La leyenda de los 300: El Rey Leónidas y la mítica batalla de las Termópilas

Esta pelea acaecida el 480 A.C., entre el ejército persa y un reducido grupo de guerreros espartanos, es una de las más legendarias de la historia.

Guía de: Mitos y Enigmas

Si hay una batalla del Mundo Antiguo que ha capturado la imaginación de historiadores y escritores durante siglos, esa es la mítica “Batalla de las Termópilas”, que tuvo lugar en agosto o septiembre del año 480 A.C. durante la segunda guerra médica entre el Imperio Persa y una alianza de las polis griegas lideradas por Atenas y Esparta

Según los textos, un reducido grupo de 300 indomables soldados espartanos, al mando del rey Leónidas, junto a algunas tropas auxiliares, se enfrentaron durante tres días a un ejército de 200 mil enemigos en las Termópilas -un estrecho paso geográfico que da paso a la Grecia Continental-, hasta que ninguno de ellos quedó con vida.

Fotograma de la película "300", que recreó la gesta bélica del Rey Leonidas y sus 300 espartanos.

Fotograma de la película “300″, que recreó la gesta bélica del Rey Leonidas y sus 300 espartanos.

Las guerras médicas entre persas (también llamados medos) y griegos se gestó como consecuencia de la expansión del Imperio Persa, que hacia el año 500 a. C. se extendía desde el río Indo hasta Asia Menor, cubriendo un territorio de unos tres millones de kilómetros cuadrados.

Cuando los persas atacaron algunas ciudades griegas de Asia Menor, éstas pidieron ayuda a las polis de la Grecia Continental, desatando los primeros enfrentamiento entre el imperio persa y el mundo heleno.

Tras la derrota de las fuerzas persas del rey Darío I ante los griegos en la batalla de Maratón en el año 490 a. C., el hijo de este monarca, Jerjes I, decidió proseguir la campaña de su padre, ordenando la invasión definitiva hasta el corazón de la Grecia continental, donde se erigían las polis de Atenas y Esparta, las dos poderosas ciudades-estado que estaban a la cabeza de la Liga Helénica, la unión de polis griegas que se formó para resistir al invasor persa.

Fue así como Jerjes zarpó en la primavera del 480 A.C., cruzó el Helesponto a principios de junio y avanzó hacia el oeste a través de Tracia y Macedonia, para luego virar hacia el sur, hacia la Grecia Central.

Mosaico que representa a Los Inmortales, el grupo de élite del ejército persa.

Mosaico que representa a Los Inmortales, el grupo de élite del ejército persa.

Esparta, una polis donde sus ciudadanos –los espartiatas- recibían desde niños una estricta educación militar para la defensa del Estado, lo que los convirtió en los soldados más temidos de su tiempo (el historiador Jenofonte dijo de ellos que eran los “únicos y verdaderos artistas en materia de guerra”), era regida por entonces por una monarquía dual, es decir, por dos reyes: Leónidas, perteneciente a la dinastía de los agíadas y quien por entonces contaba con 60 años; y Leotíquidas II, de la dinastía de los euripóntidas.

Durante los preparativos de la guerra contra los persas el Gran Rey Jerjes I mandó un emisario a Esparta, quien se presentó ante el rey Leónidas para explicarle la inutilidad de resistir el avance del gran ejército persa, por lo que exigió que los griegos depusieran sus armas y que se sometieran al poder de Persia. Según la versión del historiador Plutarco, Leónidas simplemente le contestó con una frase llena de orgullo y desafío, con el habitual laconismo de los espartanos: “Molon labe” ( “Ven y cógelas”).
300 photo

Dada la desigualdad de fuerzas (Jenofonte habla de un millón de soldados persas, aunque lo más probable es que el ejército invasor fuera de unos 200 mil hombres), los griegos decidieron esperar a la infantería persa en el desfiladero de las Termópilas (cuyo nombre se traduce por “Puertas Calientes”, a causa de los manantiales de aguas termales que allí brotaban), un estrecho paso que era la entrada natural a la Grecia continental desde el norte y que se sitúa a 150 kilómetros de Atenas.

Enclavado entre el monte Calídromo, de 1.400 metros de altura, y el Mar Egeo, este desfiladero tenía tres puntos particularmente estrechos: la Puerta Central, que fue el punto escogido por los griegos para presentar batalla, la Puerta Oriental y la Puerta Occidental, que eran pasos incluso más angostos, pero no cerrados por paredes de tanto desnivel. En la Puerta Central, además, había un antiguo muro que los focenses habían construido para defenderse de sus enemigos del norte, los tesalios, y que Leónidas reconstruyó ante la inminente batalla.

