Esparta: ¿Por qué fue el pueblo guerrero más famoso de la historia?

Tal como lo mostraba la famosa película “300”, los espartanos, con una disciplina de extrema dureza, eran criados desde la cuna para transformarse en los soldados más implacables y letales del mundo antiguo.

Guía de: Mitos y Enigmas

Esparta fue una de las más famosas polis de la Antigua Grecia (junto a Atenas y Tebas), ubicada en la península del Peloponeso, a orillas del río Eurotas. Surgió como una entidad política de importancia luego que los dorios, un pueblo indoeuropeo que compartía idioma y costumbres con los antiguos jonios y los aqueos, invadiera la región de Laconia y subyugara a la población local.

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Hacia el año 650 a. C. Esparta ya era una potencia militar en el conjunto de la Antigua Grecia y, gracias a su enorme poderío militar, fue una de las ciudades que lideraron a los aliados griegos durante las famosas Guerras Médicas contra los persas en la primera mitad del siglo V A. C, donde tendría lugar la famosa batalla de las Termópilas, cuando 300 soldados espartanos, comandados por su rey Leónidas, defendieron durante varios días valerosamente el desfiladero del mismo nombre ante un ejército de casi 200 mil hombres, retrasando en forma notable el avance de los persas, y permitiendo a la flota ateniense replegarse hacia Salamina, lugar donde ésta obtendría una decisiva victoria marítima. A este triunfo le seguiría la decisiva victoria de Platea, donde tropas espartanas y atenienses lograron expulsar definitivamente al invasor.

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Después del triunfo de los griegos sobre los persas, entre el 431 y el 404, Esparta se convertiría en la rival directa de Atenas, su antigua aliada, en la Guerra del Peloponeso, de la que salió victoriosa pagando un alto costo. Esparta se había lanzado supuestamente a esta conflagración interna enarbolando las banderas de la libertad y de la autonomía de las ciudades, amenazadas por el imperialismo ateniense, pero, tras haber vencido, se comportaría igual o peor que su antigua aliada: impuso tributos abusivos, gobernantes títeres e incluso apostó guarniciones en las ciudades que amenazaban con rebelarse. A partir del año 413 AC el historiador griego Tucídides describiría a Esparta como la potencia que “ejerce sola desde ahora la hegemonía sobre toda Grecia”.

Una sociedad clasista

Esparta fue una ciudad única en la Antigua Grecia por su sistema social y su constitución, que estaban completamente centrados en la formación y la excelencia militar. Sus habitantes estaban clasificados en varios estatus: Los únicos que poseían derechos políticos eran los denominados “espartiatas”, que tenían descendencia consanguínea con el pueblo indoeuropeo de los dorios. Llamados también “astoi” (“ciudadanos”) u “Homoioi” (“Pares” o “Iguales”), conformaban una minoría privilegiada, pues al momento de nacer recibían una parcela de tierra junto con unos ilotas o siervos, que conservaban toda su vida. Un auténtico espartiata debía ser hijo de padres espartiatas, haber recibido la “agogé” o educación espartana, comer junto a los demás ciudadanos en los comedores públicos y poseer una propiedad suficiente como para permitirle sufragar los gastos de su ciudadanía. Conformaban una minoría privilegiada que poseía las tierras, ocupaba los cargos públicos en forma exclusiva y concentraba el poder militar. Los trabajos manuales y de la tierra eran considerados tareas denigrantes para ellos, los que eran realizados por los ilotas, los siervos descendientes de las comunidades campesinas sometidas a la fuerza por los espartiatas.

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Los periecos o habitantes de la periferia, en tanto, eran descendientes de los miembros de las comunidades campesinas sometidas. No disfrutaban de ningún derecho político, aunque poseían el monopolio del comercio y compartían el de la industria y la artesanía con los ilotas.

Soldados formados desde la cuna

Esparta se transformó en la mayor potencia militar de todo el territorio griego gracias a la famosa educación espartana o “agogé”, un sistema educativo obligatorio, colectivo y público e introducido a partir de las reformas de Licurgo (un legendario legislador al que se atribuía la redacción de la Constitución de la antigua Esparta) enfocado principalmente a transformar a sus ciudadanos en férreos e implacables soldados, preparándolos para la guerra y para defender el honor de su patria.

Los futuros soldados espartanos eran preparados prácticamente desde la cuna, pues Esparta practicaba una rígida eugenesia. Después de nacer, cada niño espartano era examinado por una comisión de inspectores del Estado para determinar si era sano y estaba bien formado. Si el niño tenía algún defecto físico se le consideraba una boca inútil y una carga para la ciudad y se lo llevaba al pie del monte Taigeto, donde se le arrojaba a un barranco. Los afortunados bebés que pasaban la inspección comenzaban su largo camino a convertirse en ciudadanos obedientes y valientes e implacables guerreros. Se dice que, para probar su resistencia, los bebés eran bañados íntegramente en vino sin diluir para ver su reacción, que eran ignorados cuando lloraban y también que eran entrenados para no temer a la oscuridad.

