La desconocida adicción a las drogas de Adolf Hitler

Un reciente libro aseguró que el Führer fue un "adicto consumado" a algunas drogas como el Eukodal, una poderosa mezcla de cocaína y heroína.

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Hitler

De Adolf Hitler (1889-1945), el Führer del Tercer Reich, cuya agresiva política internacional desencadenó la Segunda Guerra Mundial, se saben varias cosas. Que fue un arquitecto y un pintor frustrado, además de un antisemita declarado y un furioso pangermanista que deseaba posicionar a Alemania como potencia mundial.

Sin embargo, pocos saben que detrás del supuesto líder carismático, impasible ante el dolor ajeno y la adversidad, y frío como un témpano, se escondía también un hombre casi hipocondríaco que al final de su vida consumía regularmente un peligroso cóctel de adictivas drogas y estimulantes para alejar a las enfermedades y mantenerse “activo”. La madre de Hitler, Klara Pölzl, había fallecido de cáncer mamario cuando sólo tenía 47 años, lo que indujo a pensar a Adolf Hitler que él también moriría en la flor de la vida.

“Hitler temía seriamente no vivir mucho tiempo, por lo que alejó a la carne de su dieta habitual. Además no venía alcohol ni café y tampoco fumaba. Desde 1935 su imaginación se vio cada vez más dominada por unas molestias estomacales que intentaba curar con un régimen de autolimitaciones. Parecía desesperado cuando, señalando su plato, decía: “¡Y se supone que un hombre tiene que vivir con esto!… A mí ya casi nada me sienta bien, y tengo dolores después de cada comida” “, explicó Albert Speer, el arquitecto más famoso del Tercer Reich y amigo personal de Hitler, quien reveló en sus Memorias que el punto débil del Führer en el inicio de su carrera política en los años 30’ y en la cúspide de su poder radicaba en sufrir de hipocondría o temor a enfermedades imaginarias, aunque en la etapa final de su vida Hitler si terminó sufriendo de varias dolencias, como dolores de estómago, estreñimiento, aerofagia, insomnio, trastornos cardiacos y los primeros síntomas del mal de Parkinson.

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El médico personal de Hitler, cuando éste era un agitador político en los años 30’ que se especializaba en dar incendiarios discursos, fue Karl Brandt, un ferviente nazi que años más tarde dirigiría el programa de eutanasia del Tercer Reich y sería ejecutado como criminal de guerra en 1948. Brandt en ese tiempo era un joven cirujano sin experiencia, lo que llevó al entorno íntimo de Hitler –como su amante Eva Braun, su secretario Martin Bormann y el mismo Albert Speer- a intentar convencerle de que acudiese a alguna de las eminencias médicas que había en Alemania, cosa a la que Hitler se negó de plano. “No puedo permitirme el lujo de que me consideren un enfermo, eso debilitaría mi posición política”, dijo Hitler en esa ocasión.

La primera dolencia real que sufrió Hitler fue cuando le sobrevino una progresiva ronquera, que amenazó con afectar sus vibrantes discursos, una de las armas más afectivas de las que disponía para dominar a sus partidarios y al mismo pueblo alemán. Hitler de inmediato pensó en lo peor y creyó que sufría de un cáncer de garganta, la misma dolencia que había llevado a la muerte en 1888 al Káiser Federico III, el padre de Guillermo II. El más reputado otorrinolaringólogo de Berlín, el profesor Carl Otto Von Eicken, fue quien lo sometió de inmediato a una operación en la que le extirpó un nódulo inofensivo, recetándole de paso unas gotas de cocaína para el dolor.

El doctor Theodor Morell, el proveedor de drogas del Führer

Sin embargo, el médico en el que Hitler iba a depositar toda su confianza era un rechoncho galeno, con pinta de hombre bonachón, entusiasta de las nuevas medicinas y los tratamientos milagrosos: Theodor Morell, un médico que había estudiado medicina en Francia y mantenía una consulta de “enfermedades de la piel y venéreas” en la elegante Kurfürstendam de Berlín. Hitler, que por ese entonces sufría males estomacales, lo conoció luego que Heinrich Hoffmann, su fotógrafo favorito y el hombre que le había presentado a Eva Braun, sufriera una grave enfermedad y fuera curado por el doctor Morell, quien le suministró una un nuevo medicamento precedente de los antibióticos, las sulfamidas, que había traído especialmente de Hungría.

Morell, después de hablar con Hitler, concluyó que éste tenía un completo agotamiento de la flora intestinal, originado por un mal nervioso, por lo que usó uno de sus novedosos tratamientos. Hitler se curaría a las pocas semanas, por lo que nombró oficialmente a Theodor Morell como su médico de cabecera. “Nunca me había dicho nadie con tanta claridad y precisión lo que me ocurre. Su método curativo es muy lógico y me inspira gran confianza”, dijo Hitler tras la primera consulta, sorprendiendo a todo su entorno, que no simpatizaban precisamente con Morell, pues muchos lo encontraban superficial y charlatán, además de que también expelía un desagradable olor corporal. “No lo traje por cómo huele, sino porque cura mis enfermedades”, les dijo secamente Hitler.

