El “Empampado” Riquelme: La misteriosa historia del hombre que “desapareció” 43 años

En 1956 el chillanejo Julio Riquelme viajó en el Tren Longino hacia Iquique para asistir al bautismo de un nieto. Sin embargo jamás llegó a destino y sus calcinados restos fueron encontrados cuatro décadas más tarde en medio del desierto.

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En la tarde del jueves 2 de febrero de 1956, Julio Riquelme Ramírez, funcionario del Banco del Estado de Chillán, se subió al tren Longitudinal Norte (conocido coloquialmente como el Tren Longino), en La Calera con destino a Iquique. Iba al bautizo de uno de sus nietos, así que llevaba una gran maleta y algo de comida para el camino, pues estaba al tanto que el viaje en ese medio de transporte duraba tres días y tres noches. Sin embargo, Riquelme jamás llegó a Iquique. Los familiares que fueron a la estación a esperarlo jamás lo encontraron, aunque posteriormente si hallaron sus maletas. Tras hacer las debidas averiguaciones, se enteraron que la última vez que alguien lo había visto fue arriba de uno de los vagones del Tren Longino, cerca de la estación Los Vientos, ubicada a unos 100 kilómetros al sur de Antofagasta. A partir de entonces nada más se supo de él.

Tuvieron que pasar 43 años para que por fin se ubicara su paradero. En enero de 1999, unos geólogos que se encontraban haciendo unas prospecciones mineras encontraron el esqueleto asombrosamente bien conservado de una persona, tendido de cara al sol, con uno de sus pies sobre su sombrero, en medio del desierto de Atacama, solitario y abandonado junto a sus pertenencias.

Empampado Riquelme

En un primer momento, la policía y la prensa aventuró que podía tratarse de un detenido desaparecido, pero al escudriñar entre sus pertenencias se encontraron una billetera de color café que contenía billetes muy antiguos, un carnet de identidad, una credencial del Partido Radical y otra del Deportivo Progreso de Chillán. El nombre que figuraba en todos los documentos no dejó lugar a dudas sobre la identidad del cadáver: Julio Riquelme Ramírez.

Además de la billetera, se encontraron entre las ropas un reloj, una lapicera Parker, un anillo, una chequera, llaves oxidadas, sujetadores laterales de anteojos, un par de cristales ópticos, un destapador de botellas, un cortaplumas pequeño, fotografías familiares, tarjetas de bautizo, un contrato de trabajo del Banco del Estado y dos gomas de borrar.

Julio Riquelme
Empampado Riquelme 1

Una vez que se identificó el cuerpo de Julio Riquelme se notificó del hallazgo a su familia. Uno de sus hijos, Ernesto Riquelme, quien aún vivía por entonces en Iquique, viajó hasta Antofagasta a reconocer las pertenencias de su fallecido padre, a quien la prensa comenzó a llamar ” El Empampado Riquelme”. Ernesto relató en esa oportunidad que “nuestro padre nunca llegó a destino. Sólo apareció una maleta con su ropa y algo de comida, pero él no. Nunca supimos qué le pasó. Llevaba varios años separado de mi madre y de sus hijos”.

Las teorías para explicar los motivos que llevaron a Julio Riquelme a bajarse del Tren Longino e internarse en medio del desierto fueron numerosas. Algunos pasajeros que lo vieron en el tren aseguraron que el hombre se emborrachó y cayó en el desierto. Otros, en tanto, afirmaron que se bajó voluntariamente del Tren Longino y decidió irse caminando a Bolivia, quizás intentando buscar una vida nueva.

El profesor y cronista ferroviario Julio Ortega Ilabaca, autor del libro “El maravilloso Viaje del Longino”, todavía conserva un recuerdo muy nítido de su paso por la estación Los Vientos cuando viajó por primera vez a bordo del Tren Longino en 1973, cuando sólo tenía 15 años. Un lugar, a su juicio, imposible de olvidar, por cuanto, tal como describe en una de las páginas de este libro, “su nombre se debe a las continuas ventoleras que lo azotan, tan fuertes que cuesta mantenerse de pie y el aire es tan achicharrante, que parecía como si hubieran abierto de par en par las puertas del infierno”.

