¿Es verdad que usamos sólo el 10% de nuestro cerebro? Un mito clásico

Existe la creencia generalizada de que podríamos ser mucho más brillantes si lográramos aprovechar ese 90% restante. ¿Es así?

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A principios del siglo XX, el filósofo William James, uno de los padres de la Psicología en Estados Unidos, argumentó en su obra “The Energies of Men” (1909) que “estamos haciendo uso de solo una pequeña parte de nuestros posibles recursos mentales y físicos”, palabras que inspirarían a otros autores como Lowell Thomas a afirmar en el prólogo del famoso best seller “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” que los seres humanos sólo utilizábamos el 10 por ciento de nuestro cerebro.

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Esta creencia ganaría aún más fuerza con los primeros estudios científicos del cerebro, que sugerían que gran parte de la corteza cerebral permanecía “silenciosa” o “inactiva”, hecho que también demostraron los primeros electroencefalogramas, los cuales sólo podían detectar un pequeño porcentaje de la actividad cerebral.

Todos los elementos anteriormente descritos, entonces, ayudaron a forjar el mito y la creencia generalizada de que los seres humanos sólo usábamos el 10 por ciento de nuestro cerebro, sugiriendo de paso que mediante algunos procesos una persona podía ser capaz de aprovechar ese potencial no utilizado y que, al hacerlo, podía producir un aumento significativo de su inteligencia y sus habilidades mentales. Algunos estudiosos en fenómenos paranormales, incluso, han sostenido que -para justificar los poderes psíquicos- mediante un entrenamiento apropiado, el 90 % del cerebro humano “inutilizado” podría servir para llevar a cabo habilidades como la telequinesis y la percepción extrasensorial.

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Pero ¿Esto es realmente así? ¿Usamos sólo el 10 por ciento de nuestro cerebro o sólo se trata de un mito?

Para decepción de muchos, los estudios científicos han demostrado que los seres humanos usamos en realidad toda la capacidad de nuestro cerebro, incluso en las tareas más ínfimas. Cuando se observa el cerebro mediante una resonancia magnética, puede verse claramente que ninguna zona del cerebro permanece inactiva, ni siquiera mientras dormimos, pues durante el sueño el cerebro lleva a cabo tareas tan importantes como consolidar la memoria.

Además, los estudios sobre el daño cerebral también han invalidado este extendido mito. Si el 90 % del cerebro no fuera utilizado, entonces cuando se lesionan ciertas áreas del mismo no se debería afectar el funcionamiento cerebral, pero, por el contrario, ha quedado totalmente demostrado que no existe ninguna área del cerebro que pueda ser dañada sin que se pierda alguna habilidad, ya que incluso los daños en las áreas más pequeñas del cerebro pueden acarrear consecuencias graves.

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La idea de que el 90% restante de nuestro cerebro permanece ocioso también resulta absurda si se calcula el uso de energía que requiere el funcionamiento del cerebro. Mientras que los cerebros de los roedores y perros consumen el 5% de la energía total del cuerpo y el de un mono consume el 10% de la energía, el cerebro de un ser humano, que en un adulto representa solo el 2% de su masa corporal (un kilo y medio aproximadamente), consume el 20% de la glucosa diaria, lo que supone un consumo energético desmesurado. Por lo demás, si fuera cierto que el 90 % del cerebro no fuese necesario, los seres humanos con el cerebro más pequeño tendrían más ventajas para sobrevivir, ya que sus cerebros serían más eficientes, lo que significaría un gran costo desde el tipo de vista evolutivo.

El neuropsicólogo español José Ramon Gamo, en una entrevista concedida al diario “El País”, afirmó tajantemente que “es totalmente falso que utilicemos solo el 10% de nuestro cerebro. La neurociencia ha demostrado que en la realización de tareas comunes utilizamos el 100% de nuestro cerebro. Tecnologías como la resonancia magnética han aportado luz en cuanto a los niveles de activación cerebral y han demostrado que solo cuando se ha sufrido una lesión cerebral y esta provoca daños graves se observan áreas del cerebro inactivas. También se ha demostrado que incluso cuando dormimos todas las partes de nuestro cerebro presentan algún nivel de actividad”.

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El doctor Pablo Irimia, neurólogo de la Sociedad Española de Neurología, aseguró por su parte en una entrevista en el diario “La Vanguardia” que todas las evidencias apuntan a que “el cerebro está funcionando en su totalidad para el correcto funcionamiento de los mecanismos de pensamiento o de movilidad. Por lo tanto, pensar que tenemos unas capacidades ocultas que podríamos potenciar para mejorar, no es real, aunque es verdad que, como cualquier otro órgano, si potenciamos la actividad del cerebro mediante una actividad intelectual, como la lectura, podemos incrementar el número de conexiones que tenemos en el cerebro y facilitar que nuestra capacidad para pensar cosas o el pensamiento lógico esté mucho más desarrollado. Por lo tanto, no es que aún queden “poderes y capacidades ocultas” del ser humano por descubrir, sino que todavía no se conoce del todo los secretos que entraña este fascinante órgano”.

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Irimia concluyó que, a su juicio, el mito de que usamos sólo el 10 por ciento de nuestro cerebro se ha extendido debido a un mal entendido respecto al número de células, pues las neuronas solo componen el 10 % (aproximadamente) de las células del cerebro, ya que el resto son células gliales que, a pesar de estar implicadas en el aprendizaje, funcionan de manera distinta a las neuronas. “No todo el cerebro está formado por neuronas, que representan aproximadamente un 10% del mismo. También tenemos otros tipos de células que sirven de soporte para el buen funcionamiento de las neuronas y el cerebro. De ahí, que el porcentaje de neuronas haya podido ser confundido con la capacidad cerebral empleada”.

Por lo pronto, si bien el famoso mito del uso del 10 por ciento del cerebro ha sido demolido por la ciencia, este fascinante órgano, el mismo que nos ha permitido convertirnos en la especie más inteligente y dominante del planeta, todavía esconde otros misterios por resolver. Se ha demostrado, por ejemplo, que las personas más inteligentes tienen una actividad cerebral por debajo de la media, lo que sugeriría que sus circuitos cerebrales son más eficientes, ya que necesitarían poner en juego menos “recursos” que el resto.

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