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NIÑOS ESPARTANOS

La educación espartana se basaba en estrictas y rigurosas reglas de disciplina, obediencia y sometimiento a la autoridad. Los padres no educaban a sus hijos ya que, a partir de los siete años, los niños pasaban a depender del Estado y recibían una instrucción muy severa. A esa edad, para que no se volvieran débiles, eran separados de sus madres e internados en barracones comunales. Allí aprendían a leer y escribir, pero también a sobrevivir en un mundo hostil, aprendiendo sofisticadas técnicas de manejo de armas, técnicas de caza y lucha y dándole una gran importancia a los ejercicios físicos, además de liberarse de los miedos infantiles, la oscuridad, la soledad y las supersticiones. Para que comenzaran a experimentar el rigor y la dureza de la vida castrense, además, estaban obligados a andar descalzos y a vestir la misma ropa durante todo el año.

A partir de entonces, y hasta los diecisiete o dieciocho años, la educación se caracterizaba por su extrema dureza, encaminada a crear soldados obedientes, eficaces y apegados al bien de la polis, más que a su propio bienestar o a su gloria personal. A los varones les hacían pasar progresivamente por una serie de pruebas y sufrimientos que tenían el propósito de endurecerlos. A veces, los educadores promovían peleas entre ellos con el fin de estudiar sus cualidades y su valor individual. Les hacían pasar hambre y frío, correr descalzos por lugares pedregosos y dormir sobre cañas que ellos mismos cortaban con las manos. Como los espartanos odiaban los discursos, aprendían a hablar poco y a decir las cosas de la manera más exacta y con el menor número de palabras posible (el llamado “laconismo”). Se les exigía obediencia ciega y los castigos en caso de desobediencia iban desde morderles el pulgar hasta darles latigazos. Les estaba permitido robar comida, pero si los descubrían eran castigados. No por haber robado, sino por haber sido sorprendidos. Comían comidas frugales pero nutritivas, y por ello se los veía casi desnutridos, pero ágiles y alertas. Los que no conseguían terminar la “agogé”, por cierto, no eran considerados espartanos con derechos.

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Entre los 18 y los 20 años los jóvenes eran abandonados en el campo para que aprendieran a sobrevivir con sus propios medios. Superar esta prueba de iniciación, llamada “criptia”, daba a los muchachos la ciudadanía y la posibilidad de incorporarse al ejército. En caso de fracasar, corrían el peligro de convertirse en periecos. Las niñas, por su parte, también acudían a la escuela desde los siete años. Allí, además de educación, recibían el mismo entrenamiento físico que sus hermanos. Así se intentaba garantizar que, en el futuro, tuvieran hijos más sanos.

Los jóvenes espartanos bajo tutela militar, antes de llegar a la vida adulta, debían pasar por un duro ritual conocido como la «diamastigosis», una práctica donde eran azotados brutalmente frente al altar del templo de Artemis Orthia para poner a prueba su resistencia física. El nivel de violencia era tan extremo, que los casos de muerte durante el ritual no eran pocos.

A los veinte años el espartano recibía las armas de guerrero y los primeros derechos políticos de ciudadano. Hasta los 30 años no era más que un soldado, y aunque podía casarse antes de esa edad, debía vivir en el cuartel. Después de los 30 años, ya era un ciudadano con pleno goce de sus derechos y disponía de un poco más de independencia. El compromiso con las armas era tan absoluto que los guerreros debían permanecían en servicio activo hasta alcanzar los 60 años. De las tareas vitales, como la agricultura o la manufactura de productos, como se mencionó anteriormente, se ocupaban las clases bajas, que estaban conformadas por los ilotas y los ciudadanos libres de las zonas periféricas a la región de Laconia.

Leonidas the King of Sparta - Picture by Constantino Topas

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Los soldados espartanos, preparándose en todo momento para un eventual escenario de guerra, seguían una dieta estricta. Devotos del culto al físico, comían raciones livianas y casi insuficientes, aunque nutritivas. El plato más imprescindible era su célebre “sopa negra” hecha de sangre, vino y vísceras. Los ciudadanos con sobrepeso eran ferozmente ridiculizados en público y corrían el riesgo de ser expulsados de su ciudad. Aunque consumían vino, los espartanos se cuidaban mucho de beberlo en exceso, y hasta llegaban a forzar la borrachera de los esclavos para demostrar a los más jóvenes lo peligroso de sus consecuencias. Otra de las instituciones instituidas por Licurgo fue la comida en público: todos los hombres estaban obligados a pertenecer a un especie de sociedad gastronómica formada por 15 miembros, a la que a aportaban con productos como harina, vino, queso, higos y algo de dinero para carne. Estos clubes, además de evocar los conceptos de ahorro y amistad, eran una efectiva vía para mantener la cohesión y la convivencia, así como una escuela para los más jóvenes. Además servían de control para mantener alejada la gula y la obesidad, dos vicios detestados en Esparta.