Respecto del caso del “Empampado” Riquelme, Julio Ortega aventura una hipótesis muy personal para explicar su desaparición y posterior hallazgo en el desierto, basada en su propia experiencia como pasajero del Tren Longino, cuyo servicio de pasajeros se suprimió para siempre en junio de 1975. “Creo que Julio Riquelme se bajó del tren cuando era de noche, en una de las breves paradas de uno o dos minutos que hacía el ferrocarril en las estaciones pequeñas, para hacer sus necesidades fisiológicas en el desierto, ya que en esa época los baños del Tren Longino estaban siempre ocupados o, derechamente, se encontraban muy desaseados. Y mientras se encontraba en esos menesteres se le fue el tren y se quedó solo en el desierto. Posiblemente en la noche en que él se bajó no había luna, y la noche estaba muy cerrada, con mucha oscuridad. Y este señor caminó y caminó, y se terminó perdiendo en el desierto. Si hubiera habido luna quizás hubiera podido ver las siluetas de los cerros o el brillo de las vías, que en ese tiempo estaban brillantes. Quizás cuando amaneció caminó hacia el oeste, pero terminó falleciendo de insolación o hipotermia. Y como no hay animales en el desierto, su cuerpo quedó tendido intacto en el desierto y no se desintegró por efecto del intenso calor”.

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El periodista Francisco Mouat, autor del libro “El Empampado Riquelme”, también se planteó en este volumen las razones por las cuales este personaje terminó perdido en medio del desierto y desentrañó ciertas costumbres y algunos reveladores rasgos de su personalidad. Así, por ejemplo, nos enteramos del carácter huraño y solitario del chillanejo, su afición a las mujeres, el litro y medio de vino que bebía sagradamente todas las noches antes de dormir y la difícil relación que mantenía con todos sus vástagos.

Mouat, para dilucidar el motivo que empujó a Riquelme a bajarse del tren y perderse en el desierto, buscó la ayuda de una psíquica, Gina Nanetti, quien le entregó algunas reveladoras pistas. Según esta vidente, “Julio Riquelme se arrojó del tren y, al caer, parece que quedó inconsciente. Pareciera que el hecho de tener que regresar y confrontar su situación familiar fue algo muy fuerte para él. A medida que el tren iba avanzando hacia Iquique, él también iba recordando momentos de su historia con su antigua mujer, con su familia, sus hijos. Primero él sufrió un dolor en el estómago y por eso empezó a ir al baño. Después empezó a surgirle emocionalmente la crisis de pánico. Pánico de ver a su mujer, a sus hijos, a su familia. Por un lado sentía culpa y, por otro lado, pánico. Entonces, en un momento de desesperación, Julio Riquelme se lanzó al desierto desde el tren y ahí quedó inconsciente. Cuando despertó siguió sintiéndose mal y, en una especie de suicidio, se internó en la pampa”.

Esta versión de la historia fue corroborada parcialmente por el testimonio de Jorge Herrera, otro pasajero del Tren Longino que coincidió en el mismo vagón de pasajeros en el que viajó el desventurado Julio Riquelme. Herrera aseguró que “ya en el desierto, en plena pampa, cuando comenzaron a aparecer las estaciones-paraderos, este caballero empezó a sentirse mal. Se empezó a sentir raro. Empezó a pararse, iba al baño, caminaba hasta el comienzo del carro y volvía. De repente, en uno de estos viajes que hacía, parece que venía del baño, se paró, abrió la maleta, sacó varias cosas que se fue metiendo en los bolsillos, cerró la maleta, la dejó puesta arriba y salió a tranco largo hacia adelante. A partir de ese momento nunca más nadie supo de él”.

Los restos del “Empampado” Riquelme permanecen actualmente sepultados en el Cementerio 3 de Iquique. Su misteriosa e insólita muerte quizás, tal como aseguraron algunos testigos que lo vieron por última vez con vida, quizás sí fue provocada por un acto espontáneo e impensado, como triste epílogo de la existencia de un pasajero que decidió bajarse de un tren en marcha y brindarle su último hálito de vida al vasto y calcinante desierto chileno.

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