Por lo demás, este angosto paso permitiría anular la efectividad de la gran infantería y la temida caballería persa, retrasando lo más posible la invasión persa, de modo que los griegos pudieran dar a su flota el tiempo necesario para organizar la escuadra que al mes siguiente vencería a los persas en la batalla naval de Salamina.
Persas

Leónidas, decidido a esperar a los persas en el estrecho desfiladero de las Termópilas, eligió a 300 espartanos que tuvieran su descendencia asegurada, es decir, que tuvieran por lo menos un hijo varón. Los 300 estaban secundados por otros siete mil soldados auxiliares, principalmente tespios y tebanos.

Leónidas sabía con toda probabilidad que era una misión suicida enfrentarse a un ejército enemigo con fuerzas inmensamente superiores, especialmente después que el famoso Oráculo de Delfos profetizara que “o bien Esparta era destruida por el invasor extranjero o bien moría un rey espartano”, aunque también estaba al tanto que si bien los persas eran letales y diestros arqueros, los hoplitas (soldados de infantería pesada) de Esparta eran superiores en la lucha cuerpo a cuerpo, gracias a su formación militar y al buen material bélico de bronce que usaban, graficado en sus resistentes escudos y lanzas de mayor longitud.

De todos modos, enfrentarse a un enemigo tan superior en número no asustó a los 300 orgullosos espartanos. Heródoto cuenta que un traquinio le comentó a Diócenes, uno de los 300 espartanos del rey Leónidas, que “era tal el número de bárbaros, que cuando disparaban sus flechas el sol se oscurecía”. Diócenes, en absoluto espantado por estas palabras y restándole importancia al número de enemigos, respondió: “Nuestros amigos traquinios nos traen excelentes noticias. Si los medos oscurecen el sol, lucharemos en la sombra”.
300

Cuando las fuerzas del rey Jerjes I finalmente llegaron a las Termópilas, el monarca, al ver las escasas fuerzas griegas allí apostadas, decidió esperar cuatro días a que se retiraran, confiando en que los helenos se atemorizarían ante el tamaño de su gigantesco ejército. Pero los griegos no se movieron de allí, por lo que al quinto día los persas iniciaron el ataque.

En la primera jornada, las furiosas arremetidas del ejército persa fracasaron. Heródoto relata que los persas no pudieron desplegar su inmensa superioridad numérica a causa de lo estrecho y abrupto del terreno. En la segunda jornada sucedió lo mismo. Los griegos, formados marcialmente en falange, protegidos por sus escudos de bronce y con sus largas lanzas en ristre, eran simplemente infranqueables para los persas, que usaban escudos de mimbre y lanzas más cortas. Por ello, las bajas en las filas persas fue grandísima.
sparta 3

Casi simultáneamente a estos hechos, por cierto, se estaba produciendo una derrota de la armada persa a manos de la flota griega en la batalla naval de Artemisio, a 40 millas náuticas de las Termópilas.

Al atardecer del segundo día de combate, ocurriría un hecho que sellaría la suerte de Leónidas y sus 300 espartanos. El historiador inglés Nic Fields, en su obra “Termópilas 380 A.C.: La última resistencia de los 300”, relata que “los traidores y desertores son moneda común en toda guerra, y eso aconteció efectivamente cuando un indígena procedente de Traquis, llamado Efialtes, hijo de Eurídemo, llegó al campamento persa con la esperanza de recibir una gran recompensa de manos de Jerjes. Efialtes se ofreció a los persas a mostrar el difícil sendero de montaña y a guiarlos por él y descender hasta la puerta oriental para sorprender a los griegos por la retaguardia”.

De ese modo, Los Inmortales, el grupo militar de élite del ejército persa, guiados por el traidor Efialtes, marcharon durante la noche por el sendero de montaña, hasta sorprender al ejército de Leónidas al amanecer. La leyenda cuenta que el primer indicio que tuvieron los griegos de que “la muerte llegaba con el amanecer” lo observó el adivino Megistias de Arcanania, tras examinar las vísceras del sacrificio.
termopilas

Cuando Leónidas se percató que el enemigo estaba a punto de llegar a sus posiciones, convocó urgentemente a un consejo de guerra, donde decidió dejar partir a todos sus aliados, dejando sólo como fuerzas auxiliares a 700 tespios y 400 tebanos para apoyar a sus 300 espartanos. Leónidas, al parecer, decidió sacrificarse para cumplir con el vaticinio del Oráculo de Delfos y darles tiempo a sus aliados griegos que pudieran escapar. Cuando Leónidas le ordenó al adivino que se marchara, Megistias se negó y ordenó que se fuera en su lugar su hijo, que servía en el ejército griego como hoplita.