Morell doctor

 

El periodista alemán Norman Ohler, en su libro “El gran delirio. Hitler, drogas y el Tercer Reich”, reveló que gracias al doctor Morell Hitler se hizo adicto a drogas duras tales como la cocaína, el Eukodal (un narcótico creado por unos laboratorios germanos de la época) y, en definitiva, a cualquier tipo de vitamina o sustancia que le permitiera “mantenerse activo”.

“Morell era conocido por ser un médico especializado en enfermedades que no existían. Recibía a muchas actrices, celebridades… que acudían a él simplemente porque estaban deprimidas. También se especializó en supuestas enfermedades sexuales, para las que recetaba testosterona a los hombres. Era ese tipo de médico. El consumo de drogas de Hitler empezó con Morell. Cuando se conocieron, el médico le suministró a Hitler una inyección de alguna droga que, hasta el día de hoy, desconocemos. El Führer se sintió inmediatamente eufórico y entendió que Morell era un doctor muy eficaz. No sabemos lo que había en aquella primera inyección de 1936. Solo sabemos que a Hitler le encantó la sensación que le provocó aquella sustancia y empezó a pedirla continuamente. Probablemente fuese glucosa. Algo bastante eficaz si es inyectado directamente en la vena”, explicó Ohler en una entrevista concedida al diario español ABC.

El doctor Morell preparándose para saludar a Adolf Hitler en su cumpleaños número 50.

El doctor Morell preparándose para saludar a Adolf Hitler en su cumpleaños número 50.

Ohler agregó que “Hitler tenía miedo de los médicos expertos. Siempre estaba rodeado de especialistas antes de conocer a Morell, pero no quería que se acercasen demasiado a él porque, al examinarle, podían averiguar cosas sobre él que le disgustaban. Por eso le gustó Morell. Era un médico que no le examinaba de forma exhaustiva. Simplemente le daba unas inyecciones que le hacían sentirse mejor sin hacer demasiadas preguntas. Morell, que llamaba a Hitler el “paciente A”, dejó anotado en multitud de ocasiones que el líder le había dicho que no quería que le examinasen y que, simplemente, buscaba que le diesen medicamentos inmediatamente. Morell hacía eso sin rechistar, por eso era perfecto para él. Hitler le llamaba a la una de la mañana pidiéndole Eukodal o cualquier droga, y él se la daba en apenas media hora. Yo le definiría como un servicio 24 horas de droga dura. Además, a Hitler le gustaba Morell porque era muy bueno comunicándose con los demás. Era muy sensible, pasaba mucho tiempo con él, le decía que tenía que hacer… Creo que Morell era un médico muy eficaz que no comprendía los efectos secundarios y las contraindicaciones de las drogas que recetaba. No tenía conciencia de las repercusiones que podía tener mezclar determinados medicamentos o drogas en el organismo. Era muy descuidado en este sentido. Revisando las notas que dejó el doctor Morell, estas nos muestran que el médico le dio a Hitler un total de 800 inyecciones durante un período de 1.349 días”.

El doctor Morell (sin gorra militar) a las espaldas de Adolf Hitler.

El doctor Morell (sin gorra militar) a las espaldas de Adolf Hitler.

Según Norman Ohler, Adolf Hitler fue un drogadicto, pero no al principio. “Los primeros años podríamos decir que era un yonqui de las vitaminas, pero eso cambió en 1941, en agosto. En ese momento recibió muchos esteroides y hormonas. Luego, en 1943, tomó opiáceos por primera vez. Entre ellos el Eukodal. Tomaba 20 miligramos, una dosis muy fuerte para una persona. La primera toma de drogas clásicas fue en enero de 1943, con el Eukodal. Luego vino la cocaína en 1944; desde julio hasta octubre la consumió más de 40 veces. Incluso recibió cocaína de otro doctor a la vez que el Eukodal de Morell. Como la segunda era un opiáceo, y la primera un excitante, se provocaba una reacción llamada “speedball”, lo más fuerte que puede sentir un drogadicto”.

Hitler, adicto al Eukodal

Con respecto al Eukodal, un opiáceo muy potente que relaja a los pacientes por completo y también puede estimular los procesos mentales, haciendo que las personas piensen mucho más rápido y se sientan más despiertos, Ohler precisó que “en julio de 1943 Hitler tuvo una reunión decisiva con Mussolini, que quería abandonar a las Potencias del Eje, y Hitler estaba muy deprimido por eso. Ese dia Morell usó por primera vez una droga llamada Eukodal, un analgésico opioide semisintético, un primo farmacológico de la heroína, pero que producía un efecto de euforia mucho más potente. El Eukodal que desarrolló entonces Alemania es el medicamento que hoy se llama Oxicodona, que ha sido causante de un alto índice de adicción en el mundo. Después de una inyección de Eukodal Hitler se sintió extremadamente bien y hay informes de que estaba tan eufórico y no paraba de hablar en esa reunión que logró convencer a Mussolini de que permaneciera apoyando a Alemania”.

Adolf Hitler, el Führer, y Benito Mussolini, el Duce.

