Higgins, a esa altura, era el emblema del conservadurismo nacional y del gobierno fuerte y autoritario que pudiera poner orden. Por eso el general Augusto Pinochet siempre se sintió reflejado en Bernardo O’Higgins”.

La admiración de Augusto Pinochet por O’Higgins

Con respecto a la admiración que sintió Pinochet por el libertador de la patria, Baradit es categórico. “A Pinochet le encantaba la figura de O´Higgins, lo puso en las medallas, en las monedas, en todos lados. En el edificio Diego Portales, cuando Pinochet pronunciaba sus discursos, atrás se podían leer las fechas 1810-1818 y 1973-1980. Pinochet siempre hablaba del golpe de Estado de 1973 como una segunda independencia de Chile; el Ejército chileno se funda con la espada de O’Higgins; Pinochet es el que termina el Templo Votivo de Maipú. Hay una serie de gestos para identificarse con O’Higgins por parte de Pinochet y eso terminó dañando mucho a don Bernardo”.

Monumento a Bernardo O'Higgins.

Monumento a Bernardo O’Higgins.

El periodista Alfredo Sepúlveda en su obra “Bernardo”, una exhaustiva investigación sobre la vida del prócer chileno, también asegura que Pinochet intentó fusionar su imagen con la figura autoritaria del “director supremo”. Sepúlveda grafica esta intención en varios hechos, como el que ocurrió el 20 de agosto de 1979, cuando los restos de don Bernardo O’Higgins -que se encontraban sepultados en el Cementerio General de Santiago- fueron trasladados al llamado Altar de la Patria, ubicado frente al Palacio de la Moneda, en la Alameda que actualmente también tiene el nombre del Libertador.

Sepúlveda en su obra rememora que “cuatro cadetes llevaron la urna a la cripta. Tras ellos ingresaron los miembros de la Junta y Pinochet. En el momento en que la urna de nogal se depositó en la tumba, de mármol de Carrara, varios tiros de cañón retumbaron afuera. Ya en la calle, Pinochet empezó su discurso repitiendo la idea del año anterior: que el Gobierno de Allende había apartado al país de los valores tradicionales que encarnaba Bernardo: ” Hoy este Gobierno –dijo-, que es de todos los chilenos, tiene el deber y la obligación de poner en su verdadero sitial el cúmulo de virtudes que conforman el alma del pueblo chileno”. Luego contó una versión resumida de la vida del prócer. Dios, por supuesto, tenía que ver en esa biografía. “Era el momento, dijo al referirse al comienzo de la Patria Vieja, que el Todopoderoso le tenía reservado para situarlo en el umbral de la historia”. Esta vez fue más explícito en el tema de los “timoratos” y del uso de la autoridad. Según Pinochet, mientras Bernardo estuvo en el Gobierno “fue necesario aplicar sanciones a quienes se oponían a la causa libertaria, tomar medidas drásticas contra los aferrados a los viejos esquemas, o a los pusilánimes o temerosos a perder posiciones”. Él estaba llamado a hacer exactamente eso. “Tal cúmulo de medidas fue creando en el ambiente ( ) un rumor, al que no se le puso atajo oportuno”. Por supuesto, Pinochet ponía atajos oportunos a todo lo que podía significar una pérdida de poder. El discurso se acercaba a su fin. Entonces dijo, en un párrafo que bien podía ser una metáfora del padrenuestro católico:

-Padre de la patria, ilumina a nuestros ciudadanos en el verdadero amor a Chile, a su bandera, a sus leyes e instituciones de la nación por la que tanto hicisteis un día.

Embargado por la emoción, el tono de su voz se agudiza todavía más:

-¡Valiente soldado de El Roble! ¡Vencedor de Chacabuco! ¡Héroe de Rancagua!: guía los pasos de este nuevo Chile al que tú siempre aspirasteis”.

Sepúlveda agrega que “el aplauso fue estruendoso. Si alguna vez Pinochet fantaseó con la idea de que él y Bernardo eran figuras históricas similares, ahora se atrevía a proclamar públicamente esa fantasía. El Chile que Pinochet había reformulado, el que se identificaba con la autoridad y el orden, ese bastión de Occidente frente a la amenaza del comunismo, el que gozaba de vacas gordas económicas, el que recurría a las fuerzas de la noche para aniquilar a los adversarios políticos, era, por arte y magia de la política comunicacional del régimen, el que O’Higgins siempre había querido. Sin arte ni parte en el asunto, los huesos de Bernardo descansaban ahora frente a la avenida que él soñó como una encantadora calle llena de álamos, fuentes de agua, niños, familias y cometas, y que en ese momento era una avenida repleta de fervientes partidarios del general Pinochet. Al juego de cadáver exquisito Pinochet había añadido un nuevo renglón. No solo Bernardo era el padre de la Patria, la figura que servía para unir al país, la que evitaba que los chilenos se desintegraran como nación a causa de las presiones sociales que habían transformado al resto de Hispanoamérica en un festival de anarquía. Pinochet había dibujado a Bernardo como su antecesor directo. El Chile de Pinochet, parecía querer decir esta ceremonia, era el de siempre, el original. Pinochet, por lo tanto, simplemente había devuelto las cosas al cauce del cual nunca debieron haber salido. Ajeno a los tumultuosos cambios ocurridos en los 137 años que mediaban desde su muerte, Bernardo no podía pronunciarse al respecto”.

Más sobre Mitos y Enigmas

Comentarios Deja tu comentario ↓
Síguenos en Facebook X