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Los hombres se casaban por lo general recién a los 30 años de edad, mientras que las mujeres podían hacerlo antes. Los espartanos veían al matrimonio como un medio para concebir más guerreros, a tal punto que los ciudadanos eran instruidos a considerar la salud y la aptitud de su pareja a la hora de elegirla. Los solteros no eran bien vistos por no cumplir su deber y a menudo eran burlados y humillados en fiestas religiosas. La educación de las niñas se encaminaba a crear madres fuertes y sanas, aptas para engendrar hijos vigorosos. Como el Estado se hacía cargo de los hijos, y los maridos pasaban largas temporadas participando de las guerras, las mujeres eran las que manejaban y administraban la hacienda y llevaban las riendas del hogar. Estaban tan poco supeditadas al varón que se cuenta que una vez una mujer ateniense llegó a preguntarle a Gorgo, esposa del rey espartano Leónidas, por qué, entre todas las mujeres, sólo las espartanas dominaban a sus hombres, a lo que ésta respondió:“Será porque sólo nosotras parimos verdaderos hombres”.

“Vencer o morir”, el lema de Esparta

Los espartanos se entrenaban para combatir ferozmente y sin miedo, hasta que el último soldado quedara en pie, pues rendirse no era una alternativa en el campo de batalla. Aquellos que por cualquier razón entregaban sus armas, terminaban cometiendo suicidio, empujados por la extrema vergüenza. En las necrópolis espartanas las tumbas sólo llevaban la inscripción del nombre del difunto en dos casos: el de las mujeres muertas al dar a luz y el de los soldados caídos en batalla.

La educación espartana estaba orientada hasta tal punto al arte de la guerra que dos de las máximas más conocidas eran “vencer o morir” y “Los espartanos no preguntan cuántos son los enemigos, sino dónde están”. Además, era proverbial el consejo que las madres espartanas solían decir a sus hijos cuando éstos partían hacia una batalla: “Vuelve con el escudo o sobre él”, en referencia a que mantuviesen el honor y no se rindiesen nunca aunque con ello perdieran la vida.

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Antes de la famosa batalla de las Termópilas, cuando 300 guerreros espartanos escribieron para siempre su nombre en la historia, se cuenta que los invasores persas antes de entrar en batalla enviaron un emisario al rey Leónidas para pedirle que depusiera sus armas. El general espartano, con el laconismo proverbial de su patria, sólo respondió “ΜΟΛΩΝ ΛΑΒΕ” (“Ven y tómalas”). Y el mismo Leónidas, cuando unos espías griegos le contaron que los persas eran tan numerosos que cuando lanzaban sus flechas al aire ocultaban la luz del sol, comentó: “Mejor, así pelearemos a la sombra”.

Entrenados desde la infancia para soportar el dolor, agitados por un impulso patriótico ferviente y ávidos estudiosos de la estrategia, los espartanos mantuvieron la preponderancia en Grecia durante el siglo V a. de C gracias al desarrollo de su técnica militar, que consistía básicamente en el empuje frontal de sus hoplitas, una masa de guerreros dotados de armaduras pesadas. Pero estos mismos éxitos terminarían ahogando a una sociedad en un militarismo ciego que anuló todas sus otras capacidades, hasta el punto de que la actividad cultural en la polis casi cesó por completo. La derrota de los espartanos ante la ciudad de Tebas en la batalla de Leuctra, librada en el 371 a. C. marcó el final de su hegemonía en Grecia, aunque mantuvo su independencia política hasta la conquista romana de Grecia en el año 146 AC. Durante la dominación romana, ya sin ambiciones militares ni políticas, Esparta se concentró en la más llamativa de sus tradiciones: la educación espartana, la que se endureció, atrayendo a los “turistas”, ávidos de ritos violentos y extraños.

Falange espartana

Esparta, en plena decadencia del imperio romano, viviría el comienzo del fin. Fue saqueada por los hérulos en el año 267, y definitivamente arrasada por Alarico I, rey de los visigodos, en el año 395. Su particular idiosincrasia belicosa no sólo fascinó a sus coetáneos, sino que con el correr de los siglos, su exacerbado militarismo sería reivindicado por varios dictadores del siglo XX, como Mussolini, Stalin y, especialmente, Adolf Hitler.

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