Adolf Hitler, el Führer, y Benito Mussolini, el Duce.

Ohler agrega que el Eukodal “es como una mezcla de cocaína y heroína. Hitler utilizaba esta droga para sentirse como el rey, como se había sentido durante muchos años. También lo tomaba para superar su complejo de inferioridad. Era una droga que lo ayudaba en el día a día. Un ejemplo es lo que sucedió tras el atentado del 20 de julio de 1944 en la Wolfsschanze o “Guarida del Lobo”, cuando una bomba ubicada bajo una mesa por poco mata a Hitler. Tras el ataque, el Führer tenía planeado reunirse con Mussolini. Todo parecía indicar que iba a ser imposible que se celebrase el encuentro porque Hitler acabó muy dolorido, con los dos tímpanos reventados, y con cientos de trozos de astillas de madera de la mesa clavadas en el cuerpo. Pero, inmediatamente, Morell le puso una inyección de Eukodal que actuó como analgésico. Hitler decidió entonces no cancelar la reunión a pesar de que los consejos de todos sus generales. Dijo que se sentía bien. Fue a la estación de tren y a Mussolinni le pareció un milagro verle de pie. Semanas después, y como Hitler se encontraba severamente desmejorado, utilizó las drogas continuamente para mantener su ritmo de trabajo. No fue la única vez. Al final de 1944, por ejemplo, tuvo una reunión importante con varios generales en la que iban a tratar qué hacer a nivel militar. Antes de la misma, Hitler recibió una inyección de Eukodal. Esta droga le encantaba porque le ayudaba a ser convincente y le ponía eufórico”.

Adolf Hitler con parte de su séquito militar. Un sonriente doctor Morell aparece entre los militares.

Adolf Hitler con parte de su séquito militar. Un sonriente doctor Morell aparece entre los militares.

Ohler reveló que además de las vitaminas iniciales y el Eukodal, Morell comenzó a meter injertos de hígado de cerdo en las venas de Hitler. “Esto le daba un subidón a su sistema inmunológico. Los animales son muy ricos en hormonas, glándulas, órganos… Todo eso lo mezclaba con testosterona, creando un cóctel de dopaje brutal. Es cierto que le hacía estar en la mejor forma posible, pero también provocó que perdiera el equilibrio y se volviera un adicto. Además, tomó testosterona cuando conoció a Eva Braun”.

La adicción de Adolf Hitler, un secreto de Estado:

El consumo de drogas de Hitler fue un secreto a voces en el Tercer Reich. Joseph Goebbels, el ministro de propaganda, dejó de hecho escrito en la entrada de su diario de marzo de 1945 que las sustancias recetadas por Morell podían ser a largo plazo sumamente dañinas para Hitler. Incluso el mismo Adolf Hitler sospechaba de esta situación. Una vez, de hecho, le preguntó abiertamente a Morell si le estaba convirtiendo en un adicto. El médico le contestó que no porque, mientras que los cocainómanos esnifaban droga a través de la nariz, él le estaba administrando únicamente una solución diluida de cocaína. De acuerdo con algunos informes médicos que se encontraron tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, otros doctores cercanos a Hitler especularon que Morell lo estaba envenenando, pero todos fueron despedidos por el Führer, quien los calificó de “tontos”.

Morell y Hitler 2

 

Para 1944, aunque sólo tenía 55 años, Hitler ya no era un hipocondríaco como en los años 30’, sino que un auténtico enfermo. Había envejecido de golpe, su organismo se encontraba bastante deteriorado y le había aparecido en uno de sus brazos el temblor típico de los enfermos de Parkinson. Curiosamente, estos temblores desaparecieron después del atentado de junio de 1944, pero retornaron en septiembre, a medida que los ejércitos enemigos de Alemania (Rusia, Estados Unidos, Inglaterra) avanzaban hacia territorio germano. El diario del doctor Morell parece establecer una suerte de paralelismo entre la salud del Führer y el adverso curso de la guerra: “Al paciente A (nombre clave para Hitler) le duele la parte izquierda de la cabeza. La invasión rusa es inminente”.

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Norman Ohler explicó en su libro que Adolf Hitler consumió drogas hasta 1945, el mismo año de su muerte. “Durante sus últimos días en el búnker ya no le quedaban. Las fábricas, las farmaceúticas… Todas ellas habían sido bombardeadas y no podían distribuir. Morell envió entonces mensajeros en moto a todas partes para hallar las drogas que necesitaba, pero no hubo forma. Hitler, cuando vio que su médico no podía conseguirle las dosis, le despidió en abril del 45. En esos meses Hitler se sentía derrotado físicamente. No quería vivir más”.

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Consultado si las drogas pudieron acentuar la crueldad de Hitler y llevarle a entender la muerte como algo normal, Ohler precisó que “Hitler era malvado antes de tomar drogas. No es que tuviera estas ideas por tomar drogas. Las tenía por su ideología, por su forma de entender el mundo. Pero las drogas sí permitieron mantenerse en ese camino. Le permitieron ser frío y no plantearse jamás que podía estar haciendo algo malo. Las drogas no le convirtieron en alguien bueno o malo, pero subrayaron su carácter”.

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