En la mañana del que sería su último día de vida, el rey Leónidas, en palabras de Plutarco, “ordenó a sus soldados que tomaran el desayuno con la esperanza de que pudieran cenar en el Hades (el inframundo)”.
300-zack-snyder_

Cerca de las 10 de la mañana del tercer día de los combates, el ejército persa comenzó atacando con un gran lluvia de flechas. Leónidas, para evitarlas, probablemente rompió la tradición espartana y ordenó a sus hombres cargar a toda velocidad contra los persas, provocando un sangriento enfrentamiento.

Heródoto afirma que las bajas entre los persas fueron aún más graves que las que habían sufrido en los dos días anteriores, porque muchos enemigos se precipitaron al mar o bien fueron pisoteados por sus camaradas “mientras sus comandantes hacían estallar el látigo en forma indiscriminada”.
300 fotograma

En ese momento Leónidas, el heroico rey espartano, cayó muerto, y sus hombres debieron rechazar al enemigo cuatro veces para rescatar su cadáver. Heródoto relata que por entonces a ninguno de los defensores griegos les quedaban lanzas y que “luchaban con sus espadas, si las tenían, y si no, con uñas y dientes”. Al final, los 300 espartanos del rey Leónidas cayeron en el campo de batalla junto a su rey, además de la mitad de los aliados tespios. Los únicos griegos que se rindieron fueron los tebanos, que arrojaron su armas al suelo y alzaron sus manos en señal de rendición.

El rey Jerjes, ciertamente, no olvidó a Leónidas. Heródoto comenta que el gran monarca persa identificó el cuerpo del rey espartano y ordenó que se le cortara la cabeza para que fuera colocada en un pica a la vista de todos, intentando probablemente ocultar sus enormes pérdidas (20 mil hombres, según el mismo Heródoto).
Sparta

La Batalla de las Termópilas hoy es considerada, según las palabras de Montaigne, como una de esas “derrotas triunfantes que rivalizan con la victorias”. El investigador Peter Green corroboraría esto al afirmar que “en cierto sentido, las victorias últimas de Salamina y Platea no habrían sido posibles sin aquella derrota espléndida e inspiradora”.

En cuanto al traidor Efialtes, que selló la suerte de los 300 espartanos, huyó a Tesalia temiendo por su vida. Se puso precio a su cabeza y aunque murió en una reyerta a manos de otro hombre de Traquis, Heródoto cuenta que los espartanos entregaron el dinero de la recompensa a su asesino.

El historiador Nic Fields concluye que “el impacto de las Termópilas fue fundamentalmente ideológico, una lucha entre hombres libres y esclavos, y así nació el leit motiv de que los griegos en general y los espartanos en particular lucharon por voluntad propia, pero siempre obedeciendo a sus leyes y costumbres. Como lanceros, buscaban la batalla abierta y el combate cuerpo a cuerpo. Los persas, por otro lado, estaban sujetos a los caprichos de un solo hombre y sólo luchaban bajo la coerción del látigo. Eran ‘cobardes serviles” porque, en calidad de arqueros, evitaban el combate cuerpo a cuerpo. En Persia, el Gran Rey era el Estado, mientras que en Grecia eran los hoplitas quienes formaban el Estado. Resulta difícil separar el mito de la realidad, en especial en el caso de esta legendaria batalla”.

La estatua de bronce erigida en honor del rey Leónidas en las Termópilas.

La estatua de bronce erigida en honor del rey Leónidas en las Termópilas.

Hoy, en las Termópilas, en el antiguo campo de batalla donde se inmolaron el rey Leónidas y sus 300 espartanos, puede admirarse hoy una gran estatua de bronce de Leónidas, en cuya base aparece escrita la célebre y lacónica respuesta que le dio al rey Jerjes cuando éste pidió que los griegos depusieran las armas (“Ven y cógelas”). También allí se levantó un monumento de mármol en honor a los trescientos espartanos, en donde aparecen grabadas las palabras de Simónides (nacido el 556 A.C.), el poeta lírico griego más admirado de su época: “Extranjero, di a los espartanos que aquí yacemos, obedeciendo sus preceptos”.

Más sobre Mitos y Enigmas

Comentarios Deja tu comentario ↓
Ver Comentarios